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jueves, 16 de septiembre de 2010

De crisis y acrobacias

Los sueldos y los gastos de un sector de la población al que solo el ingenio salva de la ruina.

Se ha hablado mucho en los últimos meses de la lacra social que supone la juventud de hoy día. Términos tremendamente imaginativos como el de “Generación Ni-Ni” (Ni estudio, Ni trabajo), parecen dejar claro que los días de padres orgullosos e hijos bien peinados llegan a su fin. Sin embargo, también es posible que no nos encontremos ante el fin de la sociedad tal y como la conocemos. Muchos aplaudirían hoy aquella cita que decía: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada. Los hijos no respetan ni escuchan ya los consejos de sus mayores. El fin de los tiempos está cerca.” Una frase que parece describir la vida hoy en día, y que se encontró labrada en piedra en Caldeo. Data del 2000 a.C.

Sin embargo, al margen de esta penosa situación y como en casi todas las cosas, encontramos una alternativa. Aquellos que han sido llamados la “Generación No-No” (No estudias, No sales). Estudiantes que han acabado el Bachillerato en su momento, o con un par de años de retraso como mucho. Gente que hizo selectividad y escogió una universidad como la mejor opción de futuro. Son estos jóvenes desapercibidos los que tendrán en un futuro la responsabilidad de sacar a España de una crisis como en la que se encuentra en la actualidad. Y no podría encontrarse a nadie tan preparado para sobrellevar un receso económico.

Precisamente, dentro de este grupo se encuentra el potencial necesario para salir de esta situación y de otras parecidas. Veamos cómo estos actores del panorama nacional son capaces de sobrevivir en situaciones adversas con recursos mínimos.

El alto porcentaje de universitarios que dejan su ciudad para estudiar limita completamente el tutelaje paterno, así como la acostumbrada manutención y respaldo económico. En esta situación, por lo general se concede al estudiante un sueldo mensual, que además servirá, en algunos casos, para pagar el alquiler de un piso, la electricidad, el agua…

Estos sueldos nunca son demasiado amplios, dando fama de grandes ahorradores a quienes lo reciben. Por lo general, después de pagar los gastos de la vivienda, la residencia o el colegio mayor, los estudiantes disponen de una cantidad entre los 70 y los 100 euros para gastos personales.

Bien gestionado, 25 euros por semana no es nada despreciable, teniendo en cuenta que los gastos mínimos (alojamiento y comidas) ya están cubiertos. Pero analicemos ahora como si de una administración gubernamental se tratase, el reparto del dinero.

Supongamos pues que después de las asignaciones al Ministerio de Vivienda, el estudiante/presidente prepara el presupuesto mensual. En numerosos casos se descuenta el impuesto sobre el tabaco, que a razón de 3.30 € cada, digamos, tres días, dan un total de más de 30 € solo en tabaco. Además, los gastos de movilidad aumentan. Son más los estudiantes que se mueven en transporte público que los que lo hacen en vehículo propio. Así pues, asumamos que la movilidad solo es necesaria para los viajes del domicilio al centro de estudios, y que cada viaje consta de un solo transporte, sin trasbordo (observará el lector que todas las aproximaciones se hacen por lo bajo). El abono mensual cuesta 29,50€, y en caso de no poder permitírnoslo (o de realizar menos viajes de los establecidos), el “metrobús” estándar de 9€ y 10 viajes suele ser la segunda opción más cotizada. Basándonos en esto, calculemos al menos 2 vales al mes. El impuesto sobre la movilidad queda entonces sufragado.

El Ministerio de Cultura se limita al cine, puesto que el teatro o algún otro espectáculo que se salga de un mimo asaltando al estudiante en el metro (por lo general, con un coste de 0,20€) queda fuera de las posibilidades del mismo. El cine cuesta, como mínimo, 4.50€ en la ciudad de Madrid. Supongamos ahora que solo dos de las 4 semanas del mes lo dedicaremos a este divertimento.

El impuesto sobre el alcohol también es un dato a tener en cuenta. Un joven suele gastarse entre 15 y 30 euros en una noche festiva media. Supongamos ahora que solo son 15€, y que solo son dos noches al mes las que el estudiante disfruta de este divertimento.

Ahora sumémosle presupuestos extras, como el del Ministerio de Sanidad (productos de higiene y cosméticos, cortes de pelo…), el de Agricultura y Pesca (que a un estudiante le den calabazas o que la interesada pique, dependerá también de cómo de generoso se muestre) o el de Turismo (los viajes a casa no son baratos, así que deben estar limitados en medida de lo posible).

Además, deben sumarse a esto las comidas no programadas, como parte del programa establecido. Tanto si es en la cafetería de la facultad (7€ aprox.) como si es en un restaurante (15€ min.) alguna vez el estudiante se saldrá del programa, probablemente con asiduidad.

Como comprobará el precavido lector que lleve la cuenta, el umbral del pago establecido queda pronto ampliamente superado. Es por esto que el estudiante, lazarillo inquieto e ingenioso, ha desarrollado formas de aumentar su capacidad adquisitiva. Desde la donación de esperma (50 € semanales si se pasa el proceso de selección) hasta las clases particulares (entre 6 y 9 euros la hora), los trabajos sencillos ayudan al estudiante a hacer frente a un porvenir incierto de cuentas al descubierto y números rojos.

Pese a esto, en la gran mayoría de las ocasiones y sin trabajos que valgan, solo el ingenio y el buen hacer se interponen entre nuestro artista y la ira de su paternal mecenas.

domingo, 29 de agosto de 2010

De escalones y porrazos

El mundo es malo por estadística. Haciendo cuentas salen más malos ejemplos, y los buenos se quedan en una proporción casi ínfima. Esto quizá se deba a que para ser un mal ejemplo solo hay que ser un mal tipo una vez, pero para serlo bueno has de permanecer casi sin tacha.

Obedeciendo a la estadística, dudamos de cada persona que se tacha de santurrona. Pero también bajo el cálculo de probabilidades existe un grupo de personas para las que no hay otra definición más que, sencillamente, “buenas”.

Es difícil encontrar un caso así, pero como bien dicen en el sur de España: Haberlos haylos. Apostar por una persona así es arriesgado (hay un motivo por el que “santo” es un título póstumo), pero en esta ocasión, no creo que existan dudas. O al menos, eso piensan los que han conocido al “Langui”.

Juan Manuel Montilla vive en Madrid. Tiene una mujer, dos hijos, una casa, una carrera radiofónica, musical, cinematográfica… y parálisis cerebral.

Fruto de un parto complicado, al cerebro de Juan Manuel le faltó oxígeno durante un período crítico de tiempo. Con los pocos meses, sus padres lo llevaron al médico por que no podía sostener la cabeza y por un bulto extraño en la cadera. El diagnóstico fue claro, y el pronóstico oscuro: Con mucha suerte y mucho ejercicio, quizá evitaría la silla de ruedas.

“A toro pasado”, como dice él, sabe el esfuerzo que realizaron sus padres para no sobreprotegerlo. Era un niño que se caía constantemente, y al que no había que ayudar a levantarse. Mientras se esforzaba por alcanzar el bote de Nesquik de la estantería, el Langui fue entrenando su cuerpo. Cuando entró en el colegio, se echó a futbolista. Quería jugar en Primera División, y asegura que también él marcaba sus goles.

No fue hasta los 14 cuando se corrió el velo, y se encontró sin ilusión. Empezó a sentirse inútil, y cada vez pasaba más tiempo inactivo. Cuando parecía que todo el esfuerzo realizado hasta entonces se iba al traste, uno de sus amigos, Gitano Antón, llevó a su barrio un par de canciones de Hip-Hop.

Y de nuevo, Juan Manuel, Langui, recuperó el control de su vida. Fundó un grupo (La Excepción), sus pinitos en el mundo del cine le dieron dos Goya, y acaba de publicar su libro: “16 escaleras antes de irme a la cama” (Espasa). En él cuenta como es su vida, desde lo anecdótico de haberse comprado una casa en la que tiene que subir 16 escaleras antes de llegar a su habitación. Todo un reto para una persona que se cae 10 veces al día.

sábado, 31 de julio de 2010

De olivas y quebrantos

Yo, como mi madre, tengo la inútil capacidad de recordar todos los aspectos del libro de texto que no entraban en el examen. Por ejemplo, recuerdo un montón de raíces latinas de palabras (incordio, del latín antecordium, tumor que salía delante del pecho de los caballos), la tabla de la dureza (talco, yeso, calcita…) y muchos de los poemas que teníamos para analizar.

Una de las cosas que menos vivamente recuerdo, pero con más frecuencia evoco, es una descripción que Miguel Hernández, hacía de un hombre de campo. No recuerdo los detalles, pero recuerdo que fui incapaz de imaginar al hombre tal y como aparecía descrito.

Hace un par de años, mi padre se hizo cargo de un cortijo de mi abuelo. Una casilla echada abajo, con unas cuantas tierras y algún que otro animalejo.

Esta propiedad se la guardaba a mi abuelo un casero, cortijero de toda la vida, campechano como Juanca de Borbón, y con una cara que encajaba perfectamente en la idea que hacía ya un tiempo, me había transmitido mi Edelvives, Lengua y Literatura.

Santiago lleva toda su vida cuidando la tierra, como su padre antes que él, y como hará su hijo si Dios no media. No es alto, ni bajo, entre calvo y rapadillo, lleva habitualmente una gorra para protegerse de la justiciera colleja del sol. Los ojos, más bien clarillos, se asoman bajo una frente con señales de haberse arrugado mucho. De expresión permanente, una media sonrisa, y siempre que lo veo me da la impresión de que está a punto de decir: “Qué me vas a contar”

De nariz para arriba, tiene una cara que parece narrar generaciones de padres y de hijos que han vivido arrancando de la tierra. Deja entrever un pasado de trabajo duro, de injusticias, de sol, de aceite, de dolor, de aceptación, de levantarse antes que amanezca, de incertidumbres, de fe, de una lucha diaria contra una tierra seca, con la que convivieron en una lucha eterna tantos como él.


Lucha es la palabra, porque conoce a la tierra como a un enemigo con el que se lleva batallando tanto tiempo que se la ha cogido cariño. Pero también como a una vieja amante, a la que sabe tratar con cariño unas veces, con dureza otras… a la que sabe qué le gusta, cómo y donde.

Es capaz de encontrar agua con un palito, palabra. Un don que tenía su padre y tiene su hijo, y que por mucho que lo intento no me sale. Sabe cómo va a ser el viento del año por la posición de los avisperos. Sabe que gallina está empollando, cual poniendo el huevo, cual es clueca y cual ponedora. El año pasado, por primera vez en su vida, se cogió unas vacaciones para irse de viaje con su familia. Y todos los días llamaba para ver cómo iba el cortijo.

Recuerdo que una vez, (y con esto termino,) un tío mío nos dejó su Pona (una poni que le dejó mi padrino en el cuarto de baño de su suite nupcial en la noche de bodas). Nos hicimos cargo de la Pona durante un par de meses, durante los cuales el bicho se escapó cada vez que quiso.

En una de esas, se nos fue de las manos. A mediodía, echó a correr montaña arriba, y la perdimos de vista. Toda la tarde la pasamos en el Mitsubishi, dando saltos por los olivares buscando a nuestro mini equino.

Anochecía ya, y no teníamos ni idea de donde podía andar. Mi padre desistió, aferrándose a la esperanza de que los animales no andan de noche, y podríamos seguir buscando al amanecer. Ya era de noche cuando Santiago nos llamó al móvil.


-Que me ha dicho mi cuñá que sos`a perdío la pona… estoy al lao de Latorrelsol, ahora me acerco si quiés y la busco…


Mi padre se lo agradeció enormemente, pero no tenía mucho sentido


-Mira Santi, que no hace ni falta porque llevámos buscándola toda la tarde, y ya ha anochecido. Además, que el bicho de noche no anda y…


-Bueno, déjame que eche unquesea diez minutitos, y luego ya tiro pa la casa.


A los cuatro minutos y medio volvió a sonar el teléfono de mi padre.


-Antonio, acércate con el coche a la linde de arriba, que ya lancontrao.

jueves, 15 de julio de 2010

De pintxos y becarios

¡Sorpresa!

"Please allow me to introduce myself..." que dijeron los Rolling Stones hace un montón de tiempo. Soy Txenge, apodado Miguel Morales; ex-pamplonica, ex-unaviense y ex-larroniano, como Nil.

Quizá debería empezar presentándome, y explicando cómo he acabado aquí. Hace mucho, mucho tiempo, cuando Obama no era más que un negrillo prometedor y a Rajoy le empezaba a salir bigote, estos dos onomatopéyicos y yo (con algunos secuaces más) ya asaltábamos la cafetería de Fcom, a la zaga de los codiciadísimos pintxos de tortilla con jamón y queso.

Esto, unido a las clases de economía de los viernes a las 8, hermana bastante. Entre eso, el cordoncito de ventana a ventana con mi vecino de enfrente1 y unas pocas cosas más, acabamos acostumbrándonos los unos a los otros.

Sin embargo todo lo bueno se acaba, y pronto se hizo patente que mi genialidad intimidaba sobremanera a mis profesores. No queriendo yo ser causa de incomodidad, me apresuré a abandonar la facultad2.

Sin embargo, seguimos medianamente en contacto, estos dos genios y yo. Y hace un par de semanas, Txemi accedió por fin a mis súplicas y me dejó ser, oficialmente, onomatopeyista en prácticas.

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1. Hoy célebre periodista, recién vuelto del exilio en París.
2. Es mi versión y la mantengo.