miércoles, 22 de abril de 2009

Santa estación

Ayer volví de vacaciones. Para volver de mi preciosa comarca del norte de Catalunya tengo que pasarme unas nueve horas en tren, con trasbordo incluido. Así va España.

El cambio de tren se hace en la estación de Sants, en Barcelona. Aquél sitio me encanta. No suele salir en las guías de turismo, pero es un lugar que merece la pena visitar y gastar un poco de nuestro tiempo en observarlo.

Para empezar, no es una estación fea. Es luminosa, ancha y muy manejable para cualquier viajero (que al fin y al cabo es su función). En todo momento hay una señora-ordenador que muy amablemente te va indicando el tren que quieres tomar. Mientras confías en que ella te avise por los altavoces de la salida del tren que vas a coger (es una operación que consiste de varias fases, como por ejemplo saber la dirección de tu tren, enterarte de la vía por la que sale y rezar para que no haya modificaciones en la hora de salida, cosa, dicho sea de paso, muy difícil que no ocurra) puedes pararte a investigar el lugar.

En ella encontramos varias tiendas, cafeterías, servicios de comida, lavabos, consigna, entradas al metro y al tren, farmacias y una maqueta del AVE, entre otras cosas. Luego empiezas a analizar a la gente que pasa por allí. Y ves lo mejor de aquella estación: la diversidad del mundo reunida en un espacio de unos cuantos metros cuadrados.

Colores, lenguas, sexos, tamaños. En Sants hay de todo. Desde la familia que se coge el AVE para ir a Madrid al mendigo que está en la puerta para que le echen una monedita. Extranjeros, gente del país, apátridas, inmigrantes, estudiantes, personas sin rumbo.

Me gusta la idea de que una estación es algo aparte de la ciudad. Es tierra de nadie. Allí coinciden el tren (cercanías, media y larga distancia), el metro y estación de autobuses. En toda su historia, aquella estación debe haber visto millones de personas. Me fascina pensar en la cantidad de gente con la que he compartido el suelo de aquel ajetreado vestíbulo. Y al final, siempre que estoy allí acabo pensando en lo grande que es el mundo y lo pequeños que somos nosotros.

Esta la magnificencia de una estación: llegar a tener el mundo en la palma de la mano sabiendo que pesa demasiado para poder mantenerlo allí durante mucho tiempo.

2 comentarios:

José Miguel dijo...

¿Tamaños? ¿Deduzco así que también hay baños en esa estación? Jaja!

Daniel Rivas Pacheco dijo...

Me imagino que perderías el tren, tanto ensimismamiento, xD.


Tengo que hacer una visita a Barcelona que sólo he ido un par de veces