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martes, 2 de marzo de 2010

Supervivientes - Tres monos


— ¡Mira, un mono!

— ¿Dónde?

— ¡Ahí ahí, entre los árboles!

— Ten cuidado.

— Ven, monito, ven. Somos tus hermanos los listos.

— Déjalo, es mejor que no le molestes.

— ¿Puedo quedármelo? ¿Puedo?

— No, claro que no puedes.

— Podría ayudarnos. Siempre ayuda tener algo que hacer.

— ¿Pero cómo vas a cogerlo?

— No lo sé, ya pensaríamos algo.

— Piensa ahora.

— Podría darle un plátano. Seguro que eso funciona.

— ¿Tú crees?

— ¡Sí! Y cuando lo hayamos cogido, le llamaré "Metadona".

— Pues vaya un mono...

— Me encantan los monos.

— ¿A qué saben?

— No lo sé. ¿Eso qué importa?

— Sólo preguntaba. Sólo preguntaba...


Imagen: Paqke Lecter

domingo, 14 de febrero de 2010

Supervivientes - Cíclico


— ¿No tienes la sensación de que hay decisiones fundamentales que no pueden esperar? Como si una decisión simple trajera siempre consecuencias complejas.

— Sí. La vida es eso, fundamentalmente.

— Quiero decir. Tú y yo, estamos aquí… pero no lo hemos elegido. Y sin embargo un día decidimos salir a faenar en estas fechas.

— Lo decidimos en su momento y decidido queda. Sabíamos a lo que nos ateníamos. Fuimos unos imprudentes. Sí. Nos apeteció hacerlo y lo hicimos, pero no lo pensamos con cabeza.

— Quizás nos faltó tiempo y perspectiva.

— Siempre es cuestión de perspectiva. La gente cree que el futuro sucederá dentro de diez años, pero se trata del día siguiente.

— No deberíamos haber salido…

— No, no deberíamos haberlo hecho. Pero no podemos martirizarnos por ello. No podemos pensar en lo tranquilos que estaríamos en nuestras casas. Porque tampoco eso sería cierto. En su momento creímos que marcharnos era lo mejor, aunque no lo era.

— Ojalá se pudiera dar marcha atrás en la vida. Rebobinar.

— Y sin embargo no se puede.

— No, no se puede.

— Es difícil saber lo que uno quiere. En aquel momento nos apeteció echarnos a la mar. Y nos apeteció mal. Siempre hay que dejarse llevar por lo que uno siente y descubrir después si es aquello que se necesita.

— Necesitábamos huir por un tiempo. Eso lo recuerdo bien.

— Exacto. Y ahora lo que necesitamos son cosas distintas.

— He llegado al punto en que ni siquiera echo de menos a mi mujer ¿Significa eso que no estaba enamorado?

— No. Significa que en estos momentos no es en tu mujer en quien tienes que ocupar la mente, sino en ti.

— ¿Crees que si un día volvemos, seguiremos enamorados de nuestras mujeres y que ellas sentirán lo mismo?

— No quiero pensar en ello. Ahora estamos aquí. Nuestra vida es la supervivencia.

— Nunca olvidaré a mi mujer.

— Pues deberías hacerlo. Eres otra persona.

— Pero ella me quería tanto...

— Vale ya. No te quería. Precisamente por eso te viniste conmigo.

— No bromees.

— No lo hago.

— …

— Lo siento.



Imagen:
Linda Cronin

jueves, 11 de febrero de 2010

Supervivientes - Relativismo


— Me duelen las piernas. Necesito beber agua y siento como si viviera en un mundo sin gravedad. Llevo días sin comer. Me rugen las tripas y el corte que me hice la semana pasada no termina de cerrarse. Por las noches tengo frío y me dan miedo las serpientes. Nunca he sabido cómo armar un buen fuego. Hace ya varios días que nuestras conversaciones se traducen en monosílabos inexpresivos y que las tormentas monzónicas acaban con el campamento. Necesito afeitarme y darme una ducha. Tengo salitre por todo el cuerpo y ya no sé cómo limpiarme los dientes. La ropa se me desgarra y tengo miedo de que pronto tengamos que andar por aquí desnudos. No veo el modo de salir de esta isla. No veo el modo de acabar con todo esto.

— Pero por lo demás bien, ¿no?

— Sí, sí. Por lo demás bien.



Imagen: Reflejos.it

miércoles, 20 de enero de 2010

Supervivientes - Intimidad



















— ¿Puedo hacerme un refugio? Me gustaría tener un poco de intimidad.

— Tú verás.

— ¿Eso qué quiere decir? ¿Que sí?

— Eso quiere decir que allá tú. Ya eres mayorcito.

— ¿Me estás amenazando?

— ¿Qué? Sólo te he dicho que tú verás lo que haces.

— Pero es un "tú verás" de "atente a las consecuencias".

— No, es un "tú verás" de "haz lo que te dé la gana".

— ¿Pero te molestaría que lo hiciera?

— No.

— ¿De verdad?

— Sí.

— ¿Sí que sí te molestaría o sí que lo dices de verdad?

— Sí que si eso es lo que quieres hacer… adelante.

— No, pero ya no lo estás diciendo de corazón, ahora lo estás diciendo por obligación. Tú no quieres que me vaya.

— No me importa si te vas. Yo tendría más espacio para mí si lo haces.

— Eso lo dices para hacerte el tipo duro. En el fondo quieres estar conmigo y me necesitas.

— No.

— Dices que no para no admitirlo, pero te tengo calado. Te sentirías muy solo sin mí.

— Para nada, encontraría mil formas de distracción.

— No seas así, reconoce que no quieres que me vaya y ya está.

— ¿Quieres que haga eso?

— Es la verdad.

— No, no es la verdad. Vete. Por favor.

— No quiero irme. No quiero irme porque tú lo digas. Los dos tenemos que estar de acuerdo. No quiero irme por obligación.

— Te lo estoy diciendo de corazón. Por favor, vete. Sé que es lo que necesitas hacer.

— No, no quiero irme. Simplemente lo estaba proponiendo.

— ¿Qué? Ni siquiera tú sabes lo que quieres hacer

— Yo no tengo la culpa de eso

— Sí que la tienes. Has sido tú el que ha empezado esta conversación. ¿O no?

— ¡No lo sé!

— Eres una montaña rusa…

— Y tú un estúpido.

— Anda, mira a ver si con esto prende.

— Voy.

— Sopla.

— Ya está.



Imagen: Jorge Custodio

domingo, 17 de enero de 2010

Supervivientes - Aftersun


Habían perdido varios kilos y se tostaban al sol. Con la piel quemada, el uno era moreno y el otro casi rojo. Sudando como obesos, transpiraban sin control. Las cejas se les llenaban de sudor y los pelos del sobaco, mojados, parecían derretirse como los carámbanos. Lejos de cualquier fantasía utópica, aquello no tenía ninguna gracia.


— Este sol me está matando.

— Aclárate. Antes te quejabas de tirarte semanas en alta mar y ahora que por fin puedes descansar te quejas del sol.

— ¿Descansar? Yo echo de menos mi casa…

— No exageres.

— ¿Que no exagere?

— No estamos tan mal.

— No tenemos crema de protección solar, ni tenemos nada.

— Tenemos sitio en la playa. Y sin madrugar.

— Eso es cierto.

— Además, si no te gusta el sol puedes irte a la sombra.

— No es tan fácil.

— Sí que lo es.

— Tengo que venir a la playa, tengo que pescar, tengo que delinear un SOS en la arena…

— Ya estás otra vez exagerando.

— Sólo digo que me gustaría tener por lo menos… no sé, unas gafas de sol.

— ¿Unas gafas de sol? Menuda falta de respeto... La única persona con la que puedo hablar en toda la isla y ni siquiera podría saber si le estoy mirando a los ojos.

— No te pongas así.

— Me pongo como quiero. Si algún día encontramos unas gafas de sol, ni se te ocurra llevarlas dentro del refugio.

— ¿Por qué?

— Porque es de mala educación. No puedes llevar gafas de sol bajo techo a no ser que seas una estrella del rock, alcohólico… o ciego.

— Entonces creo que me voy a morir.

— ¿Cuándo?

— No lo sé, algún día.

— ¿Pronto?

— He dicho que no lo sé.

— ¿Y por qué te vas a morir?

— Cáncer de piel.

— Podría ser peor.

— ¿Peor que la muerte?

— Sí, peor que la muerte.

— No puede haber nada peor que la muerte.

— El granizo.

— ¿El granizo?

— El granizo destruiría el campamento y gran parte del alimento. Los dos moriríamos. De la otra forma nos ahorraríamos un 50% de sufrimiento. O menos, si tu cuerpo no se descompusiese demasiado rápido.

— Tengo miedo a la muerte.

— Nadie teme a la muerte. Tenemos miedo a no estar ahí cuando los demás hablen mal de nosotros.

— Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto.

— ¿Qué? Anda, cállate y dime si ves algo.

— No, nada.


Imagen: Nostuni

miércoles, 13 de enero de 2010

Supervivientes - Wilson


Hacía viento pero no había niños correteando por la arena. Ni había moscas. Sólo un par de hombres escuálidos que intentaban hacer fuego antes de que el sol se escabullera por el horizonte. Tenían muchas horas para hablar y otras muchas para malgastar el tiempo. Beatus Ille a la máxima expresión. Vida rural, campo, naturaleza, libertad, romanticismo. También deshumanización, soledad y pobreza. Un sólo amigo, y gracias.


— Oye, ¿nosotros llevábamos balones de volleyball en el barco?

— Creo que no.

— ¿Y patines para esquiar sobre hielo?

— Tampoco.

— ¡¿Entonces cómo leches vamos a sacarnos una muela si se nos infecta?!

— ¿Qué dices?

— No es ninguna tontería, en serio. ¿Qué pasa si tú te mueres?

— Que tendrías alimento para varias semanas.

— Pero me refiero… ¿qué pasaría si un día de estos me quedara solo?

— Que tendrías que ir a buscarte otros amigos.

— ¿Te imaginas que se estrellara otro barco aquí, lleno de mujeres preciosas?

— No.

— ¿Por qué no? Con nosotros ocurrió algo parecido.

— Nosotros no somos preciosos. Estas cosas sólo le pasan a los pobres desgraciados que no se afeitan. Las mujeres preciosas no tripulan barcos.

— ¿Y si se cayera un avión?

— Nadie sobreviviría.

— Tom Hanks sobrevivió.

— También superó el sida, combatió al Vaticano, fue un niño adulto y comió bombones.

— Pero no era guapo.

— No, no era guapo. Pero sabía conquistar a las mujeres vía email.

— Menudo pervertido. ¿Y nadie avisó a la policía?

— Al parecer por aquella época no había webcams. No se podía demostrar el sexo virtual.

— Qué listo.

— Ya lo creo.

— ¿Te imaginas un barco lleno de mujeres? Rubias, morenas, pelirrojas… Y todas ninfómanas.

— Te quedarías tan flaco que morirías del desaliento.

— Pero sería una muerte dulce. Una buena muerte. Eutanasia.

— Visto así…

— Además, tarde o temprano, un cocodrilo acabaría por comerme.

— En esta isla no hay cocodrilos.

— Pero los habrá. Debido a una teoría científica, los polos se están descongelando y…

— Anda, cállate y pásame esa piedra.

— Voy.

lunes, 11 de enero de 2010

Supervivientes - Viven


Se estaban muriendo de hambre en una isla desierta. La arena se les embarullaba entre los pelos de la barba y se cortaban las uñas de los pies con los dedos de la mano. De su barco encallado, roto por las olas, ya sólo quedaba la sirena de proa que el superviviente número 1 solía utilizar de vez en cuando. A veces, incluso, solían buscar búnkeres entre la selva o a los otros al otro lado de la isla. Aquella tarde, una de tantas, departían tranquilamente a la orilla del mar:

— ¿Y tú qué te llevarías a una isla desierta?

— ¿Yo? ¿Y a ti qué más te da?

— De algo tendremos que hablar, digo yo.

— No lo sé, la verdad es que nunca me había parado a pensarlo.

— Yo ya sé lo que me llevaría.

— ¿El qué?

— Un avión.

— No te fastidia, y yo, no eres tú ni poco listo.

— Me encantaría tener un avión como los de "Viven".

— ¿Qué?

— Llevamos meses comiendo plátanos y coco. Hace semanas que no cago.

— ¿Pero qué estás diciendo?

— No me vengas ahora con esas. El otro día me mordiste en el brazo, y te gustó.

— Pero estábamos jugando.

— Yo estaba dormido...

— ¿Y tú a quién te comerías de ese avión si se puede saber?

— Supongo que a los altos.

— ¿A los altos? ¿Por qué?

— No lo sé, esas cosas no se pueden explicar. Tampoco me gusta el tomate y no sabría decirte el porqué.

— Los altos son huesudos. Yo cogería a un blanco.

— ¿Ahora resulta que cogerías a un blanco? Racista.

— No hombre no, si lo digo porque así sabríamos cuándo la carne está en su punto.

— También es verdad.

— Pero de todas formas, de tener que elegir, escogería a una mujer.

— ¿A una mujer? ¿Por qué? Yo no podría.

— ¿Prefieres comerte a un hombre? ¿Es eso lo que te gusta?

— No es que tenga preferencias claras sobre ese punto, pero el caso es que no podría hacerle eso a una mujer, aunque estemos aquí perdidos, sigo siendo un caballero.

— Pues yo me comería a una mujer, la carne tiene que saber más suave.

— ¿Y los niños?

— ¡Por Dios! ¡Los niños dice!

— Si te paras a pensarlo, tampoco es tan descabellado. Nos comemos a las crías de los animales y no pasa nada.

— Eso también es verdad.

— Qué vidorra esos de "Viven" eh.

— Ya lo creo.

— ¿Y por qué estamos hablando de esto?

— Tú sabrás.

— No, tú sabrás que has empezado.

— ¿Yo? Bueno, pues hablemos de otra cosa.

— ¿Sobre qué?

— ¿Dónde has dejado la sirena de proa?


Imagen: Fine Portrait Studio