viernes, 27 de marzo de 2009

Rogelio Malco, 3ºB (I)


Una gorra vieja de color morado apretaba en su tercer agujero la cumbre de una cabeza minúscula que no era más que el pellejo. Debajo se enredaba un pelo canoso y grasiento que por la mañana solía huir a la almohada. Por los laterales sobresalían dos grandes orejas cartilaginosas y aeroplanas, de las que brotaban finos y pequeños pelos anárquicos. Sus ojos eran como globos viscosos blancos y amarillos que parecían salírsele de las cuencas como a los besugos. La barba, de seis días, podía lijar al más desafilado de los cuchillos y romper la más dura de las navajas.

Su habitual chándal de poliéster y acetato reflejaba con mal gusto una anticuada mezcla de estampados verdes, azules y violetas. Con el aire, su ropa se hinchaba y dejaba que su cuerpo flaco y esquelético se moviera suelto al caminar. La parte de abajo lucía dos parches redondos en la zona de las rodillas sobre las que intentó recorrer el Camino de Santiago. Sólo pudo hacerlo durante hora y media, cuando, desfallecido, fue llevado al hospital más cercano, sin fe.

Bajo unos pantalones bombachos, las flacas y pobladas piernas de Rogelio Malco. Sus zapatillas, que en la tienda lucían blancas y olían a nuevas, ahora sólo Dios sabía de qué color eran. Por la zona del empeine, el dedo pulgar asomaba curioso por una de las trampillas de la tela, ayudado por unas uñas con forma aguileña.

Rogelio era un hombre de 48 años. No era persona de grandes logros, pero los pocos que había conseguido los recordaba con orgullo. Su hito más espectacular lo llevó a cabo con tan sólo 16 años. Un salón de actos repleto de público adolescente aplaudía sin parar mientras el presentador gritaba: “¡Inmortal… Malcoooooo!”. Subiendo por una escalera al más puro estilo “Rocky”, un pasillo abarrotado de gente le guiaba hasta lo más alto de un escenario. Al llegar arriba, miró al horizonte y deslumbrado por las luces, alzó los brazos y se sentó sobre una silla. Comenzó entonces la leyenda de R. Malco, aquel chico que no acabó sus estudios, pero que pudo comerse un bocadillo de catorce polvorones sin apenas probar una gota de agua. Su tiempo: tres minutos y medio.

Ahora vivía en paz y armonía en un viejo piso de la Calle del Olvido. Tras el infarto de su anciana madre diez años atrás en un tiovivo, los 55 m² quedaron libres para su uso, disfrute y esparcimiento.

Hacía ya dos primaveras, había adoptado a su perro “Napoleón”, más o menos después de descubrir cucarachas bajo su crujiente suelo de madera, ahora hogar también de las termitas. Napoleón era pequeño y manejable, como una pelota. Su pelo era duro y blanco, salvo una mancha marrón que le cubría la mitad de la cara. Misteriosamente, una enfermedad no descubierta hasta el momento le hacía ladrar envalentonado a todo ser, animal o cosa que estuviera en un radio de veinte metros. De vez en cuando, Rogelio solía reírse de él, aprovechando que su cerebro era cuantitativamente más grande que el del animal. Una tarde aburrida de invierno, bajó a la calle y compró un globo de helio. Después, hizo que el perro lo aspirara y caminara junto a él. Aquel fue el día más divertido de su vida: las caras de las personas al oír el enclenque ladrido del perro le produjeron unas dolorosas agujetas abdominales, que se alargaron durante más de tres días.

Sigue leyendo... (Rogelio Malco, 3ºB, II)

Prólogo: Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
Fotografías: Carlos Bravo

4 comentarios:

Leire Ariz Sarasketa dijo...

Qué mítico bocadillo de polvorones!! Siempre que leamos sobre ellos sabremos que escribes tú...

José Miguel dijo...

Siempre Subi!!!

Daniel Rivas Pacheco dijo...

Jodido Josemi me has hecho reir hasta tener agujetas, y siempre que pasa eso Chuck Norris detroza un autobús escolar.

Increíble señor que intentó hacer el camino de Santiago de rodillas, xD.

Este texto ha alcanzado una cota muy alta de calidad, señor Sánchez

José Miguel dijo...

Gracias Dani, ¡me alegra que te haya gustado! Cualquier día probamos a ver qué tal es eso de hacerlo de rodillas. Que somos del norte, leñe.