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viernes, 19 de febrero de 2010

En el Olimpo del arte

Mirándonos nos espera, tumbada pacientemente en su diván cubierto por sábanas incólumes, brillando con luz penetrante. El aire es gélido, casi fantasmal. En segundo plano una negra ofrece unas flores abiertas, frescas, de primaveral alegría y, a su lado, a los pies de la cama, a un gato negro se le eriza la cola, como en una sugerente metáfora.

Junto al felino, una elegante zapatilla caída como por descuido marca el principio de unas piernas lechales, jóvenes, turgentes que se alargan hasta su mano izquierda, que se aferra como una inexpugnable cerradura en su más tierno secreto.

El torso al aire y el pelo recogido. Nos espera vestida solo por joyas y maquillaje, ese maquillaje ostentador en las obras de arte que destaca Baudelaire. La cabellera tocada por una orquídea rosa y dos perlas, una blanca en el cuello, atada con una tira negra de cuero, y una negra que cuelga de un brazalete dorado en su muñeca derecha.

La sala es pequeña, con las paredes oscuras y cálidas y unas cortinas de terciopelo verde que enmarcan la escena. Simple y sencilla, esta obra de arte reposa colgada en la pared de una antigua estación y se muestra generosa a los millones de visitantes del museo. Olympia, se llama. Encantados, igualmente. ¿Su padre? Édouard Manet.

Ahora es casi una institución, la encontramos en todos lados: en tazas, pósters, imanes, puzles, camisetas...Pero hubo un momento en que causó una revolución en los cánones del arte. Nunca ningún desnudo se había presentado con aquella brutal sinceridad a los espectadores. La modelo era una prostituta y eso no se esconde en el cuadro, aunque tampoco hacía falta, en el París de la época no eran necesarias las presentaciones.

Rompió los esquemas pictóricos y las normas académicas, no sólo impactó al hipócrita burgués, sino que su realismo descarado y elementos hasta aquel momento prohibidos, como poner a una negra delante de un fondo negro, pusieron los pelos de punta a más de un decente profesor de pintura.

Ahora se enseña en las academias y se la honra como a un ídolo pagano, pero en su día fue vituperada e incluso víctima de ataques físicos. La calificaron de “mujer gorila” o “la mujer de picos saliendo del baño”, hasta que monstruos de la talla del citado Baudelaire o el escritor Émile Zola la defendieron a muerte y le dieron la talla que se merece.

No es nada raro en la historia esta ascensión de los infiernos hasta los cielos de la cultura de masas, por algo los dadaístas le pintaron el bigote a la Mona Lisa. Primero se critica lo más nuevo, el genio desbordante e intuitivo; luego se le aplaude, se le venera y se copia.

Pero quedémonos con ella, que por eso está allí aposentada, jugando con el tiempo, que para nosotros pasa pero que para ella queda. Sincera, directa, limpia. Así es Olympia y así nos espera.


domingo, 10 de enero de 2010

¡Qué mundo tan extraño!

En un cine viejo y vetusto del barrio latino de París echaron ayer una brillante película. La Filmothèque du Quartier Latin se encuentra en una pequeña calle en la que hay otras dos salas más especializadas en ciclos y reposiciones.


Ayer tocaba Blue velvet (David Lynch, 1986). Se proyectaba en una de las dos salas del cine, la llamada salle Audrey, a la que se accedía por un sinuoso y estrecho pasillo. Con capacidad para 66 personas y decorada de terciopelo azul, irónica coincidencia, se convirtió en el marco ideal para contemplar esta obra maestra.

Porque me quedé pasmado. Me esperaba una locura más del tipo Mulholland Drive o Inland Empire, pero no. No tiene cortes temporales y se puede seguir perfectamente sin romperse la cabeza buscando si en la película es ayer, hoy o mañana. Pero esto no le resta atractivo, y la locura viene por otro lado: la historia.

En resumidas cuentas, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven de una ciudad provinciana de EE.UU. encuentra una oreja cuando vuelve del hospital de ver a su padre. La lleva a la policía, que le intenta apartar del caso, pero él conoce a la hija del detective, Sandy Williams (Laura Dern), que le da una pista: Dorothy Vallens (Isabella Rosellini), una cantante de un bar de noche especializada en la canción Blue Velvet.

Una frase nos conduce de lleno a la trama. Sandy le pide, intrigada, a Jeffrey: Todavía no sé si eres curioso o vicioso. Después de eso, Jeffrey entra en casa de Dorothy y, antes de que le descubran, se tiene que esconder en el armario, desde el que ve algo que le marcará. Lynch nos hace voyeurs, como al pobre e inocente Jeffrey. Somos testigos de un acto macabro y violento, de la entrada en un mundo oscuro, bajo, salvaje e inhumano. Pero nosotros lo hemos querido, como el protagonista, y tenemos que asumir las consecuencias hasta el final.

A partir de aquí, Jeffrey se encuentra arrollado por una intriga y dos mujeres. Sandy, rubia, y Dorothy, morena. La rubia representa el mundo angelical, bello, relajante, del amor; la morena es lo oscuro, el vicio, la perversión, la locura. Dos mundos en aparente opuestos, pero no dejan de ser dos caras de la misma moneda. No hay tal oposición, las dos son una misma persona, pero que proyectan colores distintos.

Sólo esta historia ya es interesante y nos ofrece un buen argumento para disfrutar. Pero los genios destacan, y Lynch sabe aportar las dosis necesarias de humor. El humor es vital en esta película. Situaciones absurdas y diálogos hilarantes se encadenan a las escenas más bestias y retorcidas. Es impresionante cuando en el clímax de una película, negra como ésta, el director consigue que toda la sala se parta de risa.

Si a esto le añades unas actuaciones destacables (el malo de la película, interpretado por Dennis Hopper, es increíble) y la música de Angelo Badalamenti, te encuentras que tienes una de las mejores películas de la historia.

Para más información: CinemaScope

martes, 5 de enero de 2010

¿Propósitos de año nuevo? Dentro de poco de venta en las rebajas

Después de este lapso de tiempo sin escribir, que ha coincidido con la vuelta a casa y unas vacaciones en la ciudad que me acoge en mi erasmus, vuelvo a París.

Ha empezado el año y aquí ya se trabaja a destajo, como siempre. Vuelta a los ritmos frenéticos, a los trasbordos, las prisas y el frío.

En mi casa iba en manga corta y en la calle se estaba a 18ºC. ¡ Ay, el clima mediterráneo! Además, en el Empordà cuando hace sol calienta y necesitas gafas para no quemarte los ojos. ¡Hay luz! En París no. Hoy hacía sol, pero no notabas el calorcito que suele acompañarte cuando sales de la sombra. Mañana tendré que abrigarme más.

Vuelta a los techos de pizarra, a las librerías en la calle y a las comidas a las doce del mediodía. Con un plus, mañana, en vez de ser fiesta, empiezan las rebajas.

Mientras, París sigue en su sitio, la identidad nacional continúa siendo el debate de moda y el café no baja de dos euros.

Vuelta, por tanto, a la rutina, a los madrugones y, dentro de poco, a los exámenes. Con el año recién comenzado y las pilas recargadas, os garantizo seguir asomándome por esta ventana para tratar los temas más mundanos, intrascendentes y comunes, así como los más oscuros, confusos y polémicos.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El placer de comer

A mí me gusta comer, no alimentarme. El placer de sentarse en una mesa con un plato delante, una copa y buena compañía es algo muy preciado y, desgraciadamente por algunas culturas, también muy despreciado.


No es que me guste la abundancia o el exceso, sino que encuentro mucho placer en la pausa y el ritual de la mesa. Saborear los alimentos y disfrutar con lo que se come, aunque sea el plato más simple, que muchas veces es preferible a los manjares copiosos. Una comida con dos platos, un postre, que se alargue hasta el café y si es necesario copa y puro. Le sumas una buena compañía y es casi el culmen de la felicidad.

Para que una comida sea apreciable no se debe alargar demasiado ni tiene que hincharte hasta el extremo de impedir moverte. Por eso, la comida de navidad no es buena. En cambio, una cena improvisada puede ser la mejor ocasión para pasárselo bien.

Os preguntareis a qué viene esto. Útimamente estoy compartiendo experiencias y recuerdos con gente de otras culturas, de la Europa del este y del norte. Y, lo siento por ellos, no saben comer. En Alemania, por ejemplo, se permite comer en las clases universitarias y en el Este la mayoría de restaurantes tienen horario continuo y están abiertos a todas horas.

La comida (qué lástima que el castellano no permita la diferenciación entre el participio del verbo comer y el acto de comer durante el mediodía) tiene unos horarios establecidos en cada país y cultura, y ello determina la sociedad. O viceversa, es la forma de organizarse la que determina los horarios de comer. La luz es muy importante: cuanto más tarde se haga de noche más tarde se come y se cena. En cambio, en un país en el que todo esté abierto a todas horas no te preocupas por comer, y si comes en clase o en el trabajo te estás alimentando, nada más.

La comida y la cena son los mayores actos sociales. Pensemos en el Banquete, de Platón. ¡Qué sería de la filosofía sin la comida! Las mejores discusiones y disertaciones suelen desarrollarse alrededor de una mesa, con la panza llena y los vasos vacíos. Y las grandes y famosas bacanales romanas. ¿Y la Última Cena? es elocuente el hecho de que antes de morir Jesús cenara con sus condiscípulos. Y cuando se acaba el curso, ¿qué pensamos hacer? una cena. Y todos los actos familiares (que esto merecería otra entrada) se reducen a comer y comer.

París está en el límite. Como soy erasmus me puedo permitir el lujo de construirme un horario para poder estar sentado mientras como, pero hay muchos franceses que tienen que comprarse un bocata en el bar de al lado y engullírselo en diez minutos antes de su próxima clase. Esto no hace ningún bien a nadie.

Por eso es necesario que los horarios y el modo en que esté distribuido el trabajo permitan tiempo para poder comer. Como mínimo en los países en los que hay esta cultura del buen comer, que son sobre todo los que tienen la mejor dieta: los países mediterráneos.

martes, 17 de noviembre de 2009

Crueldad


"En esta escuela Jean Roger Debrais aprendió el Amor a la Patria. Joven FTPF (franco tiradores y partisans franceses). Murió por Ella el 14 de diciembre de 1943 bajo las balas del enemigo. Tenía veinte años"

Y nadie le enseñó que el amor no es morir por lo que quieres, sino vivir para lo que amas.

sábado, 14 de noviembre de 2009

¿Dónde están?

A veces descubres que sentimientos tan finos y abstractos como el amor, la amistad o la belleza son impresiones que se cazan al vuelo y se guardan en el corazón con una rapidez desconocida. El odio, también.


Odio las excursiones, odio a la gente que va en masa, odio tener que pagar ocho euros (con reducción de estudiante incluida) para sufrir una brillante exposición de pintura flamenca del siglo XVII rodeado de gente salida de una autocar del inserso o parejas con recién nacidos (¿por qué permiten entrar en los museos con cochecitos? molestan a la gente y los propios padres no pueden disfrutar), odio a la solitaria mujer del pelo naranja y gafas de pasta morada que tiene que ponerse a un palmo de un cuadro, odio tener un segurata a cada paso que me vaya ordenando que avance, odio que pongan los cuadros a dos palmos del suelo. Y, ya por último, odio que te pongan un cuadro de Vermeer en el cartel de la exposición y sea el único que haya de él.

Dejando de lado mi mal humor, he disfrutado como un enano en la exposición. Es uno de mis periodos favoritos en pintura. Las escenas costumbristas, la tenue luz que los holandeses dominan magistralmente, los retratos de los burgueses, son totalmente distintas de cualquier otro momento. Fue el momento en el que los Países Bajos se independizaron (1589) de la monarquía castellana y el protestantismo se hizo fuerte. Por eso, la iglesia y la nobleza dejaron de ser los mecenas y pasaron a serlo los burgueses. Economistas y hombres de negocios, más aficionados a los números que a la filosofía, supieron apreciar el arte del retrato, de los paisajes y de las escenas de la vida cotidiana.

Destacaban con luz propia, y aquí está el éxito de su pintura, los de Rembrandt. Sin embargo, también se encontraban allí otros maestros especializados en su tema: paisajes navales, momentos de la vida ordinaria y los retratos. El mítico cuadro de Franz Hals (ver imagen) me ha enseñado la diferencia entre ver un cuadro en reproducción o tenerlo justo allí delante. La emoción percibida en la realidad es muy distinta que la que te produce cuando lo ves en el papel.

Y para acabar, un último apunte, un poco macabro e irónico. Se explicaba la diferencia entre las naturalezas muertas y las vanitas. Lo primero es un juego de luces, un estudio sin, a menudo, más intención que la pictórica. Las vanitas, no obstante, forman una composición simbólica con objetos inanimados: una vela que se extingue, libros y calaveras eran los elementos principales. En ellas se exprimía la idea de la fugacidad de la vida y la vacuidad del conocimiento (tan de moda en aquella época, no hay que olvidar la literatura española y sus populares carpe diem y ¿ubi sunt?). Me pregunto, pues, que sentían aquellos señores compañeros de mi visita al ver tan evidente consigna.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¡Estos galos están locos!

Hace cosa de un par de semanas (el 22 de octubre) Astérix y Obélix cumplían sus bodas de plata. Se presentó un nuevo libro de la intrépida pareja, se ha organizado una exposición con dibujos originales y manuscritos y mecanoscritos de Goscinny en el museo Cluny de la Edad Media y en las vallas de entrada al recinto, en el cruce de los bulevares Saint Germain y Saint Michel (uno de los más concurridos de la ciudad), se han instalado doce plafones con obras de arte reinterpretadas por Uderzo. Cleopatra es Olympia, Obélix el Hombre de Vitruvio y los piratas se han hundido esta vez en la Balsa de la Medusa.

En Francia se está viviendo, además, una situación que parece sacada del argumento de uno de los famosos álbumes de los galos. Por todas partes te encuentras avisos de una pandemia que amenaza con ser fatídica: la gripe A (antaño llamada porcina).

Uno va tranquilamente al lavabo, hace su faena con cuidado y a la hora de lavarse las manos se encuentra con varios carteles curiosos. Todos ellos son órdenes del estado francés que parecen sacadas de barrio sésamo (con todo el respeto para esta serie que nunca vi): cómo lavarse las manos, cómo estornudar, de qué manera ponerse la máscara si estás enfermo, etc.

No bastaba con esta fiebre que hoy he abierto la cuenta de correo de la universidad parisina (después de un mes de clases) y me he encontrado con dos emails sobre este tema. Uno te ponía sobre aviso de que el ministro (no se especifica cual) o el prefecto puede mandar cerrar la universidad debido a "la pandemia gripal". Además, informaban de que estaban haciendo una investigación y te invitaban a colaborar. El otro era una carta del rector en la que recordaba los consejos de higiene que te encuentras por todos lados, entre ellos, dar la mano en vez de dos besos o lavarse las manos con una solución hidro-alcohólica. Esto último, por cierto, es algo que lo han acogido enseguida, y en cualquier momento ves a los franceses frotarse las manos con el líquido de un bote azul muy sospechoso. Parece que siempre estén tramando algún intrigante plan.

lunes, 19 de octubre de 2009

Un día de clase

Por aquí, el curso ya empiezan a tomar su ritmo. El horario es bastante holgado, sólo tengo clase de lunes a jueves, porque sólo se tiene una clase por semana de cada asignatura. Eso sí, pueden ser de dos horas seguidas o tres, que en este caso hay un descanso de cinco minutos cada hora. Después de tener dos clases de dos horas seguidas acabas como si una apisonadora te hubiera pasado por el cráneo durante cinco días seguidos, y tu mayor aspiración es salir a la liberadora calle, aunque te estés muriendo de frio.

Debido a esta concentración de horas, las lecciones suelen ser muy intensas. Los profesores van al grano, no se andan por las ramas y no meten mucha paja. Por tanto, todo el rato tienes que estar atento para tomar notas (si quieres, claro). Apenas hay nadie distraído, ni dibujando seres mitológicos, ni jugando al ordenador, leyendo el periódico o haciendo crucigramas.

Eso sí, se entra y se sale de clase como si fueran las ramblas, se come y se bebe más que en la calle y la gente puede pasear encima de las mesas y el profesor ni se inmutará.

Las aulas suelen estar llenísimas de gente que anota en unas libretas que parecen de la ESO o en sus sofisticados MacBooks. El profesor te explica la materia y se va. Si quiere, en algún momento abre un limitado debate, en el que ya destacan oradores asiduos, entre ellos el avispado sirio de cuarenta años o el repelente chico de las gafas que cree que lo sabe todo. Por clase también están el guaperas maloso, la eficiente secretaria y los erasmuses que no se enteran de nada.

domingo, 11 de octubre de 2009

Las tentaciones de un paseante

París es una ciudad que vive en la calle. No hace falta ser muy observador para darse cuenta de la cantidad de terrazas que hay. De hecho, creo que todos los bares y restaurantes tienen, como mínimo, un par de mesas fuera.


Pero no sólo eso, sino que entre las abarrotadas avenidas turísticas y en las menos llenas calles de barrio casi todas las tiendas, sea lo que sea lo que vendan, ofrecen sus productos en la calle. Libros, películas, pósters, ropa, maletas, bolsos, perfumes, fruta, quesos, carne, ollas, cubiertos, paraguas y otras extravagantes mercancías se amontonan fuera de sus tiendas.

Así, la ciudad pasa a ser un serpenteante camino en el que tienes que ir esquivando la masa de gente por un lado y los mostradores callejeros por el otro. Con lo que se convierte en una odisea intentar llegar con prisas a cualquier lugar. Además, que uno no puede evitar echar una mirada a lo que se cuece en la calle.

Los tenderos utilizan la táctica del cebo, la cual es la siguiente aquí descrita. Yo, bibliófilo compulsivo, soy presa de la ingente cantidad de librerías que hay aquí, pero el caso sirve para cualquier otro comercio.

Todo empieza cuando uno va andando tranquilamente, un poco distraído y sin rumbo. De repente, un cartel hecho a mano encima de un caballete te indica un eslogan tentador: Livres d'occasion 1€. Esto, ya de entrada, te deja patidifuso. Te aceras al caballete donde se encuentra esta ganga. Pero no hay sólo uno, si no que hay muchos más, y ordenados por temas. Te das cuenta de que hay una interesante edición por sólo tres euros justo al lado de la puerta. Desde fuera se te ocurre mirar lo que acontece en el interior. Y aquí ya has caído. Te han pescado como a un vil pulpo. Cual mariposa ante el fuego te sientes atraído hacia dentro, donde un universo de literatura, historia, arte y una interminable lista de temas se desarrolla en cuatro plantas y un sótano.

Pero no es la única librería, al lado hay otra con ofertas parecidas. Y enfrente una tienda de quesos esparce la aroma de sus tiernos productos por la acera. A su lado una pareja disfruta de un largo y aguado (además de caro) café en un terraza. Y más allá unos percheros sujetan chaquetas de piel y camisas afrancesadas (de estas con estampados cutres y chillones). Y esto es París, y si un estudiante no se puede permitir comprar nada, ya está un japonés en su lugar que se irá a casa lleno de bolsas.

lunes, 5 de octubre de 2009

Un huevo frito

París es una ciudad que, a simple vista, parece ancha e inabastable. Sin embargo, dos son los factores que la hacen más pequeña de lo que parece: el metro y la banlieu.

En aquella ciudad el metro se inauguró poco después de la exposición universal de 1900. En clase siempre nos contaban cómo aquellas exposiciones eran símbolos del avance industrial y tecnológico y también demostración del poder de una burguesía pujante y más compacta que la actual, capaz de organizar un evento de tamaño colosal (¿cuándo fue la últmia exposición universal interesante?). Actualmente, cuenta con 16 líneas y unas 300 paradas.

Yo, que soy de pueblo, siempre me he sentido atraído por lo desconocido en las ciudades, y el metro es una de esas cosas. En esta ciudad (como en la mayoría a las que he ido) cuando entras a un vagón alegre y contento estás perdido. Empiezas a mirar las caras de la gente a tu alrededor y ves que están cabizbajos, con la mirada perdida, vacíos, cansados. Sea la hora que sea encuentras poca gente hablando entre ellos, ni para pedir la hora o saludar.

A veces entra un músico a tocar y ni así. La gente pasa completamente del acordeonista, que llena el metro con su alegre música, o del pobre trompetista que deja fluir sus trágicas notas por el instrumento. Luego, una vez pasa el vaso de plástico para recibir dinero, muchos, aunque antes ni le hayan mirado, le ponen una monedita.

La primera vez que ves esas caras y descubres el triste parecer de la gente te preguntas por qué. Qué raro, me dije yo, tampoco es tan pesado ir en metro: va rápido, es entretenido y no es demasiado incómodo. Pero luego, poco a poco, mientras vas repitiendo estaciones, conoces la línea que utilizas, miras por la ventana y no dejas de ver la opaca oscuridad del agujero que atravesamos, la mirada se te va cayendo hacia la punta de los zapatos. La gente entra en la siguiente parada y ni les miras, sólo deseas llegar a la tuya para bajarte e ir a descansar a casa. Y con los días los ojos se quedan perdidos en un punto inestable como el traqueteo del vagón. Es el síndrome del metro...

Pero, la verdad, es que es el único sistema para desplazarse con cierta puntualidad en París. A no ser que quieras salir de tu casa hora y pico antes de tu cita. Porque, al final, te das cuenta de que lo que realmente está lejos son todos los pueblos de alrededor. En estos pueblos, que por habitantes son ciudades, vive la mayoría de gente que trabaja en la provincia. Están pegados a París también entre ellos. Forman una masa compacta en torno a la ciudad. Parece un huevo frito: París la yema y el extrarradio la clara.

Ir hasta allí puede ser una odisea. Hay que coger no sólo el metro, si estás en el centro, sino luego otras líneas de ferrocarriles que te lleven a casa. Hay gente que tiene que hacer todos los días dos horas de coche para llegar hasta su trabajo, algunos más. Y con lo cómodo que es ir a pie a clase.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Bonjour

Perdonen el retraso, estaba conociendo París.

En efecto, después de unas semanas estresantes, por fin me he instalado en la capital francesa. Ciudad de cultura, moda y turismo. Los ojos se me van hacia todos los lados y no hay sitio despreciable ni en el que falte un aliciente para ir.

Además, hemos encontrado un tiempo inmejorable para descubrir la mágica ciudad.

He decidido nombrarme enviado especial de Onomatopeyistas en París. Esta tarea requiere mucho esfuerzo, sudor, horas de insomnio, cafés y unas buenas suelas de zapato. Además de dinero para el metro, un ordenador y buena conexión a internet, claro está. También necesito un buen piso para resguardarme del frío y, como mínimo, tres comidas diarias. Un buen abrigo de piel no estaría de más, que aquí en invierno el viento se ve que enfría mucho. También algunos libros y pelis, para no aburrirme. Y que sean buenos. No hay que olvidar los souvenirs, que luego los amigos se quejan. Evidentemente, necesitaré una bicicleta, una boina y una baguette diaria, para poder mezclarme con el ambiente. Sobra decir que tendré que desplazarme fuera de l'Île-de-France, y eso cuesta su dinero.

Se aceptan donaciones. Interesados contactar con el redactor jefe intalado en la central, léase Josemi.

Más noticias parisinas en breve (si el dinero llega, claro está).