Tenía 85 años. Había sido actor toda la vida. Cientos de papeles, cientos de rostros, cientos de vidas, cien mil maneras de asomarse al mundo. Había cogido de cada plato, se había servido de cada cuerpo, había rechazado lo que no le gustaba y en ocasiones, simplemente, se había limitado a observar.
Ya era mayor para algunas cosas, pensaba él. No tanto para otras. Tenía temblorosas las manos, pero la imaginación y el pasado seguían funcionando. Nadie podía arrebatarle todo aquello. Podía cerrar los ojos y transportarse a otro lugar. Vivir lo que había vivido sin olvidarse de que todavía le quedaba mucho por vivir.
Y seguía siendo actor. Pero ya no era como antes. Antes sus papeles estaban llenos de vida, de historias inconclusas y libros de hojas en blanco. Pasión, velocidad, incertidumbre. Amor. Sus personajes eran nubes cuya lluvia nadie podía predecir. Sin rumbo, sin dirección, a pecho descubierto.
Ahora sus papeles eran historias sin puntos suspensivos. Hombres que filosofaban sobre el paso del tiempo y la proximidad de la muerte. Personas que ofrecían consejos a piedras rodantes sin rumbo. Miraban al pasado sin hacer caso al futuro, creyendo que la importancia residía en el tamaño del espacio. Todos estaban ya muertos y no tenían nada más que decir.
Estaba harto de interpretar a esos tipos. Sabía que la marea todavía podía hender algunas rocas. Sabía que estaba lleno de vida. Él todavía estaba en la tierra. No le podían decir que no lo estaba porque era mentira. No sabía dar consejos. Se le daba bien escribir y lo hacía todos los días. Porque una historia defrauda si no tiene un buen final.
No quería jugar a la azarosa monotonía de las cartas. Quería leer y escribir. Chupar del tubo de la vida hasta que sonara como una cafetera. Nadie le podía impedir todo aquello. Todavía le quedaban muchas cosas por decir. Seguiría viviendo a pensión completa aunque perdiera aquel trabajo. Nadie vive más en los relatos breves. Nadie escribe más. Simplemente todos dejamos de hacerlo.
lunes, 16 de febrero de 2009
Nadie vive más
viernes, 13 de febrero de 2009
El camino de la pipa de la paz
Uno de los invitados era el típico que llevaba una cámara para sacar fotos a todo el mundo. La fiesta fue avanzando a lo largo de la noche hasta que a un chaval de 23 años se le ocurrió fumar una pipa de marihuana. El de la cámara le sacó una foto. Y la lió parda.
El joven era ni más ni menos que Michael Phelps, ganador de ocho medallas olímpicas en los pasados juegos de 2008. Según le parece a la federación estadounidense de natación, la foto en cuestión "ha decepcionado a demasiadas personas, y especialmente a los cientos de miles de niños miembros de la Federación de Natación de EE UU que le miran como un modelo y un héroe".
Dejando de lado el lamentable espectáculo que está dando ahora Phelps pidiendo disculpas a no se sabe quién, lo que a mi más me asombra es la cuestión del modelo y héroe. ¿Por qué esa necesidad de alzar a las personas en pedestales de gloria y fama? ¿Por qué esa necesidad de tener que establecer un paradigma y un modelo al que seguir?
Parece como si la gente no pudiera seguir su propia vida, marcarse él mismo su camino, sin miedos ni envidias. Creo que debe ser cada uno quien decida lo que quiere hacer con su vida, y no se necesita a nadie que te diga lo que tienes que hacer o dejar de hacer. Uno no debe agarrarse a falsos ídolos ni a imágenes o sombras para hacerse a si mismo.
Cada cual es libre para marcarse su camino, andar por él, abandonarlo o retomarlo, dejarse aconsejar en la justa medida y saber seguir adelante, sin miedo. Porque si decides fijarte únicamente en otro ser humano, al final, fallará. Aunque, a estas alturas, un porro de marihuana no es fallar a nadie.
El hombre nace libre, responsable y sin excusas (Jean -Paul Sarte)
Publicado por Nil Ventós Corominas en 16:07 0 comentarios
Etiquetas: Nil Ventós Corominas, Reflexiones
viernes, 6 de febrero de 2009
Seis naciones
Un balón ovalado, dos porterias en forma de H, quince tíos mazaos dándose tremendos golpes entre ellos y un juego en el que lo más importante pasa después del partido. Sí señores, estoy hablando del mejor deporte del mundo (después del ajedrez y la butifarra, claro): el rugby. Y mañana empieza el campeonato con más historia y pasión del deporte, el 6 naciones.
Escocia, Inglaterra, Gales, Irlanda (unida), Francia e Italia se disputan este trofeo. La estructura de la competición es sencilla: cada equipo juega contra los otros cinco a razón de tres partidos en casa y dos fuera cada dos años, es decir, un año una selección juega más partidos en casa y el siguiente tiene que desplazarse tres veces. El que obtiene más puntos gana el campeonato (dos puntos por partido ganado y uno por empatar).
Pero lo que especial este torneo es el ambiente que lo envuelve. Desgraciadamente, ahora el rugby ya se ha profesionalizado, pero hasta el inicio de lo noventa los jugadores celebraban el llamado tercer tiempo. Se reunían los dos equipos con sus respectivas aficiones y disfrutaban de una noche de juerga, alcohol y lo que surgiera. Así, sin pullas ni rencores, simplemente para demostrar que los hombres a veces también nos podemos entender. Es más, en el rugby no existe esto que en otros deportes llaman "radicales", no tiene sentido ni cabida.
Una de las historias del torneo está relacionada con el "conflicto irlandés". En enero de 1972 el ejército británico mató (según cifras oficiales) a 14 manifestantes en favor de los derechos civiles, seis de ellos menores. Escocia y País de Gales se solidarizaron con Irlanda y decidieron no jugar el torneo aquel año. En consecuencia, los himnos ingleses y franceses (para equilibrar la prohibición a los ingleses) no sonaron en Dublín antes de empezar los partidos durante 25 años, y tampoco se tocaba el himno irlandés cuando éstos se desplazaban.
Ahora, pues, lo que toca es plantarse una buena cerveza delante, escoger buena compañía y pasarlo bien con esta gozada de deporte.
Publicado por Nil Ventós Corominas en 12:00 7 comentarios
Etiquetas: Nil Ventós Corominas, Variedades
martes, 3 de febrero de 2009
lunes, 2 de febrero de 2009
Cierra la puerta al salir
Siempre le había gustado pedalear por las calles llenas de gente. Él solo, su bici, su pantalón manchado de grasa y sus mofletes rojos, fríos por el viento. Solía decir que su visión del mundo en aquellas dos ruedas le aportaba un punto de vista diferente y particular de las cosas. Sin embargo, comenzaba a tener la extraña sensación de que la obra teatral se escenificaba en otro mundo y no en el suyo.
Solía creer que la bicicleta le daba una imagen aparentemente trasgresora y casual. Le gustaba sentirse dentro del grupo de los que no creen pertenecer a ningún grupo. Pero así llevaba viviendo toda la vida, a su manera, sin distracciones especiales, siguiendo su camino, esperando a que algo pasara algún día. Algo que él no había de forzar, algo que simplemente llegaría sin avisar, de improvisto, de repente.
Un día, pedaleando sin parar por una de esas calles que había recorrido mil veces, se detuvo delante del escaparate de un concesionario. Pasaba con frecuencia por allí, quizás todos los días. Sólo había automóviles de segunda mano, algunos coches tuneados y otros, simplemente, demasiado llamativos. Si alguna vez quisiera comprarse un coche, pensó en alguna ocasión, nunca lo haría en ese lugar.
Pero aquel día, sin saber por qué, un coche llamó su atención. No era nuevo, ya lo había visto otras veces hacía bastante tiempo, meses incluso. Pero nunca se había fijado en él con la pausa necesaria que requieren los pequeños detalles. Estaba allí pero nunca lo había visto de aquella manera.
El interior era simplemente espectacular. Daba igual que la pintura fuera verde, azul o negra. Los asientos tenían pinta de ser realmente confortables. La radio tenía una y cien mil emisoras que ningún otro coche podía sintonizar. Parecía como si dentro uno pudiera sentirse igual que en su propia casa, descalzo y con una cerveza en la mano, disfrutando tranquilo del placer del momento.
Asombrado, permaneció frente al coche durante varios minutos. No sabía qué tenían esas cuatro ruedas, pero no podía irse de allí sin preguntar la marca, el modelo y el precio. Si no lo hacía le quedaría la amarga sensación que produce la cobardía. Con el brazo izquierdo seguía sujetando la bicicleta, estático.
Al rato, un tipo con traje, corbata y zapatos embadurnados en betún salió por la puerta del concesionario.
- Es bonito, ¿verdad?- le preguntó
- Sí. Me gusta mucho- reconoció él
- Lleva bastante tiempo expuesto ¿quiere darle una vuelta?
- Qué demonios, ¿por qué no?
El hombre de traje volvió dentro y salió girando las llaves alrededor de su dedo índice. Tras pasárselas de una a otra mano se las lanzó al aire: “Aquí tiene-dijo-, vea si son las llaves correctas y vayamos a andar este cacharro”.
El ciclista dejó la bici en el suelo y atrapó las llaves. Estaba realmente nervioso y sorprendido. Por primera vez en su vida había decidido actuar, había roto los procedimientos de conducta habituales. Quizás no era ese su coche ideal -si es que existía un coche ideal-, pero si no lo comprobaba le quedaría la duda de “¿qué habría pasado si…?”
Agarró con sus dedos índice y pulgar una de las llaves y la introdujo dentro de la cerradura. “Maldición”, dijo, “no gira”. “Quizás con la otra”, le dijo el hombre de los zapatos. Tampoco. Ni con la siguiente. Ni tampoco con la siguiente. La puerta de aquel coche no se abría. “Lo siento, venga mañana y veré qué puedo hacer, ¿de acuerdo?”. Pero sabía que mañana ya no querría volver. Era entonces o nunca. Tras varios intentos, desistió. “Déjelo. Quizás en otra ocasión”.
Recogió la bici del suelo y la miró de arriba abajo antes de volver a montarse. Parecía que no era el momento de cambiar. No había llegado la hora. No era aquel el coche de sus sueños. Y si lo era, tenía que dejar de serlo. Aquella puerta no se abría y probablemente nunca lo haría.
Así que cogió impulso y siguió pedaleando calle abajo, con la esperanza de que algún día, en ese o en otro concesionario, apareciera un coche que sustituyera, por fin, a su antigua y cadenciosa bicicleta.
¿Alternativas?
El título es bastante ilustrativo del contenido del escrito. Este señor envuelve su prosa en un sutil envoltorio de amor a la literatura y al lenguaje y lo regala a la Humanidad en forma de ensayo. El texto rezuma pasión por la lengua y lo demuestra en sus continuas explicaciones sobre las ventajas y conveniencias de tener un alto nivel en la lengua. Afirma sin ningún reparo que el hombre "será más hombre y mejor hombre si usa con mayor exactitud y finura ese prodigioso instrumento de expresar su ser y convivir con sus prójimos".
Otro día ya hablaremos sobre si el hombre puede llegar o no a ser más hombre, o simplemente es hombre y no hay ni castas ni niveles, sea cual sea su cultura, capital o aspecto físico. Pero, pasando a otro tema, una de las cumbres de este fragmento es cuando dice que "pueblo que desee mantener su lengua en un nivel de autenticidad y originalidad, debe cuidarla él, defenderla él; el porvenir de esa lengua dependerá de lo que el pueblo quiera hacer con ella. Pero sólo puede cuidarla y defenderla si tiene conciencia de lo que es y de lo que vale".
Esta es una verdad como un templo. Los pueblos, las naciones con lengua propia tienen que saber el tesoro que contiene su lengua. Tanto si el idioma tiene 3000 millones de hablantes, como si solo tiene dos (porque si tiene uno lo tiene bastante crudo). Primero de todo, son los propios hablantes los que se tienen que dar cuenta de ello y, después, tienen que defenderla con uñas y dientes.

El gobierno de cualquier estado tiene que garantizar y fomentar el uso de las lenguas que se hablan en él. Y si un estado no es capaz de esto, proponer alternativas.
En España deberían convivir cuatro lenguas, una de ellas mayoritaria y extendida en todo el territorio y las otras tres minorizadas y comprimidas en un pequeño espacio entre este estado y el francés (excepto el gallego). Pero España no ha sabido estar a la altura de su riqueza y ha expoliado, defenestrado y maltratado cualquier diversidad que haya surgido en su "periferia".
Podría poner miles de ejemplos, pero no quiero extenderme demasiado. Simplemente plantear una pregunta: ahora que se ha visto que este modelo de convivencia no funciona, ¿qué deben hacer los pueblos que no hablan castellano para defender su lengua?
Publicado por Nil Ventós Corominas en 16:57 4 comentarios
Etiquetas: Nil Ventós Corominas, Reflexiones
Última hora: leperos niega bajarse avión White House
Obama, en una de sus primeras decisiones decide invitar a un grupo de leperos a que visiten Estados Unidos. Manda su propio avión a recogerlos y preparan un gran recibimiento en el hangar presidencial, en donde colocan un gran foro, con banda, alfombra y pancartas dándole la bienvenida a los leperos.
Al llegar el avión, la banda empieza a tocar, los coros a cantar y nada, que no bajan los leperos. El presidente, desconcertado porque no bajan, manda a su secretario a investigar. Va el secretario y regresa con el presidente y le dice: "Señor, los leperos no quieren bajar porque tienen miedo de Well".
El presidente no entiende nada y le dice: "Who us Well?".
Regresa el secretario y le dice al lepero:
"Pregunta el Presidente qué quién es Well?"
Y el lepero le dice:
-"Pues no lo sabemos, pero allí- en esa pancarta dice:
WELL COME LEPEROS.
domingo, 1 de febrero de 2009
Acusados
En un juicio público, el juez advierte a la sala:
- ¡Silencio! Les advierto que como vuelva a oír "abajo el juez" les echo a la calle.
- ¡Abajo el juez!- se oye de nuevo.
Y el juez exclama:
- La advertencia no lo incluye a usted, señor acusado.