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viernes, 24 de septiembre de 2010

Otoño

miércoles, 23 de junio de 2010

Catedral


Hay libros que te descubren cosas que antes no sabías. Son los que sorprenden por el nuevo conocimiento que te aportan. Luego, hay otros que te descubren cosas que ya sabes pero que están escondidas. Son libros como Catedral.


Qué místico, diréis. Pero no es, en teoría, una de esas guías de autoayuda. De hecho, es casi todo lo contrario. En sus relatos se encuentran a hombres (en el sentido genérico de la palabra. Evidentemente hay hombres y mujeres, pero parece que ahora se debe especificar todo) que andan perdidos por la vida. A veces encuentran solución, a veces no, y otras veces no importa.

Carver, su autor, tampoco resuelve el misterio de la vida, pero al menos lo describe bien. Siempre he dicho que si te lees sus cuentos de una tacada te vas a tirar por la ventana. Muchos de sus protagonistas son alcoholicos o tienen enfermedades o están sufriendo o se acaban de separar o están viendo como se desmorona su matrimonio o un largo etcétera. Es una lectura dura, como a veces lo es la vida, pero se aprecia.

Lo mejor en Carver es que notas que te respeta. Sus historias no están protagonizadas por arqueólogos que funcionan a ritmo de latigazo o investigadores que descubren sectas a través de cuadros. Lo terrible de sus cuentos es que son posibles en nuestro día a día. Casi siempre están movidos por hechos insustanciales.

En un relato, por ejemplo, una pareja se acaba de divorciar y al ex marido, que vive en su piso de soltero, su ex mujer le tiene que quitar un tapón de cera que se le ha hecho en la oreja. En Parece una tontería, un niño se queda en coma por un accidente el día de su cumpleaños, y el pastelero al que su madre había encargado el pastel les acosa para que lo vayan a buscar. Otro es el llamado Catedral en que un ciego cambia a través de una experiencia la forma de ver a un vidente.

Y todo narrado con un tono menor, lánguido y con poca explicación. Lo que causa el malestar en sus historias son las situaciones que sabe crear. Pero es un malestar insaciable, que invita a leer. Y cuando el cuento se acaba, las puertas no se cierra, sino que llega lo verdadero. Llega la vida, que es una extensión de sus relatos. ¿O era al revés?

lunes, 17 de mayo de 2010

Un hombre y el blues

Esta es la historia de un chiquillo de Luisiana. Nació en el 36, en plena época de la segregación, y creció en las calles de un pequeño pueblo de aquel estado sureño. Se llamaba Buddy Guy y su nombre a entrado por la puerta grande en la historia de la negra.

Con trece años, Buddy se construyó su guitarra con lo que tenía más a mano y lo único que se podía permitir: un palo de madera y unas cuerdas de una tela mosquitera que encontró cerca de su casa. No perseguía ninguna vocación musical ni económica, simplemente, pasárselo bien y emular a sus ídolos: Muddy Waters, John Lee Hooker y compañía.

Tres años después su padre invirtió parte de sus ahorros en una guitarra acústica. El joven guitarrista siguió practicando hasta que en 1957 se trasladó al norte. El destino, Chicago, ciudad que acogía a las grandes manos del blues, donde se encontró con la bestia viviente más grande que haya practicado este género: B.B. King. Este sí que se merece ser el Rey, y no como otros.

Allí nació una leyenda que todavía colea hasta nuestros días. Ha colaborado con músicos como Eric Clapton, Jeff Beck, Mark Knopfler...Su intervención en el documental que Scorsese grabó de los Rolling Stones le volvió a meter en primera línea y aquel mismo año sacó un disco titulado Skin Deep.

Aquel chico que se fabricó su guitarra regenta ahora el club de blues más famoso de Chicago. Cuando no está de gira, se le puede encontrar apoyado en su barra, porque es allí donde se vive la auténtica música.


viernes, 19 de febrero de 2010

En el Olimpo del arte

Mirándonos nos espera, tumbada pacientemente en su diván cubierto por sábanas incólumes, brillando con luz penetrante. El aire es gélido, casi fantasmal. En segundo plano una negra ofrece unas flores abiertas, frescas, de primaveral alegría y, a su lado, a los pies de la cama, a un gato negro se le eriza la cola, como en una sugerente metáfora.

Junto al felino, una elegante zapatilla caída como por descuido marca el principio de unas piernas lechales, jóvenes, turgentes que se alargan hasta su mano izquierda, que se aferra como una inexpugnable cerradura en su más tierno secreto.

El torso al aire y el pelo recogido. Nos espera vestida solo por joyas y maquillaje, ese maquillaje ostentador en las obras de arte que destaca Baudelaire. La cabellera tocada por una orquídea rosa y dos perlas, una blanca en el cuello, atada con una tira negra de cuero, y una negra que cuelga de un brazalete dorado en su muñeca derecha.

La sala es pequeña, con las paredes oscuras y cálidas y unas cortinas de terciopelo verde que enmarcan la escena. Simple y sencilla, esta obra de arte reposa colgada en la pared de una antigua estación y se muestra generosa a los millones de visitantes del museo. Olympia, se llama. Encantados, igualmente. ¿Su padre? Édouard Manet.

Ahora es casi una institución, la encontramos en todos lados: en tazas, pósters, imanes, puzles, camisetas...Pero hubo un momento en que causó una revolución en los cánones del arte. Nunca ningún desnudo se había presentado con aquella brutal sinceridad a los espectadores. La modelo era una prostituta y eso no se esconde en el cuadro, aunque tampoco hacía falta, en el París de la época no eran necesarias las presentaciones.

Rompió los esquemas pictóricos y las normas académicas, no sólo impactó al hipócrita burgués, sino que su realismo descarado y elementos hasta aquel momento prohibidos, como poner a una negra delante de un fondo negro, pusieron los pelos de punta a más de un decente profesor de pintura.

Ahora se enseña en las academias y se la honra como a un ídolo pagano, pero en su día fue vituperada e incluso víctima de ataques físicos. La calificaron de “mujer gorila” o “la mujer de picos saliendo del baño”, hasta que monstruos de la talla del citado Baudelaire o el escritor Émile Zola la defendieron a muerte y le dieron la talla que se merece.

No es nada raro en la historia esta ascensión de los infiernos hasta los cielos de la cultura de masas, por algo los dadaístas le pintaron el bigote a la Mona Lisa. Primero se critica lo más nuevo, el genio desbordante e intuitivo; luego se le aplaude, se le venera y se copia.

Pero quedémonos con ella, que por eso está allí aposentada, jugando con el tiempo, que para nosotros pasa pero que para ella queda. Sincera, directa, limpia. Así es Olympia y así nos espera.


domingo, 10 de enero de 2010

¡Qué mundo tan extraño!

En un cine viejo y vetusto del barrio latino de París echaron ayer una brillante película. La Filmothèque du Quartier Latin se encuentra en una pequeña calle en la que hay otras dos salas más especializadas en ciclos y reposiciones.


Ayer tocaba Blue velvet (David Lynch, 1986). Se proyectaba en una de las dos salas del cine, la llamada salle Audrey, a la que se accedía por un sinuoso y estrecho pasillo. Con capacidad para 66 personas y decorada de terciopelo azul, irónica coincidencia, se convirtió en el marco ideal para contemplar esta obra maestra.

Porque me quedé pasmado. Me esperaba una locura más del tipo Mulholland Drive o Inland Empire, pero no. No tiene cortes temporales y se puede seguir perfectamente sin romperse la cabeza buscando si en la película es ayer, hoy o mañana. Pero esto no le resta atractivo, y la locura viene por otro lado: la historia.

En resumidas cuentas, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven de una ciudad provinciana de EE.UU. encuentra una oreja cuando vuelve del hospital de ver a su padre. La lleva a la policía, que le intenta apartar del caso, pero él conoce a la hija del detective, Sandy Williams (Laura Dern), que le da una pista: Dorothy Vallens (Isabella Rosellini), una cantante de un bar de noche especializada en la canción Blue Velvet.

Una frase nos conduce de lleno a la trama. Sandy le pide, intrigada, a Jeffrey: Todavía no sé si eres curioso o vicioso. Después de eso, Jeffrey entra en casa de Dorothy y, antes de que le descubran, se tiene que esconder en el armario, desde el que ve algo que le marcará. Lynch nos hace voyeurs, como al pobre e inocente Jeffrey. Somos testigos de un acto macabro y violento, de la entrada en un mundo oscuro, bajo, salvaje e inhumano. Pero nosotros lo hemos querido, como el protagonista, y tenemos que asumir las consecuencias hasta el final.

A partir de aquí, Jeffrey se encuentra arrollado por una intriga y dos mujeres. Sandy, rubia, y Dorothy, morena. La rubia representa el mundo angelical, bello, relajante, del amor; la morena es lo oscuro, el vicio, la perversión, la locura. Dos mundos en aparente opuestos, pero no dejan de ser dos caras de la misma moneda. No hay tal oposición, las dos son una misma persona, pero que proyectan colores distintos.

Sólo esta historia ya es interesante y nos ofrece un buen argumento para disfrutar. Pero los genios destacan, y Lynch sabe aportar las dosis necesarias de humor. El humor es vital en esta película. Situaciones absurdas y diálogos hilarantes se encadenan a las escenas más bestias y retorcidas. Es impresionante cuando en el clímax de una película, negra como ésta, el director consigue que toda la sala se parta de risa.

Si a esto le añades unas actuaciones destacables (el malo de la película, interpretado por Dennis Hopper, es increíble) y la música de Angelo Badalamenti, te encuentras que tienes una de las mejores películas de la historia.

Para más información: CinemaScope

sábado, 14 de noviembre de 2009

¿Dónde están?

A veces descubres que sentimientos tan finos y abstractos como el amor, la amistad o la belleza son impresiones que se cazan al vuelo y se guardan en el corazón con una rapidez desconocida. El odio, también.


Odio las excursiones, odio a la gente que va en masa, odio tener que pagar ocho euros (con reducción de estudiante incluida) para sufrir una brillante exposición de pintura flamenca del siglo XVII rodeado de gente salida de una autocar del inserso o parejas con recién nacidos (¿por qué permiten entrar en los museos con cochecitos? molestan a la gente y los propios padres no pueden disfrutar), odio a la solitaria mujer del pelo naranja y gafas de pasta morada que tiene que ponerse a un palmo de un cuadro, odio tener un segurata a cada paso que me vaya ordenando que avance, odio que pongan los cuadros a dos palmos del suelo. Y, ya por último, odio que te pongan un cuadro de Vermeer en el cartel de la exposición y sea el único que haya de él.

Dejando de lado mi mal humor, he disfrutado como un enano en la exposición. Es uno de mis periodos favoritos en pintura. Las escenas costumbristas, la tenue luz que los holandeses dominan magistralmente, los retratos de los burgueses, son totalmente distintas de cualquier otro momento. Fue el momento en el que los Países Bajos se independizaron (1589) de la monarquía castellana y el protestantismo se hizo fuerte. Por eso, la iglesia y la nobleza dejaron de ser los mecenas y pasaron a serlo los burgueses. Economistas y hombres de negocios, más aficionados a los números que a la filosofía, supieron apreciar el arte del retrato, de los paisajes y de las escenas de la vida cotidiana.

Destacaban con luz propia, y aquí está el éxito de su pintura, los de Rembrandt. Sin embargo, también se encontraban allí otros maestros especializados en su tema: paisajes navales, momentos de la vida ordinaria y los retratos. El mítico cuadro de Franz Hals (ver imagen) me ha enseñado la diferencia entre ver un cuadro en reproducción o tenerlo justo allí delante. La emoción percibida en la realidad es muy distinta que la que te produce cuando lo ves en el papel.

Y para acabar, un último apunte, un poco macabro e irónico. Se explicaba la diferencia entre las naturalezas muertas y las vanitas. Lo primero es un juego de luces, un estudio sin, a menudo, más intención que la pictórica. Las vanitas, no obstante, forman una composición simbólica con objetos inanimados: una vela que se extingue, libros y calaveras eran los elementos principales. En ellas se exprimía la idea de la fugacidad de la vida y la vacuidad del conocimiento (tan de moda en aquella época, no hay que olvidar la literatura española y sus populares carpe diem y ¿ubi sunt?). Me pregunto, pues, que sentían aquellos señores compañeros de mi visita al ver tan evidente consigna.

martes, 11 de agosto de 2009

Un genio llamado Woodstock

Este fin de semana se celebrarán cuarenta años del festival de Música y Arte de Woodstock, el mayor espectáculo músical de la historia, con más afluencia de público y uno de los mejores en cuanto a intérpretes.

Allí se reunieron los héroes de la rebeldía americana de finales de los 60. Fue el colofón ideal para la década que rompió con todo lo anterior y se dedicó a mirar sólo hacia delante o a su propio ombligo. Esos mismos que ahora reprimen y controlan el mundo protagonizaron la revuelta de Berkeley en el 64, mayo del 68 en Paris, la primavera de Praga, las primeras manifestaciones antifranquistas y disfrutaron de este festival.

El cartel que se presentó nunca se volverá a repetir: The Who, Santana, Jefferson Airplane, Country Joe Mcdonald o los gigantes Joan Baez, Janis Joplin y Jimi Hendrix.

Estos dos últimos murieron al año siguiente, a la edad de 27 años. Fueron unos innovadores en su momento y siguen siendo considerados parte del firmamento musical. En especial, para mí, Jimi Hendrix, que con su guitarra consigue emocionarme día tras día.

La música, el arte que se dirige de lleno al espirítu, se concentró en una granja americana para disfrute de entre 500.000 y 1 millón de personas (no hay ningún dato fiable ni dos artículos que den la misma cifra). Pero aquel festival fue algo más. Fueron los últimos compases de una generación que abrió el camino a todo lo que ha venido después.

Os dejo con una de las mejores versiones de Voodoo Child, la genial canción de Jimi Hendrix.


lunes, 29 de junio de 2009

(Casi) regalan libros

Ya ha llegado el verano y he vuelto otra vez a casa. Sin embargo, no me olvido de los compromisos contraídos. Y bien dije que iba a hablar de las librerías pamplonicas. No por mucho esté fuera de la ciudad me olvido de ella.

Quizá ha sido la librería donde más libros he comprado. Será por su situación, por lo agradable que es estar dentro de ella o porque algunos de sus libros están a 3€. Auzolan es una tienda con carrera en la vieja Pamplona. Desde 1977 que tiene abierto un local en la calle San Gregorio, justo en la entrada de lo viejo viniendo por Pío XII. Además, en 1977 abrieron otro mucho más grande en la calle Tudela, detrás del Osasunbidea.

Pero a mí me gusta la pequeñita. Recién reformado, es un establecimiento de una sola planta y bastante alargado y estrecho, con un amontonamiento de libros que hace que te sientes abarrotado e impaciente para ver los que hay.

La mayoría de libros que ofrece son los típicos del mercado, no obstante, hay varias cosas por las que se debería ir. La primera es porque es un comercio que apoya la cultura vasca y los libros en euskera, de los cuales hay en menor medida que en castellano, pero más que en otras librerías.

Asimismo, como ya he dicho antes, hay un gran surtido de libros de ocasión. Son volúmenes cuidados, ediciones quizá un poco viejas, pero que nada tienen que envidiar a las más caras y modernas. Yo allí he llegado a comprarme desde novelones clásicos a un estudio de tres volúmenes sobre la historia de Catalunya dentro de la España moderna por el imprescindible historiador Pierre Vilar. Diversidad y a buen precio, ¿qué más quieres?

miércoles, 10 de junio de 2009

Cruce de caminos

Año 1989. Nacimos nosotros (los escritores del blog y algunos de los lectores), cayó el muro de Berlín y el Reino Unido todavía estaba gobernado por Thatcher. En aquel país el fenómeno de la inmigración ya estaba asentado, con gran proporción de población de las ex colonias. Parte de ellos paquistaníes.

Este es el marco temporal de uno de los mejores libros que me he leído este año, y de los más intensos que he disfrutado hasta ahora. Se llama "El álbum negro" y se autor es Hanif Kureishi.

La trama es sencilla: la desorientación de un hijo de inmigrantes paquistaníes (Shahid) que vivía en una ciudad provinciana en Inglaterra cuando empieza la universidad en Londres.

El libro te va situando con un tremendo temple en su entorno. Quién es él, cómo es su familia y sus compañeros, la facultad, su pasado...Todo esto con pinceladas, parece como si no lo quisiera decírnoslo de golpe por miedo a que el lector se atragante, y con razón.

El chaval se encuentra pronto con un cruce que no admite vuelta atrás. Tiene que decidir entre integrarse por completo en el grupo islamista del compañero de su cuarto contiguo en la residencia (los peligros de las residencias...) o dar rienda suelta en la relación sexual que le propone una de sus profesoras. Como veis, tiene tela.

La novela se desenvuelve intensamente en el doble juego de Shahid. Entre el lado oculto y oscuro del Londres pijo, con sus fiestas privadas, éxtasis, burgueses izquierdistas y postmodernismo (sic), y el compromiso permanente con el Corán, las mezquitas, la quema de libros herejes y el fundamentalismo islámico.

Además, entre la sucesión de los trepidantes y alocados episodios, podemos encontrar profundas ideas, dejadas allí como perlas, para que el buscador de reflexiones las descubra y las pula a su manera. Temas como la inmigración, el sistema educativo, la religión, el sexo y la pareja, la relatividad de las teorías filosóficas, la identidad en las modernas ciudades, el hedonismo o la libertad de nuestras elecciones están aquí presentes de una forma u otra.

Kureishi no deja del todo clara su respuesta, excepto en el final, que cierra el libro con una clara posición, que te puede gustar o no, pero que muestra toda la valentía de un aguerrido escritor.

Una novela atrevida, provocativa y divertida, que, además, te hace pensar. Os aseguro que satisfacerá los corazones ávidos de emociones fuertes.

jueves, 21 de mayo de 2009

Librerías de Pamplona (1): Arranque fuerte

Comienzo la serie que anuncié el otro día con La librería. Así, en mayúscula. Es digna de las tres R: reconocida, recomendada y reputada. A todo aquel que se haya establecido en esta ciudad y tenga ciertas inquietudes, le habrán hablado de ella. Su fama le persigue y es por ello que no deja indiferente a nadie en cuanto la conoce por primera vez. Se trata de la Librería El Parnasillo.

La visité siguiendo un cierto orden. Tiene dos alturas con la planta en forma de U. La parte superior está formada sólo por los contornos de esa U y la inferior es totalmente rectangular, pero la situación de las estanterías sigue el perfil de esta letra. En el centro hay varios muebles con más libros. Empecé por la parte derecha de la primera planta y reseguí la U hasta el otro extremo, donde me encontré la escalera para subir al nivel superior y continuar la ruta.

Abajo puedes encontrar libros de ciencias de la educación y pedagogía, de filosofía y sociología, de literatura española y extranjera, historia mundial y española, psicología y la sección Navarra. Arriba están temas más variopintos: informática, matemáticas, cine, arte, fotografía, arquitectura, construcción, decoración, agricultura, astronomía y un curioso apartado que se titula "Biblioteca" con libros que te explican cómo encuadernar y fabricar (en el sentido más técnico) un libro y las normas que marca el Estado para las bibliotecas.

Aparte de por la variedad de temas y cantidad de libros, lo que hace buena a esta librería es el ambiente. No sé cómo ni por qué, pero se nota una actitud reverencial hacia los libros que te hace disfrutar y saborear el placer de comprarlos. La luz es cálida pero sin agobiar, el orden cunde pero sin ser metódico y la atmósfera que se respira es de tranquilidad, pero sin caer en el atolondramiento.

Quizá fue por el momento en el que estuve, pero nadie me vino a preguntar nada, aunque había dependientes disponibles. Y eso me parece positivo. Me gusta que me dejen a mi aire. Además, parecían gente maja y agradable, dispuestos a ayudarte.

Una de las pocas cosas reprochables que se pueden encontrar es la falta de libros en euskera. No creo haber visto ninguno. Y en esta ciudad es algo que se agradecería.

Por la diversidad de libros y temas, la calidez del lugar y la apariencia (porque no lo requerí) de un buen servicio, esta librería es recomendable a todos aquellos que gusten de respirar entre libros y merece la pena desviarse de las rutas habituales de Pamplona (almenos de las mías) para visitarla.

Situación: Castillo de Maya, 45

martes, 19 de mayo de 2009

Librerías de Pamplona (0)

Hoy presento mi primera entrada de una serie temática que voy a hacer en este blog. Será sobre librerías de Pamplona.

Me encanta leer. A los libros, además, es de las pocas a las que tengo un especial apego material. Sobre todo si son regalos. Me gusta tener libros, enseñarlos, conservarlos y ordenarlos.

Pero para leer libros es necesario tenerlos. Como quiero que los que disfruto sean míos, me los tengo que comprar (aunque a veces también tiro de biblioteca, que uno es estudiante y no puede ir por ahí como si fuera el Banco de España -aunque ahora con el euro apenas sirva de nada-).

Hay quien va de potes. Yo también claro, que bien dice mi madre que me conozco mejor los bares de Pamplona que el campus, y toda la razón que tiene la mujer. Yo voy, además, de librerías. Aunque no tenga ningún libro que comprar me gusta pasearme por ellas. Uno descubre cosas muy interesantes.

En esta ciudad las hay muchas y de todos tipos (al menos eso me parece a mí, pero ya sabéis, soy de pueblo, o sea que puede ser que me equivoque y en comparación con otras ciudades aquí haya pocas). Las hay temáticas y generalistas, grandes y pequeñas, con libros sólo en castellano o que apuesten por el euskera.

Lo que, ya de ahora lo digo, no hay libros son libros en otra lengua que no sea ni en castellano ni en euskera, te puedes encontrar sorpresas, sí, pero pocas.

No intento hacer ni una guía ni nada parecido, simplemente hablar de algo que me gusta y compartirlo. Aviso también que me niego a hablar de la del Corte Inglés. Aquello no es una librería, sino un sitio donde venden libros. No tiene ni el ambiente, ni el cuidado, ni el amor que se necesita por los libros.

No creo que las conozca todas, pero seguramente, los que me leáis podréis colaborar. Espero compartir con vosotros esta pasión por los libros y que me ayudéis a conocer mejor esta bonita ciudad, la vieja Iruña que nos acoge con generosidad.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cincuenta años sin él

Hoy hace medio siglo que murió el escritor Raymond Thorton Chandler. Fue uno de los precursores de la novela negra y el creador del conocido y admirado detective Phillip Marlowe. Este investigador es el protagonista de casi todos sus libros. Es un personaje oscuro y duro, envuelto por un halo de misterio que le confiere una apariencia de cínico empedernido, cuando en realidad es el único que se mueve por valores que no sea nel dinero o la corrupción en las calles de San Francisco por las que discurren sus pesquisas. Sin embargo, cumple con alguno de los esteorotipos de los detectives de los años 40 y 50: es solitario, no se casa con nadie, le gusta el alcohol y tiene un pasado desconocido que a veces le acecha y le persigue.


Lo más característico de las novelas de Chandler son la importancia del relato y los diálogos. Presenta historias sórdidas, de los bajos fondos de California, esto es, lugares por donde se mueve la mafia, el crimen, la prostitución, la pobreza y la ruina del sistema capitalista. Los diálogos son de una rapidez y originalidad vibrante, son fluidos, irónicos y provocativos. Desgraciadamente, sólo he podido leerme uno de sus libros, Playback, del que me aprendí un diálogo entre Marlowe y una secretaria que llevaba medias de Chanel. Pero aún no me he encontrado ninguna secretaria con medias de Chanel.

Siempre es un placer leer un libro en que el misterio y la acción sean las notas sonantes, pero pocos han conseguido trazarlo de una forma tan ejemplar.

" Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quién lo supiera. Era todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares. " (El sueño eterno)



martes, 17 de marzo de 2009

El tren de la muerte

La ejecución del crimen perfecto. Esta es la premisa de la que parte Extraños en un tren, de la reina de la novela negra: Patricia Highsmith. Dos desconocidos se encuentran en un tren. Dos caracteres radicalmente opuestos unidos por el azar.

La brillante escritora entra en la mente de sus personajes como si fueran de cristal y analiza las causas y consecuencias de la mortífera relación que se establece entre los dos personajes. Sin embargo, en ningún momento descuida la caracterización de los secundarios. Todo esto narrado con un pulso incombustible. La acción va progresando con el ritmo adecuado formando un embudo que te atrae inexorablemente hacia el final de la novela.

Las reflexiones sobre la muerte, el asesinato, el poder, las relaciones amorosas y la sociedad se entrelazan perfectamente en una historia en la que se puede decir que está todo lo necesario: ni falta ni sobra nada, todo está perfectamente compuesto.

"Eso era. Había puesto fin a una vida. Pero nadie sabía qué era la vida, todo el mundo la defendía, era lo más valioso, pero él había arrebatado una. Aquella noche había tenido noción del peligro, de que le dolían las manos, del temor a que ella hiciese ruido, pero en el instante de sentir que la vida se le escapaba a la víctima, todo lo demás se había borrado y sólo le había quedado la realidad, la misteriosa realidad de lo que estaba haciendo, el misterio y el milagro de poner fin a una vida. La gente hablaba del misterio de nacer, del principio de la vida. ¡Pero eso era muy fácil de explicar! ¡De la unión de dos células embrionarias! Pero ¿y el misterio de poner fin a una vida? ¿Bastaba con apretar el cuello para que una vida se interrumpiera? Bien mirado ¿qué era la vida? ¿Qué sintió xxx después de soltarle la garganta? ¿Dónde estaba? No, él no creía en una vida más allá de la muerte. xxxx Había dejado de ser, y justamente eso era el milagro ¡Oh, sí, podría decir muchas cosas si le entrevistaban los periodistas!"

domingo, 1 de marzo de 2009

"Ante aquel culo, ¿quién iba a pensar en batallas?"

Se ha muerto Pepe Rubianes. Al actor y director galaico-catalán, como se definía él mismo en sus monólogos, se le diagnosticó un cáncer de pulmón en abril del año pasado y hoy ha muerto en su casa de Barcelona.

Rubianes se hizo famoso por unas actuaciones sarcásticas e irónicas, un lenguaje lleno de palabrotas y expresiones duras y un éxito nunca exento de polémica.

Entre esas polémicas, la última ocurrió debido a una entrevista ofrecido en el programa El Club de TV3, donde fue preguntado por la unidad de España y dijo que a él "España le suda la polla por delante y por detrás". Estas declaraciones le causaron una querella y la acusación de la fiscalía del Estado. Poco después, el caso fue archivado, aunque en junio del año pasado la Audiencia de Barcelona ordenó un juicio oral.

Es un gran pesar no poder volver a ver a este increíble monologuista encima de los escenarios. Para mí siempre ha sido el mejor cómico en castellano y uno de los pocos a los que he tenido la suerte de ver en directo. Disfrutad con él:





Más videos: Sobre el matrimonio, Mímica.

lunes, 26 de enero de 2009

Aprendre

Ahora que estamos en esta época caótica, sufridora, de noches largas y oscuras, negras como el café que nos tenemos que tomar para aguantar estos raticos que nos faltan para acabar de repasar a última hora; ahora que nos dicen que es el momento en que tenemos que instruirnos, que nos tenemos que labrar el futuro; ahora que dependemos de una nota para poder pasar un tranquilo verano o un mejor curso; en este momento, es cuando me vuelvo vago. He tenido cuatro meses para hacer cualquier otra cosa. Sin embargo, ahora es cuando me apetece leer el libro que no puedo, salir a dar la vuelta que no he dado, dormir los ratos que he perdido, ver las películas que tengo desde hace meses o escucharme los discos y canciones que no he podido.

Aunque a veces caigo en la tentación. Por un rato de descanso no pasa nada, me digo. Y los ratos se vuelven horas. En uno de esos descansos me escuché una canción que merece tiempo y reflexión. Se llama Aprendre (aprender) y es de otro genio empordanès: Lluís Llach. Pero no se trata de un aprender mecánico o teórico, sino de un aprender vital, tierno, amable.

Un aprender constante. Para no olvidar quiénes somos, primero hay que aprenderlo. Día a día, hay que observar, estudiar, criticar para mejorar. Esto es lo que de verdad hay que aprender. Como bien dice él: "aprender es un oficio extraordinario que nunca se acaba". Este señor tiene la virtud de vertir en palabras lo que los otros sólo intuimos.

El vídeo es del concierto de su despedida, en Verges (Baix Empordà). Antes de la canción, alaba a los espontáneos que suben al escenario para reclamar la libertad de una anarquista en prisión. Transcribo la magnífica letra en catalán e intentaré traducirla abocando en la medida en que pueda el significado en castellano.



Aprendre
que res no acaba si dintre meu abans no acaba,
que el sol no es pon sense tornada si en el teu cor esclata l’alba.
Aprendre que l’esperança és mentida si no hi ha cada dia un esforç pel nou demà.
Aprendre a estimar-se la vida quan la vida fa mal.

Aprendre
que si un infant mata la meva mà no és massa estranya,
que n’és, de trist, si un infant mata! enllà i aquí mor la tendresa.
Aprendre que potser aquesta tristesa és només un refugi per no dir-se a un mateix
que és tant més trist, perquè és tan necessari, és tant més trist.

Aprendre
a estimar-se la vida
i que res no acaba si tu no vols,
que el sol no és pon sense tornada
si l'alba és el teu cor.

Aprendre
que en certesa, res no tinc si no m’ho dónes.
A fer que el cor sempre es commogui pel fràgil gest de la bellesa.
Aprendre que sóc només si existeixes i és aquesta mesura la que vull i em defineix.
Aprendre per saber-se desprendre, vet aquí el vell secret.

Aprendre...


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Aprender
que nada termina si antes no termina dentro de mí;
que el sol no se pone sin regreso, si en tu corazón estalla el amanecer;
aprender que la esperanza es mentira si no hay todos los días
el esfuerzo por un nuevo mañana;
aprender a querer la vida, cuando la vida hace daño.

Aprender
que si un niño mata mi mano no es del todo extraña;
¡qué tristo es si un niño mata! allí y aquí, muere la ternura.
Aprender que quizá esta tristeza es tan solo un refugio para no decirse así mismo
que es tan triste porque es tan necesario, es tanto más triste.

Aprender
a querer la vida
y que nada termina si tu no quieres;
que el sol no se pone sin retorno
si el alba es tu corazón.

Aprender
que con certeza, nada tengo si tu no me lo das
a conseguir que el corazón siempre se conmueva por el frágil gesto de la belleza.
Aprender que soy sólo si existes, y esta es la medida que quiero y me define.
Aprender para saber desprenderse, he aquí el viejo secreto.

Aprender...


viernes, 12 de diciembre de 2008

La universalidad del Arte

Hace poco me regalaron un magnífico libro. Se trata de las Poesías Completas de Antonio Machado. Lo edita Espasa, una empresa de prestigio reconocido y vastas colecciones repletas de buenos autores. Este en concreto, como su propio título indica, contiene t0das las poesías publicadas de Machado, además de un comentario crítico al inicio y una guía de lectura al final.

En este comentario del principio se habla varias veces de "nuestro poeta". Podría ser que el sentido del sintagma fuera referirse al poeta que se está tratando en el libro, por eso es "nuestro". Sin embargo, no sé por qué me da la impresión que cuando se refiere con esas palabras a Machado lo que está haciendo es tomándolo en propiedad, es decir, con ello se refiere al poeta español o, más ampliamente, al poeta que escribe en castellano. Pero, ¿realmente tenemos derecho a enjaularlo de esta manera?

Yo creo que el arte es algo universal. Todo el mundo tiene que tener acceso a él, en cualquiera de sus manifestaciones, en la medida de lo posible. Por lo tanto, considero que estas reduccionistas denominaciones pervierten el sentido de su obra. A Machado lo puede leer quien tenga la oportunidad, porque es un genio, y los genios hablan al mundo, a todos, sin diferencias de clase, sexo, color, nacimiento...Porque se refieren a lo más profundo de cada uno, y en esto el hombre no entiende de diferencias.


Algunos de los que tengáis la suerte o la desgracia de conocerme pensareis que seguramente digo esto de Machado porque es español, que si fuera catalán no lo diría, es más lo aplaudiría y sería el primero en recordar su proveniencia. Y seguramente alguna vez lo habré hecho.
No obstante, aquí dejo escrito esto, y me lo podéis retraer cuando queráis: el arte (si realmente es arte) no entiende de fronteras, ni de banderas, ni de colores; es de todos y para todos.

Admiro profundamente a la gente que hace lo posible para que esto se cumpla. Por ejemplo, el fructífero escritor Alberto Vázquez-Figueroa cuelga todos los libros que publica en internet. Me gustaría saber si algunos de los que hacen ahora lo mismo y llegan a tener éxito lo seguirán haciendo.

El sábado pasado fui a Donostia, además del genial día del que disfruté, vi en una plaza una señora que cosía bonitos tapices. En un cartelito encima de un bote con monedas ponía: "No vendo mis obras, son para todo el mundo". Me encantó aquella frase. Y dejé lo que tenía en el bolsillo en el bote. (Para los que tengáis la suerte o la desgracia de conocerme: os puedo asegurar que es cierto, y que lo que tenía en el bolsillo eran monedas).

sábado, 15 de noviembre de 2008

El sueño de la razón produce ángeles

Los que sabemos castellano tenemos la suerte de poder leer a uno de los mejores poetas de la Historia: Antonio Machado. Sus versos nos conducen a estados reflexivos que otros escritores no consiguen. Al menos a mí.

Hace poco descubrí uno de sus cantares, o quizá lo redescubrí, porque ya lo conocía antes, y ahora lo entiendo: "Tras el vivir y el soñar,/está lo que más importa:/despertar".

Primero hay el vivir, sentir la experiencia, lo sensible. Aquello que estamos haciendo en este momento determinado es el vivir, todo es vivir, porque estamos viviendo siempre, hasta que nos muramos. Pero eso es algo tan común que quizá no nos damos cuenta del todo de que estamos viviendo.

Luego está el soñar, cuando creemos que no vivimos y esperamos vivir aquello que más profundamente deseamos, sea lo que sea. Soñamos mientras vivimos y soñamos que estamos viviendo algo que no tenemos es ese momento. Es el ojalá, la ilusión, algo que es necesario y bonito de sentir, pero que no nos llena.

Después de esto viene lo mejor: despertar. Darse cuenta de que uno ha vivido lo que ha soñado. En este momento se ilumina algo dentro de nuestros corazones o en lo más profundo de nuestra mente, que traza una línea entre el vivir y el soñar y los une, los complementa, los funde en una sola cosa. Y uno abre los ojos, sonríe y sabe que está viviendo, soñando y despertándose a la vez.

(I em faré au si tu ets el vent
o seré proa de vaixell
si tu ets la dansa de les ones.
Lluís Llach)

sábado, 25 de octubre de 2008

Dormir en la sala de espera de la vida


Ayer vi un trozo de una película muy interesante, Waking life. Se trata de un filme de animación totalmente fuera de lo común. Hasta el momento no había visto nada igual.

Como era por la noche y estaba cansado no lo terminé, pero vi lo suficiente (una hora) como para hacerme una idea de su argumento: no tiene. O, al menos, no muy claro. Por el momento se trata de un cúmulo de conversaciones acerca cuestiones filosóficas sin una aparente unión entre sí, pero todas ellas muy interesantes.

Los temas tratados son diversos y expuestos en fragmentos de tiempo relativamente cortos. Uno de los que más me interesa es el de la identidad. En la película se reflexiona varias veces acerca de ella. En un momento, por ejemplo, dos mujeres están hablando y una saca la conclusión de que "lo curioso es que nuestras células se regeneran por completo cada siete años. Hemos cambiado una y otra vez. Pero, aún y todo, nuestra esencia es la misma."

Este punto siempre me ha fascinado, ¿cómo se conjugan el cambio y la permanencia en nuestro ser para que podamos decir que siempre es el mismo?

Si esto de las células es cierto ni nuestro cuerpo es nuestro, está continuamente sujeto a modificaciones. Esto se comprueba fácilmente: cuando uno mira una foto de cuando es recién nacido sabe que es él porque su madre se lo dice. Es más, todos los días somos un poco diferentes al anterior, así crecemos, cambiamos, adelgazamos o engordamos, etc.

Y, ¿qué me decís de lo íntimo?, ¿cuántas veces no hemos cambiado de opinión a lo largo de nuestra vida?, ¿cuántos cambios de comportamiento y de actitud hemos experimentado? Seguramente algo que ahora nos parece fantástico hace cuatro días lo odiábamos y viceversa, y decisiones que ahora tomamos el año pasado ni nos hubiéramos atrevido.

Así pues, ¿realmente hay un yo inmutable y permanente que conforma nuestra esencia o, por el contrario, todo es cambio y no tenemos identidad sino un cúmulo de comportamientos, actitudes y experiencias?


Me encanta plantearme estas dudas y pensar acerca de ellas, pero tampoco puedo estar seguro de si necesito que se me respondan. Quizá podré vivir toda la vida con la incertidumbre en el corazón, sin necesidad de aferrarme a dogmas de la razón.

viernes, 15 de agosto de 2008

Alguien voló sobre el nido del cuco

Acabo de acabarme un magnífico libro. Alguien voló sobre el nido del cuco, se llama. No sé si conoceréis el libro, o la película, o la peli y el libro. El caso es que se trata de una obra muy buena e interesante.

El escritor,
Ken Kesey, fue, según wikipedia, esa biblia de la modernidad que ha eliminado del panorama a las viejas y pesadas enciclopedias de papel (sí, no es un mito, existen, y encima se pueden leer), una cobaya humana. Ese calificativo no le vino a causa de su aspecto físico, si no debido a su gusto por el LSD y a que se dejara hacer experimentos con esta sustancia. Todo sea por amor a la ciencia.

La novela de la que hablaba antes se centra básicamente en un manicomio, y lo que les acontece a los cuarenta locos que viven allí junto con las enfermeras de turno y unos negros que hacen de guardianes. La tensión del libro es la constante lucha entre los pacientes y la autoridad impuesta (representada por la Gran Enfermera, que domina férreamente todo el centro). En otras palabras, la batalla entre la Libertad contra lo coercitivo, llamado de manera muy aguda por el protagonista como el Tinglado. Esta antediluviana guerra se nivela a favor de los locos gracias a la entrada de un joven y provocador psicópata.

Uno de los temas que más me atrae de los que trata Kesey es el de la locura. Los pacientes del centro se muestran más cuerdos, sensatos, coherentes y sinceros que sus cuidadores, en cambio son ellos los que sufren el despotismo de la Gran Enfermera para que se puedan curar y así poder volver a vivir en la sociedad, por debajo del Tinglado. No obstante, ellos son seres que, voluntariamente o no, se han revelado contra las reglas de todo ese montaje social hipócrita, y en parte por eso les han dejado de lado, encerrado en un edificio, todos juntos, para que molesten lo menos posible y los ciudadanos de bien, la gente respetable, pueda seguir viviendo tranquila y sin sobresaltos.

Los diálogos y las situaciones que se establecen en la novela son realmente brillantes, por su astucia y humanidad. Se trata de hombres marginados, desplazados, que sufren en la oscuridad de un apartado edificio y a los que nadie presta atención. Simplemente, son locos. Pero, ¿qué es estar loco?, ¿dónde está el límite entre dicha locura y la cordura?, ¿realmente existe este límite? ¿no será que todos estamos locos, pero que unos lo ocultan debajo de una mácula de educación y falsedad y otros no quieren llegar a estos irracionales extremos? ¿quién está más loco, el que esconde sus defectos gracias a la cirugía, o el niño que ha sido despreciado por su gobierno solo porque formaba parte de otra cultura (léase, en este caso, el protagonista)?

Estas son algunas de las preguntas que se me han planteado al leer este excelente libro. Dicen que una buena obra es aquella que consigue, como mínimo, replantearte ciertos puntos de vista. En mi caso lo ha conseguido.

Por último, debo dar las gracias al amigo que me lo recomendó.