— Muy buenas tardes, señor Andrés. Gracias por elegir el cielo. Esperemos que su estancia aquí sea lo más agradable posible.
— Gracias, gracias. La verdad es que miré sin cruzar y...
— ¿Cuál es su hora de la muerte?
— Las 12.00.
— Ah, sí. Aquí está. Las 12.00 en la calle Mayor. Vaya, ¿un peugeot?
— Sí. Fíjese, tengo la marca en la frente.
— Vaya...
— Y bien, explíqueme un poco cómo van las cosas aquí.
— Ahora mismo Pedro está atendiendo un asunto. Ya sabe, cosas de jefes. Pero yo le puedo ayudar, llevo aquí desde Nerón.
— Lo primero, ¿cómo se funciona? ¿Qué se hace?
— Por las mañanas desayunamos y después rezamos. Unas tres horas. Luego comemos, echamos la siesta y leemos algunos textos sagrados. Cuando oscurece, todos a dormir.
— Vaya. ¿Y así toda la vida?
— No, no, toda la vida no. Toda la eternidad.
— Ya...
— Pero usted no se preocupe. Tenemos talleres de costura, cantamos... No se aburrirá nunca.
— ¿Cuánto tiempo lleváis haciendo todo esto?
— Uf, muchísimo tiempo. Desde Trajano esto es un no parar.
— ¿Y quién os manda hacerlo?
— Pues Él, quién va a ser.
— ¿Nadie propone hacer cosas nuevas?
— Claro, sí. A veces sí.
— ¿Siempre le hacéis caso?
— Aquí todos están gracias a Él. Suele decir, "no te olvides de que vives gracias a mí". Te agarra con su gran mano por el cuello y te da palmadas en el hombro. Siempre es muy cariñoso con todos.
— ¿Y si alguien no está de acuerdo?
— ¿Cómo?
— Si alguien no quiere hacer lo que todo el mundo hace.
— Ah. No lo sé. Eso nunca ha pasado.
— ¿Y quién le ha votado?
— ¿Aquí? No, aquí nadie vota. Él suele decir que llegó primero. Tiene razón, es lo justo.
— Por favor, ¿puede usted mirar hasta cuándo tengo hecha la reserva?
— No tiene usted fecha de salida, caballero. Tendrá que permanecer aquí por un tiempo indefinido.
— ¿Y si un día yo... por lo que fuera, me quisiera ir?
— Me temo que eso no será posible, señor.
— Pero eso es represión.
— No. Usted eligió estar aquí.
— Mentira. Yo nunca fui creyente. A mí me gusta el calorcito.
— Pues lo siento mucho, pero ha sido usted seleccionado para venir aquí.
— ¡Protesto! ¿Tienen hojas de reclamación?
— No.
— ¿No? ¡Protesto de nuevo!
— Cálmese.
— Quiero hablar con Él. Llámele. Que venga ahora mismo.
— Me temo que eso no va a ser posible.
— ¿Qué clase de estafa es esta?
— No es ninguna estafa. Nuestro negocio es uno de los más antiguos y...
— Lo que usted diga. Pero debería haber algo que yo pudiera hacer.
— Desde luego.
— ¿El qué?
— ¿Ve a todas esas personas?
— Sí.
— Vaya con ellas.
— ¡No, no quiero coser! ¿E Internet? ¿No tienen internet?
— No.
— Me lo imaginaba. Dios mío, aquí arriba me voy a morir. Quiero suicidarme.
— Me temo que tampoco podrá hacer eso.
— ¿Pero no ve usted que esto es injusto? No estoy bautizado siquiera. Mento muchas veces al señor en vano. Estoy a favor de los matrimonios homosexuales y creo en las iglesias como monumentos artísticos.
— Espere aquí un segundo, veré que puedo hacer.
— De acuerdo. ¿Va a llamarle?
— No. Voy a darle a usted algo.
— ¿El qué?
— ...
— ¿Eh?
— ...
— ¿Qué es eso?
— ...
— Oiga, ¿qué es eso?
— ...
— ¿Qué hace?
— ...
— ¿Qué va a hacerme?
— Relájese.
— ¡Noooooo! Me duele. Me dan miedo las agujas. ¡Suéltenme!
— Tranquilo. ¿Ve? Así mucho mejor.
— ¡Suélteme!
— Shhhh...
— Suelte... su-su-su, suelte, su... Tengo sueño...
— Descanse. Eso es. Duerma...
— Su...
Imagen: Rai Robledo
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miércoles, 15 de septiembre de 2010
Arrivals
Publicado por Anónimo en 0:24 1 comentarios
Etiquetas: Ficción, José Miguel Sánchez, Lo divino, Relato Corto
jueves, 10 de junio de 2010
Zombies
— Oye, si yo me muriera, ¿qué sería lo último que me dirías?
— ¿Lo último?
— Sí, lo último, antes de dejar los ojos en blanco.
— Pues no lo sé. Supongo que te pediría la clave de tu tarjeta de crédito.
— ¿Me robarías estando muerto?
— No, hombre. Sólo para los gastos mortales. Ya sabes, ataúd, escavadoras...
— Yo quiero que me incineren.
— ¿Incinerar? ¿Pero tú estás loco? ¡Lo mejor de la muerte es poder ser un zombie!
— ¿Un zombie? Los zombies no existen.
— Ay que no. Claro que existen.
— ¿Y son creyentes?
— No lo sé. La verdad es que nadie se lo ha planteado nunca. Supongo que están enterrados, pero todavía no han subido al cielo.
— ¿Miedo a volar?
— Puede ser. O quizá estén en la lista de espera. Ya sabes cómo va la sanidad en este país.
— Un desastre. Pobres. ¿Crees que algún día irán al cielo?
— No lo sé. La verdad es que suelen ir demasiado sucios y... Ya sabes, en el cielo no te dejan entrar con cualquier cosa. A mi abuelo lo mandaron a casa por llevar zapatillas. Y aquí sigue, con 95 años.
— Qué hijos de puta.
— Son esferas distintas. Nunca llegaremos allí. Un cuarto de 30 metros cuadrados en el Infierno, y gracias. ¿Quién puede costearse un viaje al cielo? Los precios están por las nubes.
— Por eso muchos prefieren ser zombies y apañárselas, claro. La cosa ahí arriba debe estar saturada.
— Cuando no te queda otra cosa es lo mejor. Ir al infierno es como ir a Benidorm, hace demasiado calor como para aguantarlo. Así que una cosa intermedia suele ser la única solución.
— Está jodido con esto de la crisis.
— Y tanto. Pero bueno, todavía nos queda mucho hasta entonces. Por el momento, dime, ¿estás seguro de que quieres ser incinerado?
— Por supuesto. Visto lo visto es la opción más barata.
— Tienes razón.
Imagen: Felgab
Publicado por Anónimo en 1:47 0 comentarios
Etiquetas: Ficción, José Miguel Sánchez, Lo divino, Relato Corto
sábado, 17 de abril de 2010
Muerte divina
— Cada día le temo más a la muerte.
— Yo también...
— ¿Crees que la inventó Dios?
— Me imagino que sí.
— Es de suponer. Imagínate que todos tuviésemos el don de la vida eterna. Dios ya no molaría tanto...
— Bien es cierto que no.
— Él está por encima de todo eso. Es el ateo supremo y no cree en ningún dios.
— Qué magnífico es.
— Gracias a la muerte tenemos una vida llena de ambiciones. Sin embargo, Él construyó todo en unos pocos días y desde entonces, seguro que su vida es un peñazo.
— A no ser que tenga televisión por cable.
— Claro, a no ser que tenga televisión por cable. Piensa también que es posible que sea la única persona en el mundo capaz de haber visto jugar a Pelé, Maradona, Di Stefano y Messi.
— Es verdad.
— Pero, aparte de eso, Dios debe aburrirse sobremanera, ¿no te parece?
— Ya lo creo.
— Así que debemos admirar su esfuerzo y justicia. Ni el comunismo ni el capitalismo han demostrado ser sistemas más igualitarios que la muerte.
— A Dios debemos el don de la mortalidad.
— Así es. No quiso hacer de nuestras vidas monólogos tediosos y aburridos. Gracias a él tenemos la oportunidad de morir. ¡Alabado sea el Señor!
— ¡Alabado sea!
Imagen: Divka Rojic
— Yo también...
— ¿Crees que la inventó Dios?
— Me imagino que sí.
— Es de suponer. Imagínate que todos tuviésemos el don de la vida eterna. Dios ya no molaría tanto...
— Bien es cierto que no.
— Él está por encima de todo eso. Es el ateo supremo y no cree en ningún dios.
— Qué magnífico es.
— Gracias a la muerte tenemos una vida llena de ambiciones. Sin embargo, Él construyó todo en unos pocos días y desde entonces, seguro que su vida es un peñazo.
— A no ser que tenga televisión por cable.
— Claro, a no ser que tenga televisión por cable. Piensa también que es posible que sea la única persona en el mundo capaz de haber visto jugar a Pelé, Maradona, Di Stefano y Messi.
— Es verdad.
— Pero, aparte de eso, Dios debe aburrirse sobremanera, ¿no te parece?
— Ya lo creo.
— Así que debemos admirar su esfuerzo y justicia. Ni el comunismo ni el capitalismo han demostrado ser sistemas más igualitarios que la muerte.
— A Dios debemos el don de la mortalidad.
— Así es. No quiso hacer de nuestras vidas monólogos tediosos y aburridos. Gracias a él tenemos la oportunidad de morir. ¡Alabado sea el Señor!
— ¡Alabado sea!
Imagen: Divka Rojic
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Etiquetas: Ficción, José Miguel Sánchez, Lo divino, Reflexiones, Relato Corto
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