martes, 14 de abril de 2009

Javad Almahid, 9ºB



Mi nombre es Javad Almahid, soy detective privado. Trabajo para una cadena de Kebab’s y he venido a este país para investigar las dificultades del terreno: su sociedad, sus costumbres y sus prejuicios aéreos.

Soy un tipo listo, de esos que no dejan huella allá por donde pasan. Soy como el dueño que no recoge la caca de su perro o como un hombre flaco en una manifestación. Nadie sabe de mí. Trabajo con cautela y pocas veces me descubren.

Conozco treinta lenguas, diez dialectos primitivos y cinco lenguas muertas. En el lugar donde me encuentro nadie me entiende, pero yo lo entiendo todo. Soy capaz de escuchar una conversación telefónica con los dos oídos a la vez e incluso puedo engañar al teléfono de una cabina con una moneda y un cordón.

Me he instalado en un piso de la Calle del Olvido, muy cerca del centro. Es verano, pero aquí yo soy el más moreno del lugar. Para camuflarme, llevo polvos de talco. Nada queda a la improvisación. Siempre llevo guantes, o en su defecto, las manos dentro del bolsillo, ni muy dentro ni muy fuera.

Esta es mi segunda semana en la ciudad. Los vecinos aquí son un tanto extraños. Comen cerdo y permanecen despiertos hasta altas horas de la madrugada. Nosotros no podremos darles cerdo, pero sí podremos abrir hasta que no haya más pollo y ternera que tostar. Es fundamental conocer bien al cliente al que te enfrentas.

Mis primeras investigaciones me hicieron llegar hasta un lugar donde todas las mañanas acuden cientos de personas. Un lugar bastante concurrido los fines de semana. Parece un buen sitio para abrir un negocio. La gente va allí, se congrega y después, toman algo en el lugar más cercano. Parece una costumbre bastante arraigada entre sus mayores.

Así que esta mañana me he peinado el bigote (postizo, claro), he cogido mis gafas de sol y con mi gabardina abierta he andado varios kilómetros hasta el lugar. El trabajo de un espía es hartamente complicado en este sentido. Siempre hay que mantenerse en forma. En el periódico, acostumbro a leer los deportes y si es posible, lo hago mientras subo por las escaleras. Si alguien me descubre, me gustaría saber si se trata del record man del mundo de los 100 metros lisos.

El lugar donde he ido es un sitio decorado con bastante buen gusto. La gente porta sus mejores galas y sus anillos más pesados. Una mujer, incluso, llevaba esta mañana una carretilla con todas sus joyas.

Al principio, pensaba que se trataba de una casa de subastas. Un hombre cantaba los precios y el público, sentado en filas, respondía valiente con la apuesta más alta. ¡Pero nadie sabía cómo funcionaba el negocio! Todos respondían a la vez, unos y otros, y con las mismas cantidades. Era imposible que nadie se pusiera de acuerdo, increíble que nadie supiera cómo funciona una subasta. Y aquel cáliz tenía pinta de ser de los caros.

Después pasaron varias mujeres entre el público y “peinaron” la zona con sus cepillos. En ningún lugar se explicaba cómo funcionaba todo aquello. Ni siquiera en las esculturas de la entrada. Así que vi la cesta y pregunté el partido por el que se apostaba esa semana. Lo había visto hacer en otros lugares. Como siempre, debía adaptarme bien al entorno social. La mujer me miró extrañada y después dejé una moneda. Le dije que 2-0.

Más tarde, el hombre que parecía organizar todo aquello, tanto las subastas como las apuestas, se dirigió a todos nosotros alzando un pedazo de comida que no distinguía a ver bien desde mi asiento. Dijo que aquel era el cuerpo de un buen hombre. Después bebió su sangre. Aquel tipo tuvo que hacerle algo muy gordo para vengarse de aquella manera.

Temí que se tratara de alguna secta que yo no conocía o de una de esas reuniones de caníbales que se organizan por Internet donde, simplemente, se sientan a jugar al parchís y esperan a que suene el timbre del horno. Fue en ese momento cuando empecé a preocuparme de verdad. El orador, que claramente era el hombre al que la gente llamaba “rey de copas” en las barajas de los bares, descendió del altar en el que se encontraba. De los laterales salieron dos jóvenes portando unas velas terriblemente grandes. Parecían estar cargadas: temía una emboscada, una masacre.

De repente, la gente se tiró al suelo de rodillas y yo me abalancé sobre un niño de unos 9 años intentando proteger su vida. Nunca he querido ser un héroe, me gustan más los superhéroes. Pero soy un hombre realista, si me tengo que conformar con lo primero, lo hago.

El chaval me miró como se mira a la Muerte y su madre me atizó con un bolso lleno de llaves y monedas. Todos se volvieron locos de repente y parecieron no haber visto lo que yo acababa de ver hacía unos segundos. ¿Quizás un suicidio colectivo? ¿Algo más gordo? Quién sabe… Todo parecía responder a un patrón que yo no adivinaba a interpretar.

El caso es que me tuve que ir de aquel sitio. Eran muchos y cobardes, y la cobardía sí entiende de números. Probablemente clientes que podrían haber sido buenos y fieles, pero aquel no era un buen sitio para poner nuestro negocio. Esas zonas no deben ser frecuentadas por gente de bien como nosotros. No queremos mezclarnos con esa gente, porque una vez que entras, ya no sales. Ya se sabe: primero llegan las amenazas, después los pagos mensuales y al tiempo… solo Dios sabe qué.


Prólogo:
Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
Fotografías:
Carlos Bravo

4 comentarios:

Daniel Rivas Pacheco dijo...

Josemi eres un crack, este relato es el que más me ha gustado de todos. Mis felicitaciones. Mucho humor y muy bien contado, xD

Ane dijo...

ajajajajjajaa. Muy bueno. Uitmamente los relatos que leo sobre detectives acaban cautivándome, jajaja. ;)

José Miguel dijo...

¡Gracias,me alegro de que os haya gustado!

carlosbravo dijo...

Muy bueno, jeje.
Es sorprendente como se ven las cosas comunes desde otro prisma ;)

Saludos