martes, 5 de mayo de 2009

Enrique, 2ºB


Hacía año y medio que Enrique y Julia se conocían. Disfrutaban de sus conversaciones y jugaban a filosofar sobre todo aquello que fuera opinable. A él le gustaba rebatirle y llevarle la contraria, aunque supiera que ella tenía razón. Le gustaba verle buscando en la cabeza argumentos que al final pudieran convencerle.

Los dos compartían su pasión por la montaña. Les gustaba disfrutar de la naturaleza caminando solos por caminos separados. Les gustaba volver a casa, coger el teléfono y contarle al otro todo lo que habían hecho: si había hecho frío, si les dolía la espalda o si el camino había sido peor de lo que pensaban.

Y así solía ser todos los días. Uno de los dos cogía el coche y se iba a investigar montes que todo el mundo conocía, pero que solo ellos sabían describirlos de aquella manera, prestando atención a los detalles, sin importar el tamaño de las frases.

Él ya conocía muchos de sus montes y todos le habían gustado. Le había contado a Julia la forma de sus cumbres y el giro de sus sendas, cómo incidía el sol en sus rocas y cómo eran las sombras del suelo. Se lo había contado todo.

Un día, Enrique subió a la cima de uno de esos montes, un lugar agradable para sentarse a pensar, mirando hacia al sur. Sin embargo, aquel día, cambió sus costumbres y se dio la vuelta, hacia el norte. Y allí, escondido entre las nubes, vio la punta de un risco que no conocía. Fue entonces cuando supo que quería escalarlo. Ningún otro de los montes era como aquel.

A la semana siguiente, Enrique cogió sus cosas y se marchó para allí. Sabía que caminaba por un terreno desconocido. No sabía si lograría hacer cumbre o si el terreno sería demasiado fatigoso. Si las pendientes serían inescrutables o si necesitaría ayuda de otras personas.

Así que, poco a poco, fue subiendo con pies de plomo, con cuidado, poniendo fe en cada uno de sus pasos, sin descuidar ningún movimiento. Los primeros árboles del principio eran verdes y amarillos y el suelo estaba lleno de tulipanes. Después, siguió caminando.

Con los pasos, el terreno se fue haciendo más duro. La pendiente se hizo más empinada y el barro empezó a sujetarle por los pies. No parecía aquella una vía segura de ascensión, así que dio la vuelta y regresó a casa.

Al llegar, como siempre, llamó a Julia y le contó todo: que existía un monte que no conocían, que era bastante difícil conseguir escalarlo y que él, aún y todo, lo iba a intentar. Ella se asustó. Nunca había oído hablar de aquella montaña. Llevaban mucho tiempo juntos y le sorprendía que fuera él el que le dijera que existía la posibilidad de que hubiera otras montañas.

Enrique no quiso presionarla. Quería que ella le acompañara, pero no estaba en manos de él tomar esa decisión. En el fondo, no podía obligarle a hacer algo que solo él quería. Cada uno decide en su momento cúando quiere subir una montaña y cuándo es el mejor momento.

Así que al paso de unas semanas cogió su mochila, varias cuerdas y unos arneses. Luego, se montó en el coche y condujo despacio hacia aquel lugar. Estaba despeinado y los cristales estaban mojados. Pero fuera ya no llovía.

Al llegar allí, se encontró a una chica. Vestida de verde, con mochila y una cantimplora, esperaba Julia a que llegara Enrique. Él le había contado cómo llegar, pero ella siguió su propio camino. Los dos se alegraron de haberse encontrado.

Poco a poco, empezaron a subir juntos por un camino que no conocían. Empezaron hablando sobre la felicidad, ese fue el primer tema del que hablaron. Después conversaron sobre el clima, el tiempo y los huracanes. Sobre todo en general.

Pasaron por árboles verdes y amarillos en un camino que los condujo poco a poco a un lugar más alto. Aquel día no había barro, aquel día se podía subir.

Dejándose llevar, pero pensando en cada uno de sus pasos, llegaron a la cima. Ella se sentó tiritando y él se sentó a su lado. Se cogieron de la mano y miraron al sur. Estaban en un lugar nuevo, un lugar en el que nunca habían estado. Pero se sentían bien.

Allí arriba ya no había prisas por nada. Ya no había frases cortas ni verbos sin boca. Así que hablaron de Dios. No podía ser de otra manera, poco a poco. Después hablaron de cómo había sido la ascensión, de qué había sentido cada uno. De las montañas que habían escalado hasta llegar allí y de lo extraño de aquel momento. También hablaron de cómo bajar.

Y se miraron, se miraron como nunca antes lo habían hecho. De cerca, de lejos, con los ojos cerrados. Calentándose las malos. Tocándose el pelo. Después se besaron y ya no necesitaron ninguna otra cosa. Nadie podía ver sus besos y eso lo hacía aún mejor. Luego empezó a llover, pero eso ya no importaba.



Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I y II)

3 comentarios:

Nil Ventós Corominas dijo...

Veo que las madrugadas son productivas eh, txemi!

Me gusta aquella hora en que la otra gente duerme pero uno está más despierto que en ningun otro momento.

Sory dijo...

Muchas veces tenemos ante nuestros ojos cosas que creemos que son imposibles de conseguir. Pero hay veces que te das cuenta de que cuando alguien te acompaña por ese dificil camino, todo se puede convertir en algo mas facil y sencillo :)


A veces los besos se disfrutan mas cuando nadie los ve, porque de esa manera solo los viven, disfrutan y sienten, dos personas :)

Ane dijo...

Muy guay pero te odio por ponerme tan moñas, en serio. Además bastante, que estoy sensiblona. Entre esto:
http://www.youtube.com/watch?v=6TFfSze4Qiw
y tu entrada voy a morir por la primavera. Jajajjaa.
Me gusta el rediseño ;)