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lunes, 27 de diciembre de 2010

A las 8 de la tarde


Un día antes de llegar a la ciudad, la mujer del gobernador llamó a la peluquería de Joaquina para saber si sería posible que ella, la jefa, le peinara dos horas antes de la cena de final de año. Una cena con altos mandatarios, hijos vestidos de militar y mujeres empolvadas. Claro, ella dijo que sí. Colgó temblando el teléfono y se quedó mirando al suelo durante varios minutos. Luego reaccionó, tuvo un escalofrío y sólo dijo una cosa: "El día 31, aquí no se coge fiesta ni el tato".


Cerró la peluquería a las ocho de la tarde. Estuvo mirando la fecha de caducidad de los botes de champú del escaparate, pasó la escobilla al váter y puso un par de calendarios del 2011 sobre el mostrador. Luego llamó a Herminia para que al día siguiente, por la mañana, no olvidara limpiar los espejos después de pasar el aspirador a todo el suelo. "El aspirador, que no la escoba, que siempre se quedan pelos".


Cuando llegó a casa, Casimiro estaba destrozado. Algunos días, cuando no le apetecía deambular por las calles con su taxi, solía irse al aeropuerto para cazar algún guiri despistado. La espera era larga hasta que llegaba su turno entre tanto caza-cliente. Puede que casi de una hora. Pero el destino del recién aterrizado solía ser tan suculento que la espera merecía le pena. Aquel día, sin embargo, la viajera que se montó resultó ser de la ciudad y no viajó más de unas pocas manzanas. El resultado fue un tiempo y un dinero perdidos.


Joaquina dio su buena nueva nada más entrar por la puerta. "Casimiro, que viene la mujer del gobernador, que viene. ¡Que ha llamado a la peluquería, que quiere que la peine yo!". "¿Y esa quién es?", le dijo él. "¿Pero tú no lees las revistas? La rubia alta, la de los caballos y los perros". "¿Y qué tal paga?". "Le haré un precio especial, a ver si después vienen sus amigas". "Ya me pasaré por allí, que vea lo que es un buen claxon".


Casimiro tenía una afición extraña. Se aburría, se aburría soberanamente en el taxi. Pero una cosa le alegraba los días. Cuando salía de casa después de comer, se calzaba la gorra y después de darle un beso a Joaquina siempre le decía: "A las ocho, cariño, paso por la peluquería y te toco la bocina. Para que sepas que estoy bien".


Joaquina casi nunca oía la bocina de su marido. Entre secadores y tertulias del corazón nunca se podía oír lo que pasaba ahí fuera. Una vez un gato se suicidó desde un quinto piso y cayó sobre el cristal de un coche, que justo en ese momento se encontraba ocupado por un hombre y una mujer. El felino resultó tener tal sobrepeso que rompió la luna del vehículo y ambos pasajeros quedaron gravemente asustados. Dentro, Joaquina se enteró de lo ocurrido al día siguiente. Nunca escuchaba el bocinazo de Casimiro. Y siempre, al volver, le daba un beso a su marido y le decía que sí, "cariño", que le había oído al pasar, “como siempre”.


Aquel día, cuando la peluquera llegó a casa y dio la noticia de la mujer del gobernador a su marido, lo primero en lo que pensó fue en el claxon. En un prologando y estruendoso bocinazo elegido para la ocasión que aquel día sí, por fin, se escucharía dentro de la peluquería y alteraría el orden de quien peinaba y sobre todo, de quien iba a ser peinada. "De verdad, cariño, es mejor que el día 31 no pases por la puerta. Ve por otros sitios, termina antes, ve a casa y espérame a que llegue yo para cenar y tomamos juntos las uvas".


Casimiro enfiló con terquedad el pasillo de su casa el último día del año y cerró la puerta sin decir adiós. Sin decir que a las ocho, "cariño", pasaría por la peluquería para tocar la bocina. Para que no se preocupara. Limpió el coche por dentro, también los cristales y usó un pequeño aspirador para quitar los pelos del asiento. Luego se fue al aeropuerto y leyó el AS durante casi una hora con la calefacción puesta.


"A la Calle del Olvido", le dijo un hombre con acento de la ciudad mientras se metía en el coche. Casimiro miró por el retrovisor y cerró la última página del periódico después de comprobar qué daban por televisión aquella noche. El destino no estaba a más de 10 minutos. Con suerte, alguien se montaría en la siguiente parada con un destino más rentable. Y si no, ya estaba cansado, se iría a casa, pondría la tele y esperaría a Joaquina para cenar y tomar las uvas juntos.


Aquel hombre con acento de la ciudad se bajó en su parada y mientras Casimiro le devolvía el cambio, un hombre a lo lejos levantó la mano mientras a su paso dejaba una nube de vapor que le salía por la nariz y la boca. Iba de negro, traje, gabardina y llevaba unos guantes. "Muy buenas tardes, a la Calle Mayor, por favor". El hombre se sentó detrás y como el taxista había estacionado en doble fila delante de un coche, los faros le deslumbraron y no acertó a ver la cara de su cliente. Casimiro se puso en marcha y enfiló la avenida principal. Parecía un buen botín.


"¿Cómo le va con el taxi en un día como éste?", dijo la voz de atrás rompiendo el silencio. "Pues tirando, tirando, como siempre", contestó él, "ya sabe". Casimiro miró primero los guantes por el retrovisor y después fue subiendo por la corbata hasta llegar a la barbilla. Eran unos ojos comunes. El gobernador se había montado en su taxi. "Tengo a mi esposa en la peluquería. Ya sabe, a nosotros nos basta con un peine y ellas necesitan estar arregladas". Casimiro no dijo nada. Sonrió y paró en todos los semáforos para comprobar si los niños que se sentaban en los asientos traseros de los coches de al lado señalaban al suyo.


Cuando llegó a la peluquería de su mujer eran las nueve de la noche. Aparcó detrás de un coche negro con los cristales tintados y se quedó hablando con el gobernador durante varios minutos. "Siempre hay que esperarlas, ¿verdad? Viene en el contrato. Siempre nos gusta que estén guapas. Me dijo que estaría lista en... unos cinco minutos. No entraré a molestarla. ¿Le importa que me quedé aquí con usted?".


"Ni mucho menos", respondió Casimiro, "quédese el tiempo que quiera". Fueron 10 minutos. La mujer del gobernador salió dándole dos besos a Joaquina mientras le apretaba efusivamente las dos manos. El político pagó religiosamente y fue a coger a su mujer del brazo. Le ayudó a meterse dentro del coche negro y el bólido salió pitando en dirección contraria. Joaquina se quedó con el brazo levantado, moviendo la mano de un lado para otro, despidiendo a su mejor clienta.


Casimiro esperaba dentro del taxi mientras lo veía todo. Como un agente secreto. Observó a Joaquina, miró al reloj y después la volvió a mirar a ella. Luego no hizo nada más. Ella apagó las luces, las peluqueras se fueron con sus familias y Joaquina se quedó recogiendo los secadores, los rulos y los peines. A las 10 de la noche todo se había acabado, sacó del bolsillo las llaves y cerró. Entonces Casimiro salió del taxi.


"¿Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido? ¿Qué tal el día? Pensaba que querrías que viniera a buscarte". Las luces de emergencia del taxi parpadeaban en doble fila. "Estoy molida, agotada, la verdad. Pero ha sido el mejor día de mi vida. La hemos dejado guapísima. ¿Y a que no sabes qué?". "¿Qué?", le preguntó él. "El gobernador, agárrate, ha venido a buscarle a la peluquería". Casimiro le cogió de la mano y le ayudó a bajar el escalón. “¿De verdad? Vamos, me lo cuentas por el camino".


Imagen: Eugenio Swett

domingo, 20 de septiembre de 2009

Julián, 7ºB


Julián iba al cine una vez por semana. Casi siempre los jueves, o si no los viernes. Era un apasionado del cine, de las salas llenas de butacas y del momento en que las luces se apagan y se hace la oscuridad. Estar en el cine era para él una forma de conectarse al mundo, de comprenderlo y apreciarlo. El cine eran historias humanas cercanas y posibles, empatía y conocimiento interior.

Iba al cine de su ciudad aunque lloviera, nevara o hiciera mucho calor. Marcaba en rojo las películas que quería ver cada semana y no veía ningún tráiler. Se fiaba de su instinto y de una breve sinopsis en los periódicos. Era como un ritual que formaba parte de su forma de ser.

Solía ir a la sesión de por las noches. Era una de esas personas solitarias que no encontraban a nadie con quien ir. Veía a parejas, padres e hijos, grupos de amigos… y siempre tenía la sensación de que cuando alguien le miraba, pensaban: “pobre hombre, ni si quiera tiene a alguien con quien ir a ver una película”.

Pero Julián sí que tenía. Se llamaba Lucía y trabajaba en aquel cine. La conoció una noche en la reposición de “La vida de Brian”. Le encantaba esa película. Nunca se cansaba de verla, era su droga más dura. La utilizaba como desintoxicante de la vida real y como forma de acercarse al mundo en la forma que más le gustaba. Aquel día celebraban un maratón de los Monty Python y Julián no pudo resistirse.

Se sentó en un lateral de la sala y se apagaron las luces. Había como unas trece personas, y todas ellas parecían haber venido en busca de lo mismo. A los 10 minutos, como un tonto, se empezó a reír con la misma escena de siempre.

Entre carcajadas, se abrió una de las puertas del cine dejando pasar un triángulo de luz, y al rato se cerró. Después, se oyeron unos pasos sordos y una acomodadora se sentó al lado de Julián, en silencio.

La película siguió avanzando y Julián no paraba de repetir para sí mismo las frases del guión. Las repetía y luego se reía en voz alta, como un niño pequeño con los ojos achinados. La chica de al lado se reía de una forma graciosa y hacía ruidos con la nariz cada vez que algo le resultaba gracioso. Los dos reían como tontos haciendo sonidos extraños mientras cerraban los ojos y miraban al de al lado.

Para los dos era aquella película una buena medicina. Tan buena que al terminar no pudieron evitar silbar un “always look on the bright side of life”. Eran los únicos de todo el cine que lo hacían, pero se lo pasaron en grande.

En los títulos de crédito, inevitablemente, cruzaron un par de frases. “¿Verdad que es genial?”, “me encanta cada vez que la veo”, respondió ella. “Tengo centenares de películas que podrían gustarte”, dijo él. “Pues aquí estaré cada jueves y viernes si quieres, me encantaría”.

Entonces, Julián alquiló una película cada jueves o viernes. La pensaba bien durante toda la semana y cuando tenía decidido cuál era la mejor opción, bajaba al videoclub de su barrio y la cogía. Después, esperaba al jueves o al viernes y se sentaba siempre en uno de los laterales de la sala. A los diez minutos, siempre aparecía ella, se sentaba silenciosa, veían la película y después charlaban sobre cine. Sobre personajes, sobre frases del guión, sobre la filosofía que transmitían cada uno de ellos y sobre los actores.

Parecían tener en común solamente la película del día en que se conocieron. Pero así aprendieron mucho más. Descubrieron títulos olvidados y obras extrañas de directores anónimos. Cada sugerencia era mejor que la anterior y poco a poco se fueron conociendo un poco más. A través del cine y de los personajes descubrieron la forma de ser de cada uno y su forma de pensar. Hicieron de los jueves y los viernes los mejores días de la semana.

Así que un viernes, entraron al cine de madrugada. Las aceras estaban desiertas y las persianas de las casa bajadas. Ella tenía las llaves del cine y dentro solo había oscuridad. Se movieron a tientas palpando las paredes. Era arriesgado y peligroso, como en las películas. Entraron en la primera sala y se agarraron de la mano. Enchufaron el proyector, colocaron la película y bajaron a sentarse en las butacas. La película empezó a girar, apareció un león encerrado y muchas letras blancas sobre un fondo negro. A los diez minutos, dejaron de prestar atención a la pantalla.


Imagen: Mapki Files

Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I y II)
2ºB: Enrique
5ºD: Ismael

miércoles, 12 de agosto de 2009

Ismael, 5ºD


Hay gente que no madura nunca, gente que lo hace muy pronto, gente que todavía no ha madurado y gente que cree haberlo hecho. Él todavía no había llegado a la madurez, esa edad difícil y maravillosa en la que las cosas comienzan a salir en el diccionario.

Tenía barba, había pasado el acné juvenil y se había enamorado tres veces. Pero nunca se había parado a pensar si le gustaría tener una barba más larga o si aquellos amores habían sido en realidad amores de verdad.

Se dejaba llevar por el entorno. Lo común era lo lógico y lo lógico era siempre lo más aceptado. No le importaba parecerse demasiado a sus amigos o que nadie supiera su nombre y dos apellidos. Era uno más entre tantos y entre la normalidad se sentía tranquilo.

Se dejaba llevar por los titulares y los escaparates, por el primer vistazo y las noticias de actualidad. Le gustaba vivir deprisa, asfixiado, viviendo una vida de comida rápida y fotos express. No se paraba a pensarlo, porque las películas de acción son una sucesión de golpes sin sentido donde no importa quién te haya pegado, sino el golpe que estás a punto de recibir.

Nunca había comprado un disco de música ni tampoco sabía qué era un vinilo. Los libros los leía en el colegio y la biblioteca era el nombre de uno de sus carnets. Le aburría la política pero no tenía la habilidad suficiente como para estar descontento con ella. Pasaba los debates en televisión y después ponía Telecinco.

El mundo que le rodeaba era “un mundo” y trincheras abarrotadas. Eran individuos y mareas de gente, cuadros abstractos no analizados, estilos artísticos sin identificar. Llamaba a todo “arte”, y luego nada más.

Se levantaba pronto por las mañanas y se acostaba temprano. Leía los deportes y desayunaba escuchando los 40 principales. Se lavaba la cara y al mirarse al espejo no observaba nada, sólo miraba.

Creía vivir una y mil vidas porque en el fondo la suya se parecía demasiado a las de los demás. Se imaginaba anciano y con nietos, contando maravillosas historias, soñando con piratas y tesoros que nunca aparecerían en su historia. Su cuento era un cuento de bestsellers y blockbusters. Soñaba pero nunca lo hacía despierto, porque quizás su vida estaba condenada a ser aburrida. Aunque nunca intentó descubrirlo.

Después creció, y llegó a medir un metro ochenta. Le crecieron los zapatos y la talla de sus camisas. Echó barriga y se le cayó el pelo. Se casó, tuvo hijos, veraneó en Benidorm y se compró un coche espacioso. Y aun así, siguió midiendo un metro ochenta.


Imagen: Carlos Bravo


Prólogo:
Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I y II)
2ºB: Enrique

martes, 5 de mayo de 2009

Enrique, 2ºB


Hacía año y medio que Enrique y Julia se conocían. Disfrutaban de sus conversaciones y jugaban a filosofar sobre todo aquello que fuera opinable. A él le gustaba rebatirle y llevarle la contraria, aunque supiera que ella tenía razón. Le gustaba verle buscando en la cabeza argumentos que al final pudieran convencerle.

Los dos compartían su pasión por la montaña. Les gustaba disfrutar de la naturaleza caminando solos por caminos separados. Les gustaba volver a casa, coger el teléfono y contarle al otro todo lo que habían hecho: si había hecho frío, si les dolía la espalda o si el camino había sido peor de lo que pensaban.

Y así solía ser todos los días. Uno de los dos cogía el coche y se iba a investigar montes que todo el mundo conocía, pero que solo ellos sabían describirlos de aquella manera, prestando atención a los detalles, sin importar el tamaño de las frases.

Él ya conocía muchos de sus montes y todos le habían gustado. Le había contado a Julia la forma de sus cumbres y el giro de sus sendas, cómo incidía el sol en sus rocas y cómo eran las sombras del suelo. Se lo había contado todo.

Un día, Enrique subió a la cima de uno de esos montes, un lugar agradable para sentarse a pensar, mirando hacia al sur. Sin embargo, aquel día, cambió sus costumbres y se dio la vuelta, hacia el norte. Y allí, escondido entre las nubes, vio la punta de un risco que no conocía. Fue entonces cuando supo que quería escalarlo. Ningún otro de los montes era como aquel.

A la semana siguiente, Enrique cogió sus cosas y se marchó para allí. Sabía que caminaba por un terreno desconocido. No sabía si lograría hacer cumbre o si el terreno sería demasiado fatigoso. Si las pendientes serían inescrutables o si necesitaría ayuda de otras personas.

Así que, poco a poco, fue subiendo con pies de plomo, con cuidado, poniendo fe en cada uno de sus pasos, sin descuidar ningún movimiento. Los primeros árboles del principio eran verdes y amarillos y el suelo estaba lleno de tulipanes. Después, siguió caminando.

Con los pasos, el terreno se fue haciendo más duro. La pendiente se hizo más empinada y el barro empezó a sujetarle por los pies. No parecía aquella una vía segura de ascensión, así que dio la vuelta y regresó a casa.

Al llegar, como siempre, llamó a Julia y le contó todo: que existía un monte que no conocían, que era bastante difícil conseguir escalarlo y que él, aún y todo, lo iba a intentar. Ella se asustó. Nunca había oído hablar de aquella montaña. Llevaban mucho tiempo juntos y le sorprendía que fuera él el que le dijera que existía la posibilidad de que hubiera otras montañas.

Enrique no quiso presionarla. Quería que ella le acompañara, pero no estaba en manos de él tomar esa decisión. En el fondo, no podía obligarle a hacer algo que solo él quería. Cada uno decide en su momento cúando quiere subir una montaña y cuándo es el mejor momento.

Así que al paso de unas semanas cogió su mochila, varias cuerdas y unos arneses. Luego, se montó en el coche y condujo despacio hacia aquel lugar. Estaba despeinado y los cristales estaban mojados. Pero fuera ya no llovía.

Al llegar allí, se encontró a una chica. Vestida de verde, con mochila y una cantimplora, esperaba Julia a que llegara Enrique. Él le había contado cómo llegar, pero ella siguió su propio camino. Los dos se alegraron de haberse encontrado.

Poco a poco, empezaron a subir juntos por un camino que no conocían. Empezaron hablando sobre la felicidad, ese fue el primer tema del que hablaron. Después conversaron sobre el clima, el tiempo y los huracanes. Sobre todo en general.

Pasaron por árboles verdes y amarillos en un camino que los condujo poco a poco a un lugar más alto. Aquel día no había barro, aquel día se podía subir.

Dejándose llevar, pero pensando en cada uno de sus pasos, llegaron a la cima. Ella se sentó tiritando y él se sentó a su lado. Se cogieron de la mano y miraron al sur. Estaban en un lugar nuevo, un lugar en el que nunca habían estado. Pero se sentían bien.

Allí arriba ya no había prisas por nada. Ya no había frases cortas ni verbos sin boca. Así que hablaron de Dios. No podía ser de otra manera, poco a poco. Después hablaron de cómo había sido la ascensión, de qué había sentido cada uno. De las montañas que habían escalado hasta llegar allí y de lo extraño de aquel momento. También hablaron de cómo bajar.

Y se miraron, se miraron como nunca antes lo habían hecho. De cerca, de lejos, con los ojos cerrados. Calentándose las malos. Tocándose el pelo. Después se besaron y ya no necesitaron ninguna otra cosa. Nadie podía ver sus besos y eso lo hacía aún mejor. Luego empezó a llover, pero eso ya no importaba.



Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I y II)

sábado, 2 de mayo de 2009

Óscar, 1ºB (y II)



Óscar, 1ºB (I)


Una mañana, alguien hizo que su móvil vibrara. Hacía unas semanas, había enviado unos bocetos y unos planos de muestra a una constructora. Ahora, le llamaban interesados porque su idea se llevara a la práctica. El presupuesto parecía algo escaso, pero aquella era una oportunidad prácticamente irrechazable. Aquello hizo que, al fin, pudiera ver la esperanza por alguna parte.

Esa misma noche se puso a dibujar y tomó notas como un loco. Todo parecía encajar a la perfección. Los cilindros se transformaban en cubos y los conos se convertían en pirámides. Las líneas universales de la lógica invadían sus apuntes y todo encajaba. Ahora sí, las líneas acababan en un punto y los caminos parecían llevar a alguna parte.

Los obreros se pusieron a trabajar como locos. No solía ser eso algo habitual, pero todos parecían estar entusiasmados con la idea de poder ver realizado aquel proyecto.

Comenzaron por los cimientos y después construyeron la primera planta. No había prisa ni fechas límite para terminarlo. Cada cosa se hacía a su tiempo y con la debida paciencia. Los pequeños detalles aquí sí importaban.

Él supervisaba cada movimiento, cada giro de mano y cada golpe de martillo. La idea estaba plasmada en un papel y pensada cientos de veces encima de una almohada. Pero simplemente estaba en su mente, ahora tenía que verla con sus propios ojos, analizar los pormenores.

Conforme avanzaba, le gustaba la forma con que todo aquello se estaba erigiendo, cómo una idea difusa acababa tomando la lógica necesaria que requieren los buenos escenarios. El edificio iba subiendo, poco a poco, y él podía verlo.

Era grande y luminoso, tal como él lo había imaginado. Desde dentro, lucía hermoso y desde fuera, le causaba una impresión que ningún otro le había causado. Se encontraba ante la idea imperfecta de un sueño, aquello que deseaba poseer de alguna manera o saber que existía.


Pasados unos meses, el teléfono volvió a vibrar. Era el mismo tipo que le obligó a coger la última vez. En esta ocasión, no traía buenas noticias. El proyecto se paraba y todo debía dejarse de inmediato. No había más fondos. Nadie quería comprar todo aquello.

De pronto, el arquitecto vio cómo el edificio se quedaba desnudo delante de sus ojos. Cómo las vigas se estremecían con la luz de los rayos solares y cómo la estructura quedaba indefensa ante los ojos de la gente.

Aquel proyecto esperanzador, aquel edificio de varias plantas, se paraba allí y ya no podría seguir más. Fin del trayecto, se acabó. Todo aquel trabajo, todas esas noches, se fueron a un cajón lleno de tachones y borradores.

Planta a planta se fue desmoronando el sueño y el proyecto, y las líneas volvieron a ser impredecibles curvas de un camino. Las ventanas se deshicieron y ya no pasaba la luz, mientras que las vigas de hierro se iban oxidando poco a poco sin poder hacer nada ante el paso de los días. Como un folio en el agua se iba arrugando lentamente hasta desaparecer.

Y él allí, desde su coche, seguía viendo cómo la luz del semáforo seguía en rojo. A su derecha, y por la ventanilla, podía ver el edificio que nunca pudo construir, pero que tampoco nadie pudo derribar. A partir de entonces, tenía que verlo todos los días, tener que soportar que hay proyectos que no siempre se pueden realizar. Después, el semáforo se puso en verde.

Al año siguiente, su móvil volvió a vibrar.

Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I)
Fotografías: Carlos Bravo

Óscar, 1ºB (I)

La luz del semáforo estaba en rojo. Los conductores tocaban la bocina. “Qué imbéciles”, pensaba él mientras tamborileaba con sus dedos en el volante, “por mucho que piten no va a ponerse en verde”. El ritmo de la canción sonaba por los laterales. En el asiento del copiloto, tubos de metal, estuches de plástico y carteras llenas de planos, folios y borradores.

Un vistazo arriba y el semáforo seguía en rojo. Todas las mañanas solía tardar alrededor de un minuto y medio. El cruce era una intersección de varios carriles, de calles largas y aceras anchas, de esas de las que la gente huye cuando hace sol en verano. Los coches volaban de izquierda a derecha.

Aquel lugar le gustaba, aquella esquina. Disfrutaba del momento de quietud y pausa que le daba el semáforo de camino al trabajo. Como el enamorado que se declara bajo la lluvia y desde entonces no le importa caminar bajo ella. No por lo que es, sino por lo que representa.

Le había pasado muchas veces: cantar con los ojos cerrados mientras imitaba el movimiento de la batería. Después abría los ojos y descubría que el hombre del coche de al lado le estaba mirando. Después, disimulaba estar intentando matar a un mosquito.

Miró a un lado. Aquel edificio de la derecha lo había construido él. No con sus manos, sino con su propia mente. Le había quitado noches de sueño, trajes en la tintorería y minas de lápiz. Era uno de esos proyectos ambiciosos que acababan transformándose en obsesión para un arquitecto.

En su momento, no sabía por dónde ir, ni qué líneas trazar. No sabía si la entrada debía ser amplia y espaciosa o si las ventanas tenían que reflejar toda la luz del exterior. No sabía si el edificio se construiría en poco tiempo o si, de ser así, sería un edificio que le hiciera sentir plenamente satisfecho.

Cada día se levantaba pensando en él. Le daba una y mil vueltas, cambiaba una y mil cosas. Tomaba decisiones, las asumía y al poco tiempo las acaba desechando. En muchas ocasiones, incluso, sopesaba la idea de borrar aquellos planos y darse por vencido. No valía la pena malgastar tanto esfuerzo en un proyecto que podía quedar inacabado.

Por las noches tomaba café y por las mañanas se lo ponía doble. Llevaba casi más de un año intentando encontrar las salidas. No encontraba la uniformidad de la estructura, no encontraba el sentido metafísico de aquel edificio. Le gustaba, le parecía estéticamente bello y admirable, pero había pasillos que no acababan en ningún sitio y escaleras que, simplemente, no llegaban a ninguna parte.

Sigue leyendo... (Óscar, 1ºB, II)



Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
Fotografías: Carlos Bravo

jueves, 23 de abril de 2009

David, 4ºA


Y él pensaba que eso de ser un poeta urbano sentimental estaba de moda. Que a ellas les gustaba. Que se llevaba eso de escribir en una servilleta, pensar fórmulas para que algo rimara. Que eso de expresar los sentimientos y cantarlos al mundo estaba de moda.

Era adolescente y no le hacía falta hormonarse. Le gustaba que la gente lo viera como el tipo que camina en contra de lo establecido, pero que entiende a todos por igual. El hombre sin causa, el eslabón perdido, el guía intelectual de una nueva sociedad adolescente, más analfabeta, más incrédula. Eso creía él y así era él.

Los de su edad decían que aquello era lo que se llevaba y que era ciego el que no lo viera. Que ya no se llevaba eso de escribir buena poesía, buenas letras, buena música. Que se llevaba eso de insultar, el ombliguismo, el amor de invernadero. Querer a chicas de neón salvaje. No saber cómo decirlo y vomitarlo en un papel sin digestión, al primer giro. Creer que lo duro y áspero vale más por su sonido.

Que ya solo existen metáforas sobre nubes negras, lágrimas de cristal, corazones rotos y besos bajo la lluvia. Que la desesperación, el olvido y el flequillo les ayudan a esconderse en una especie de velo afligido. Que ellos sienten más, que su pena es más grande. Que les gustan las cámaras y los flashes.

El egocentrismo de la sombra de un poeta que quería ser lo que no podía. Conseguir la fama y tener mucho flow. Ganas de sentirse el rey, de pisar a los demás y jugar con los sentimientos de amor, alegría y pena como si fueran rocas de piedra.

El no querer innovar, el dejarse llevar cuando todo suena demasiado bien. El miedo a lo que nadie ha hecho y las ganas de tirarse al río para acabar arrastrado por una corriente disfrazada de moda, que eclipsa todo lo demás y tapa bocas. Creer que no hay nada mejor al otro lado del río por no saber nadar. Sentimientos que flotan en la superficie de una piscina llena de sangre.

Él vivía en el sobrexcedo y el colapso de niñatos que como él no sabían la diferencia entre un hombre y una mujer. Adolescentes que creían que la composición y el arte eran simplemente la suma de saber tocar dos notas con una guitarra y teclear dos letras en el ordenador. Poetas de terciopelo rellenos de espuma amarilla. Poetas que nunca habían leído un libro. Poetas que no sabían qué era la poesía.


Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
Fotografía: Juan Cardosa

martes, 14 de abril de 2009

Javad Almahid, 9ºB



Mi nombre es Javad Almahid, soy detective privado. Trabajo para una cadena de Kebab’s y he venido a este país para investigar las dificultades del terreno: su sociedad, sus costumbres y sus prejuicios aéreos.

Soy un tipo listo, de esos que no dejan huella allá por donde pasan. Soy como el dueño que no recoge la caca de su perro o como un hombre flaco en una manifestación. Nadie sabe de mí. Trabajo con cautela y pocas veces me descubren.

Conozco treinta lenguas, diez dialectos primitivos y cinco lenguas muertas. En el lugar donde me encuentro nadie me entiende, pero yo lo entiendo todo. Soy capaz de escuchar una conversación telefónica con los dos oídos a la vez e incluso puedo engañar al teléfono de una cabina con una moneda y un cordón.

Me he instalado en un piso de la Calle del Olvido, muy cerca del centro. Es verano, pero aquí yo soy el más moreno del lugar. Para camuflarme, llevo polvos de talco. Nada queda a la improvisación. Siempre llevo guantes, o en su defecto, las manos dentro del bolsillo, ni muy dentro ni muy fuera.

Esta es mi segunda semana en la ciudad. Los vecinos aquí son un tanto extraños. Comen cerdo y permanecen despiertos hasta altas horas de la madrugada. Nosotros no podremos darles cerdo, pero sí podremos abrir hasta que no haya más pollo y ternera que tostar. Es fundamental conocer bien al cliente al que te enfrentas.

Mis primeras investigaciones me hicieron llegar hasta un lugar donde todas las mañanas acuden cientos de personas. Un lugar bastante concurrido los fines de semana. Parece un buen sitio para abrir un negocio. La gente va allí, se congrega y después, toman algo en el lugar más cercano. Parece una costumbre bastante arraigada entre sus mayores.

Así que esta mañana me he peinado el bigote (postizo, claro), he cogido mis gafas de sol y con mi gabardina abierta he andado varios kilómetros hasta el lugar. El trabajo de un espía es hartamente complicado en este sentido. Siempre hay que mantenerse en forma. En el periódico, acostumbro a leer los deportes y si es posible, lo hago mientras subo por las escaleras. Si alguien me descubre, me gustaría saber si se trata del record man del mundo de los 100 metros lisos.

El lugar donde he ido es un sitio decorado con bastante buen gusto. La gente porta sus mejores galas y sus anillos más pesados. Una mujer, incluso, llevaba esta mañana una carretilla con todas sus joyas.

Al principio, pensaba que se trataba de una casa de subastas. Un hombre cantaba los precios y el público, sentado en filas, respondía valiente con la apuesta más alta. ¡Pero nadie sabía cómo funcionaba el negocio! Todos respondían a la vez, unos y otros, y con las mismas cantidades. Era imposible que nadie se pusiera de acuerdo, increíble que nadie supiera cómo funciona una subasta. Y aquel cáliz tenía pinta de ser de los caros.

Después pasaron varias mujeres entre el público y “peinaron” la zona con sus cepillos. En ningún lugar se explicaba cómo funcionaba todo aquello. Ni siquiera en las esculturas de la entrada. Así que vi la cesta y pregunté el partido por el que se apostaba esa semana. Lo había visto hacer en otros lugares. Como siempre, debía adaptarme bien al entorno social. La mujer me miró extrañada y después dejé una moneda. Le dije que 2-0.

Más tarde, el hombre que parecía organizar todo aquello, tanto las subastas como las apuestas, se dirigió a todos nosotros alzando un pedazo de comida que no distinguía a ver bien desde mi asiento. Dijo que aquel era el cuerpo de un buen hombre. Después bebió su sangre. Aquel tipo tuvo que hacerle algo muy gordo para vengarse de aquella manera.

Temí que se tratara de alguna secta que yo no conocía o de una de esas reuniones de caníbales que se organizan por Internet donde, simplemente, se sientan a jugar al parchís y esperan a que suene el timbre del horno. Fue en ese momento cuando empecé a preocuparme de verdad. El orador, que claramente era el hombre al que la gente llamaba “rey de copas” en las barajas de los bares, descendió del altar en el que se encontraba. De los laterales salieron dos jóvenes portando unas velas terriblemente grandes. Parecían estar cargadas: temía una emboscada, una masacre.

De repente, la gente se tiró al suelo de rodillas y yo me abalancé sobre un niño de unos 9 años intentando proteger su vida. Nunca he querido ser un héroe, me gustan más los superhéroes. Pero soy un hombre realista, si me tengo que conformar con lo primero, lo hago.

El chaval me miró como se mira a la Muerte y su madre me atizó con un bolso lleno de llaves y monedas. Todos se volvieron locos de repente y parecieron no haber visto lo que yo acababa de ver hacía unos segundos. ¿Quizás un suicidio colectivo? ¿Algo más gordo? Quién sabe… Todo parecía responder a un patrón que yo no adivinaba a interpretar.

El caso es que me tuve que ir de aquel sitio. Eran muchos y cobardes, y la cobardía sí entiende de números. Probablemente clientes que podrían haber sido buenos y fieles, pero aquel no era un buen sitio para poner nuestro negocio. Esas zonas no deben ser frecuentadas por gente de bien como nosotros. No queremos mezclarnos con esa gente, porque una vez que entras, ya no sales. Ya se sabe: primero llegan las amenazas, después los pagos mensuales y al tiempo… solo Dios sabe qué.


Prólogo:
Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
Fotografías:
Carlos Bravo

lunes, 6 de abril de 2009

Santiago, 2ºC


Hace casi ya 10 años desde aquellas noches frías entre cartones. El pasadizo junto a la Calle del Olvido fue mi refugio provisional durante una época difícil, dura y complicada. Hace unos días, después de tanto tiempo, decidí volver allí. Eran casi las dos del medio día, el cielo era gris y la lluvia era muy fina.

Caminaba dubitativo, recordando el trayecto bajo los porches que solían conducirme a la entrada de aquel sitio. Llegué allí y entonces atravesé la verja de seguridad nocturna que cortaba un arco de medio punto. Sobre este, clavada en una superficie de piedra lisa, pude ver la placa que daba nombre a todo el pasaje. Después, pensé que quizá yo hubiera sido el causante de que aquella verja existiera. Todo eran viejos recuerdos.

Justo en frente, la puerta que nunca vi abrirse. Era de madera, grande y pesada. Intentaba parecer elegante, pero el tiempo y la humedad la habían desgastado bastante. Su buzón estaba oxidado y por él tampoco recuerdo haber visto entrar ninguna carta. Nunca vi tampoco pasar luz a través de su ventana superior, que desacertadamente, estaba adornada con hierro.

Cuando miré a mi derecha y agaché la mirada, vi los dos tramos de escaleras sobre los que muchas noches tuve que dormir. Me senté en el lado derecho para tomar un poco de aire. Aquel era mi rincón. Extendí la mano sobre el muro y palpé la piedra fría, como el jinete que acaricia su caballo tras una mala carrera. El tiempo dibujaba en él una desgastada imagen, llena de símbolos incongruentes de spry y pinturas casi rupestres. No, no habían sabido escoger acertadamente su maquillaje.

Miré hacia arriba y descubrí que también los años me habían hecho olvidar aquella cristalera. Era grande y ocupaba toda la superficie de la cubierta más corta del pasaje, que iniciaba el dibujo en “L” del lugar. El rectángulo estaba compuesto por vidrios azules, rojos, blancos y dorados, de tal manera que todos ellos conformaban un escudo señorial. Siempre me había resultado extraña su presencia en aquel lugar. Era como si cada día, unos humildes campesinos tuvieran que recibir en casa a un hombre rico y obeso que les recordaba con jactancia su baja condición social.

Me levanté y apoyé mi mano derecha sobre la barandilla. Después, descendí lentamente sin apartar mis dedos de ella. A mi izquierda, dejaba el descuidado hueco de la escalera donde también dormí alguna noche. Cuando el invierno se abalanzaba, era el lugar más cálido del pasaje. Ahora, permanecía cerrado por otra verja tétrica y carcelaria de poco más de un metro. En su interior, una escalera de madera posaba erguida, prisionera a uno de los barrotes.

El ambiente ahí dentro era extraño, la iluminación, parecida a la romana: pobre, débil e insuficiente. Como era la hora de comer, los restaurantes soplaban el olor de sus platos. Pasta, carne, sopas... En ese momento, recordé que en un tiempo jugaba a adivinar el menú del día.

Descendí entonces por el segundo tramo de las escaleras, desde donde ya podía ver la luz de la salida. Oía voces de personas que rebotaban, pasos acelerados contra adoquines que no llegaban a entrar.

A mi izquierda, una cortina metálica acumulaba polvo y óxido. A mi derecha, un letrero que anunciaba la entrada a una empresa de seguros con poco trabajo se quedaba quieta mirándome.

El suelo estaba recubierto en esa parte por anchos adoquines irregulares, sobre los que el agua, en forma de pequeños charcos, se resistía a transformarse en vapor.

El techo estaba revestido con yeso blanco, agrietado y despellejado por el paso de los años. En su mitad, se mostraba casi desnudo y podía distinguirse en él su estructura primitiva. No me gustó nada verlo de aquella manera.

Cuando bajé la mirada de lo alto, me aproximé hacia la luz del fondo. Era el final del pasadizo, el desenlace del pasaje. Al salir, la luz de la calle me deslumbró por un instante. Después, caminé con paso firme hacia mi casa, justo al lado. Cuando llegué, besé con amor la copia de aquel boleto de lotería de 1998.

Fotografía: Javi Navarro
Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
Fotografías:
Carlos Bravo

jueves, 2 de abril de 2009

Iván, 8ºD



Tenía 345 amigos y se escribía con más de la mitad. A algunos les contaba cosas que jamás en la vida habría contado. Tenía amigos de todos los sitios y lugares del país, algunos incluso de otros continentes. Se sentía querido cuando la gente le comentaba sus fotos y él las veía en el ordenador.

Su cuarto estaba en el octavo piso de la Calle del Olvido. Era oscuro y pequeño. Un microcosmos virtual donde la gente entraba y salía. Un foro donde, en alguna ocasión, se habían relatado cientos de historias.

El ordenador era una de las ventanas del cuarto. Le había abierto puertas que hasta entonces desconocía. Quería conocer gente, ver mundo. Todo a un clic. Nunca había tenido muchos amigos, así que aquella era la oportunidad de poder conseguir lo que hasta entonces nunca había tenido. Poder decir, “uno más para la lista”.

Hacía más de un mes que se escribía con aquella chica. Casi a diario, casi a todas horas, mantenían largas conversaciones escritas que le parecían realmente interesantes. Le gustaba, era cariñosa en las palabras y compartían muchos y diferentes puntos de vista. Incluso en las fotos parecía ser una chica realmente recomendable.

Sabía su nombre, sus dos apellidos, dónde vivía, el nombre de sus padres y de su perro, dónde estudiaba, cuál era su película favorita, qué tipo de hombre le gustaba, sus peores relaciones, los hombres con los que había salido, sus bares de marcha, su matrícula del coche, su religión y su altura. Datos, datos y más datos que le ayudaban a configurar en su cerebro una imagen, en teoría, bastante acertada.

Un día, decidieron quedar para conocerse. Pero el directo era imprevisto. En el fondo, ninguno de los dos sabía si la otra persona respondía a las bromas con una sonrisa, si tenía un gran sentido del humor o si, simplemente, no era de las personas que se reían con facilidad. Delante de la pantalla todo resultaba bastante fácil: nadie les miraba a los ojos ni tenían que meter las manos en un sitio donde no molestaran.

Pero el chico creía estar enamorado. Se lo había contado todo y en ocasiones, ella había sido su mayor confidente. Quería saberlo todo y más sobre ella, la punta del pastel le había parecido deliciosa.

El encuentro fue en un centro comercial repleto de gente. Habían quedado junto a la fuente, cerca de una escultura de hierro alargada. Él iría de rojo y ella llevaría un bolso blanco y pesado. Tontadas de película romántica.

Ella llegó tarde. Se dieron dos besos y fueron a dar un paseo. Era más guapa que en las fotos y hablaba con soltura. Era realmente como él la había imaginado. Ahora podía mirarle a los ojos, asentirle cuando hablaba y escucharle sin problemas. Era la magia del directo.

Hablaron durante un rato. Él estaba muy nervioso. Le sudaban las manos y sentía pánico y vergüenza a partes iguales. Se movía mejor dirigiendo sus dedos con precisión a cada una de las teclas: H-o-l-a. Era más sencillo. No le gustaba sentir que le miraban a los ojos, que le tocaran cuando hablaba o simplemente, hablar sin haber pensado antes qué decir. Le faltaba el guión, la pauta. Todo iba muy deprisa. No había ensayado lo suficiente para aquella gran obra. Las palabras le salían torpes, los silencios se le hacían incómodos y la persona que tenía enfrente se iba convirtiendo, poco a poco, en una gran desconocida.

Ella lo notaba, y no le gustaba. Los dos sintieron que no se conocían. Durante un tiempo creyeron que sí, pero no se conocían. Sabían muchos datos de la otra persona, muchos números y muchas curiosidades. Pero era como estudiar la biografía de un personaje histórico. Ver las fotos de Stalin, saber que tenía bigote, y poco más.

Les faltaba el día a día, las anécdotas, una historia común. Si querían conocerse, tenían que empezar a hacerlo a partir de aquel momento. Iván descubrió que si aquella chica realmente le importaba, si realmente deseaba quererla, antes tenía que conocerla: discutir y meterse con ella, verla llorar y sonreír, cantar y abrazarle mirándole a los ojos. Vivir improvisando sin ser consciente de ello.

Al volver a casa, Iván abrió la ventana y subió la persiana. En frente, las luces de las farolas y el viento helado le dijeron que se fuera a dormir.


Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
Fotografías:
Carlos Bravo

sábado, 28 de marzo de 2009

Rogelio Malco, 3ºB (y II)


Rogelio Malco, 3ºB ( I )

En el piso de al lado, una pareja de artistas y su hija se había instalado hacía cosa de dos semanas. Malco pensaba que eran de ese tipo de gente que apoda “arte” a cualquier obra plástica y que además, tenían la desfachatez de anudar sus cuellos con bohemios pañuelos, usando términos en francés de manera forzadamente casual e imprevista.

Pero el problema no eran los padres, sino la garrapata de su hija. Era una de esas niñas adolescentes cuyo máximo sueño se elevaba al infierno de los reality show, sin saber que los psicólogos se frotan las manos a la salida. La chica no cantaba, más bien gritaba. Su timbre de voz producía una sensación parecida a la de unas uñas en una pizarra; o a la de un micrófono acoplado; o al sonar de un despertador por la mañana. Siempre a las misma horas, de cuatro a ocho, el tiempo de la siesta de Malco.

Porque a una persona, hay tres cosas que no le puedes hacer: quitarle el plato cuando aún no ha terminado de comer, apagarle la televisión cuando su equipo va a meter un gol o fastidiarle una dulce y gratificante siesta vespertina. Y aquella pequeña bruja llevaba dos semanas tachando el último punto, versionando canciones de Camela, Bustamante o Mónica Naranjo, entre otros.

Malco se encontraba oficialmente parado, después de que lo despidieran de su trabajo como celador en un hospital por organizar carreras clandestinas con las camas de los enfermos. Así que una mañana de tantas, se le vino a la cabeza una dulce venganza que acabaría con su tremendo y complicado problema. Todo estaba planificado.

A la mañana siguiente, se puso el chándal y cogió un pasamontañas que guardaba desde pequeño en el cajón de abajo de un mueble robado. Le quedaba un poco prieto, pero entraba. Iba a atracar el “Media shop”, que aunque intentaba parecer moderno por el nombre, era una birria de establecimiento fácil de desvalijar, situado pocas manzanas más allá de su casa. En quince minutos se plantó allí.

Con Napoleón bajo el brazo derecho y ladrando sin parar, Rogelio irrumpió en la tienda intimidando al dueño:

– ¡Vamos, tío, tengo prisa! ¡Que estoy muy loco y mi perro muerde que te cagas! ¡Dame todos los cacharros de música que tengas por allí!

– ¡Tranquilo! ¡Te doy lo que quieras! ¡Pero dile al perro que se calme!

­­– ¡Él también está muy loco, mételo todo en la bolsa tío!

­­– Pero… un momento ¿no fuiste tú el que se llevó un masajeador la semana pasada?

– Eh… ¡venga, tío, déjate de sermones, yo me largo!

Y abandonando la tienda con un carro, una cadena de música, unos altavoces, y un home cinema como preciado botín, Malco se marchó de vuelta a casa, ya con Napoleón un poco más calmado.

Al llegar al piso, enano, sucio y destartalado como siempre, lo primero que hizo fue instalar todos y cada uno de los objetos sustraídos, no sin antes sufrir en su cuerpo la pactada alianza entre unos enchufes que florecían fuera de sus nidos y una elevada corriente eléctrica ruin y traicionera.

Tras estar completamente recuperado, puso todos los aparatos y altavoces enfocados en una sola dirección: el tabique contiguo a la casa de la soprano. En total, 550 vatios de orgullo y desquite.

Corrió entonces a buscar un disco de AC/DC, que llegó a sus manos de forma casual. Casual porque andaba un día Rogelio caminando por la calle, buscando alguna bici sin candar, cuando del saco de dos negros fornidos y veloces que corrían delante de tres policías, cayó un pedazo de música comprimido en una rosquilla reflectante. Desde entonces, era suyo.

Así que colocó el CD, se puso unos tapones en las orejas hasta casi rozar los tímpanos y se sentó con los brazos detrás de la cabeza. Eran las cuatro de la tarde, el momento de la dulce venganza.

Los cristales vibraron con el estrépito y el suelo rugió. Mientras tanto, Rogelio notaba el murmullo de la música. Con sus cejas arqueadas y los ojos cerrados, lucía una sonrisa perversa y maquiavélica. La de aquel día fue una situación maravillosa, que se alargó media hora más hasta el momento en que dos hombres tiraron la puerta abajo y empezaron a gritarle blandiendo porras de goma.

El artículo 242.2 del Código Penal dictó para él una pena por “robo intimidatorio” de uno a dos años de cárcel. Por contaminación acústica fue multado con 200 €. Por cierto, está buscando a alguien que pueda cuidar de Napoleón. Pregunten por Rogelio Malco.


Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I)
Fotografías:
Carlos Bravo

viernes, 27 de marzo de 2009

Rogelio Malco, 3ºB (I)


Una gorra vieja de color morado apretaba en su tercer agujero la cumbre de una cabeza minúscula que no era más que el pellejo. Debajo se enredaba un pelo canoso y grasiento que por la mañana solía huir a la almohada. Por los laterales sobresalían dos grandes orejas cartilaginosas y aeroplanas, de las que brotaban finos y pequeños pelos anárquicos. Sus ojos eran como globos viscosos blancos y amarillos que parecían salírsele de las cuencas como a los besugos. La barba, de seis días, podía lijar al más desafilado de los cuchillos y romper la más dura de las navajas.

Su habitual chándal de poliéster y acetato reflejaba con mal gusto una anticuada mezcla de estampados verdes, azules y violetas. Con el aire, su ropa se hinchaba y dejaba que su cuerpo flaco y esquelético se moviera suelto al caminar. La parte de abajo lucía dos parches redondos en la zona de las rodillas sobre las que intentó recorrer el Camino de Santiago. Sólo pudo hacerlo durante hora y media, cuando, desfallecido, fue llevado al hospital más cercano, sin fe.

Bajo unos pantalones bombachos, las flacas y pobladas piernas de Rogelio Malco. Sus zapatillas, que en la tienda lucían blancas y olían a nuevas, ahora sólo Dios sabía de qué color eran. Por la zona del empeine, el dedo pulgar asomaba curioso por una de las trampillas de la tela, ayudado por unas uñas con forma aguileña.

Rogelio era un hombre de 48 años. No era persona de grandes logros, pero los pocos que había conseguido los recordaba con orgullo. Su hito más espectacular lo llevó a cabo con tan sólo 16 años. Un salón de actos repleto de público adolescente aplaudía sin parar mientras el presentador gritaba: “¡Inmortal… Malcoooooo!”. Subiendo por una escalera al más puro estilo “Rocky”, un pasillo abarrotado de gente le guiaba hasta lo más alto de un escenario. Al llegar arriba, miró al horizonte y deslumbrado por las luces, alzó los brazos y se sentó sobre una silla. Comenzó entonces la leyenda de R. Malco, aquel chico que no acabó sus estudios, pero que pudo comerse un bocadillo de catorce polvorones sin apenas probar una gota de agua. Su tiempo: tres minutos y medio.

Ahora vivía en paz y armonía en un viejo piso de la Calle del Olvido. Tras el infarto de su anciana madre diez años atrás en un tiovivo, los 55 m² quedaron libres para su uso, disfrute y esparcimiento.

Hacía ya dos primaveras, había adoptado a su perro “Napoleón”, más o menos después de descubrir cucarachas bajo su crujiente suelo de madera, ahora hogar también de las termitas. Napoleón era pequeño y manejable, como una pelota. Su pelo era duro y blanco, salvo una mancha marrón que le cubría la mitad de la cara. Misteriosamente, una enfermedad no descubierta hasta el momento le hacía ladrar envalentonado a todo ser, animal o cosa que estuviera en un radio de veinte metros. De vez en cuando, Rogelio solía reírse de él, aprovechando que su cerebro era cuantitativamente más grande que el del animal. Una tarde aburrida de invierno, bajó a la calle y compró un globo de helio. Después, hizo que el perro lo aspirara y caminara junto a él. Aquel fue el día más divertido de su vida: las caras de las personas al oír el enclenque ladrido del perro le produjeron unas dolorosas agujetas abdominales, que se alargaron durante más de tres días.

Sigue leyendo... (Rogelio Malco, 3ºB, II)

Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
Fotografías: Carlos Bravo

miércoles, 25 de marzo de 2009

Héctor, 1ºA


Se ajustaba la corbata mirándose al espejo. Aquel era el día. El día del regreso, de la vuelta a casa, del viaje a esos momentos que le hicieron ser la persona que era. Olía a colonia y a libros viejos. Había que volver, quería hacerlo.

Llevaba dos años sin ver a ninguno de ellos y cuatro sin mantener una relación continua. Lo que hubo en un tiempo se quedó en el tiempo. Cada cual hizo desembocar sus ríos en mares diferentes y la marea se lo llevó todo.

Un día las olas trajeron una carta, membretada de manera muy original con su nombre y apellidos. Le hizo ilusión que se acordaran de él. Pensaba que ya no formaba parte del grupo, que aunque el resto seguía manteniendo el contacto, él ya no podía decir que se conocían.

Pero su nombre estaba escrito en aquella carta. También la cena, la hora y el lugar, un sitio que en un tiempo escuchó sin compromiso sus conversaciones, su filosofía y sus historias.

Solía hablar con los extraños que conocía de toda la vida. Aquellas personas secundarias que entraban en su historia y salían en silencio. Escribían pero no manchaban. Descubría en ellas insatisfacción e historias caducas, casi anticuadas. Conversaciones vacías que trataban sobre ningún tema. Motivos para no hablar por falta de hábito o concordancia. Personas que al girar se esfumaban y ya no estaban.

Cogió un taxi desde la Calle del Olvido. Durante el trayecto, se dio cuenta de que no recordaba el nombre de aquel arquitecto. A los diez minutos, pagó 3 euros y se bajó. Habían reformado aquel sitio, pero conservaba las luces de neón intermitente encima de la entrada. Todos estaban dentro, crecidos, mayores, cambiados, algunos casi irreconocibles a primera vista.

Bastó una cena para descubrir aquel viejo edificio. Se abrió el anecdotario y volvieron las penúltimas. El humo se quedó en el techo y volvió a esperar entre las luces. Alguien trajo la famosa guitarra del martes. Nadie había olvidado las viejas canciones, nadie. La máquina del tiempo seguía funcionando.

Cantaron y recordaron. Cambiaron de sitio y de conversación. Atraparon la noche y sobrescribieron historias. Se pusieron al día y se abrazaron unos con otros. Bromearon y bailaron sin importar la hora. Volvieron a hacer aquello que era imposible.

Al llegar a un bar, el chico que quería ser informático levantó su brazo y alzó la copa: “Hoy he vuelto a esos días, y me he dado cuenta de que al final siempre quedan aquellos que te escuchan cuando no pueden, te insultan sin molestar y saben lo que vas a decir. Porque te conocen tanto que da asco. Porque aquellos con los que discutes suelen ser aquellos a los que una vez en tu vida has odiado desesperado por no encontrar la salida. Pero revivir esos momentos, regresar a aquellas historias y rehacerlas en el presente me da tanto que no alcanzo a cogerlo. Por vosotros.”

“Salud”, gritaron todos. Y así se fue la noche, escondiéndose en algún lugar, marchándose poco a poco, esperando. Había una próxima cita, nuevos planes. Quizás fue el momento o la situación, pero todo aquello transcurrió del pasado al presente a través de un mundo muy real. Habían vuelto sin regresar.

Héctor volvió a casa caminando, sin prisa. Todavía tenía una cerveza del 82 en la mano. Con los pasos de vuelta, recordó el nombre de aquel arquitecto. Y pensó. Pensó que por mucho que pasara el tiempo, la ingeniera seguiría siendo aquella con la que se perdió una noche, el periodista aquel con el que jugó a ser poeta y el informático el tipo con el que discutió en los bares. Y que ella, pasara lo que pasara, seguiría siendo la chica que le hizo descubrir la magia del primer amor.


Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
Fotografías: Carlos Bravo

lunes, 23 de marzo de 2009

Pablo, 6º C


255 días con la cabeza a 5572 kilómetros. Una gran piscina llena de peces, algas, barcos y basura separaba su casa de aquel lugar. Se podía viajar allí en avión o sobre un billete de dólar. Habían decidido no hacerlo, aguantar un año sin verse. Supuestamente, aquello reforzaría su relación.

Habían pasado ya 8 meses y medio. De ella sólo había visto fotos cerca de la Estatua de la Libertad, la Zona 0 ó Wall Street. La sentía cerca, pero el mar azul endemoniado manchaba casi todas las fotografías y le decía que era imposible llegar allí a nado. O cómo la distancia hace difícil nadar cada día.

Era un soltero en libertad vigilada. Salía con los amigos, como en los viejos tiempos: bebía y ganaba competiciones de cerveza y regresaba a casa en esa hora en la que el sol entrecierra los ojos y mata de sueño.

Pero le faltaba algo. Solamente era un año y sabía que podía aguantarlo, pero le faltaba algo. Se decía “maldita sea, ¿he aguantado 24 años de soltero y no puedo soportarlo un año más?”.

Y no, no podía. Su cabeza había adquirido el extraño hábito de caminar siempre por dos lugares distintos. Si salía un anuncio en la teletienda y volvía a ser aquel hombre de desproporcionado perímetro y sus cuchillos, buscaba rápido el móvil para llamarla. Pero recordaba dónde estaba, la distancia, la cifra en kilómetros y la pasaba a millas. 3462 millas sonaba mejor. Sonaba más cerca.

No era un tipo celoso, nunca lo había sido. No le había importado verla hablar con otros hombres porque sabía que ella se había ganado esa confianza. Pero lo que sentía ahora era diferente. Estaba tan lejos que resultaba difícil saber a quién conocía, si se había enamorado de otro o si había encontrado allí a alguien mejor. ¿Cómo responder a la incertidumbre? Confianza, todas las respuestas remitían a esa palabra, que como el petróleo, se vende siempre muy cara.

Ya no les quedaba nada. Habían mantenido el contacto casi a diario, pero le faltaban sus ojos en todas las esquinas. Hacía mucho tiempo que no la besaba, que no le recogía el pelo detrás de su oreja, que no le calentaba las manos cuando helaba de frío.

No la había visto hacía 8 meses, pero confiaba en que toda su historia soportara todo aquello. No veía la hora de ir al aeropuerto a recogerla, mirarla, abrazarla y después, besarla. Verla allí, con su camiseta de “I love NY”, sonriente, soltando las maletas y abrazándole después de haber pasado una de las pruebas más difíciles.

Y entre recuerdos, un día volvió ella. A su regreso estaba cambiada, pero es que todo el mundo cambia a lo largo de un año. Estaba más guapa y era feliz. Él no se dio ni cuenta de por dónde salía, hasta que vio a una chica correr hacia él.

Ella saltó y los dos cayeron, con sus mochilas y los billetes. No sabía si era el momento o la situación, pero sintió que la chica con la que estaba era realmente ella. El pelo le caía por los hombros y sonreía como nunca antes le había visto hacerlo. No era como lo había imaginado, era mejor. En el suelo, abrazados, dejaron de echarse de menos.


Prólogo:
Calle del Olvido, 52
Fotografías: Carlos Bravo

Calle del Olvido, 52


Las escalones del portal 52 de la Calle del Olvido habían inspirado cientos de historias: pantalones arrastrados por el suelo; carreras de niños compitiendo a codazos por llegar primero a cualquier piso; discusiones de pareja y reconciliaciones a base de madrugada; escobas, fregonas y detergente tres veces por semana; conversaciones asépticas entre vecinos enemistados; relaciones calurosas de más de un minuto; mujeres ancianas que subían las escaleras para no bajar en tres meses; sentimientos motorizados que miraban al suelo tratando de encontrar alguna solución a los problemas; chicos que bajaban la basura en mitad de la noche; borrachos que no acertaban con la llave y decidían acurrucarse en un rincón; huellas de un perro que acababan en el felpudo deshecho de una puerta; luces anaranjadas que se apagaban al cabo de cinco minutos; un estanque lleno de historias separadas únicamente por el marco de una puerta.


Foto: Carlos Bravo