miércoles, 12 de agosto de 2009

Ismael, 5ºD


Hay gente que no madura nunca, gente que lo hace muy pronto, gente que todavía no ha madurado y gente que cree haberlo hecho. Él todavía no había llegado a la madurez, esa edad difícil y maravillosa en la que las cosas comienzan a salir en el diccionario.

Tenía barba, había pasado el acné juvenil y se había enamorado tres veces. Pero nunca se había parado a pensar si le gustaría tener una barba más larga o si aquellos amores habían sido en realidad amores de verdad.

Se dejaba llevar por el entorno. Lo común era lo lógico y lo lógico era siempre lo más aceptado. No le importaba parecerse demasiado a sus amigos o que nadie supiera su nombre y dos apellidos. Era uno más entre tantos y entre la normalidad se sentía tranquilo.

Se dejaba llevar por los titulares y los escaparates, por el primer vistazo y las noticias de actualidad. Le gustaba vivir deprisa, asfixiado, viviendo una vida de comida rápida y fotos express. No se paraba a pensarlo, porque las películas de acción son una sucesión de golpes sin sentido donde no importa quién te haya pegado, sino el golpe que estás a punto de recibir.

Nunca había comprado un disco de música ni tampoco sabía qué era un vinilo. Los libros los leía en el colegio y la biblioteca era el nombre de uno de sus carnets. Le aburría la política pero no tenía la habilidad suficiente como para estar descontento con ella. Pasaba los debates en televisión y después ponía Telecinco.

El mundo que le rodeaba era “un mundo” y trincheras abarrotadas. Eran individuos y mareas de gente, cuadros abstractos no analizados, estilos artísticos sin identificar. Llamaba a todo “arte”, y luego nada más.

Se levantaba pronto por las mañanas y se acostaba temprano. Leía los deportes y desayunaba escuchando los 40 principales. Se lavaba la cara y al mirarse al espejo no observaba nada, sólo miraba.

Creía vivir una y mil vidas porque en el fondo la suya se parecía demasiado a las de los demás. Se imaginaba anciano y con nietos, contando maravillosas historias, soñando con piratas y tesoros que nunca aparecerían en su historia. Su cuento era un cuento de bestsellers y blockbusters. Soñaba pero nunca lo hacía despierto, porque quizás su vida estaba condenada a ser aburrida. Aunque nunca intentó descubrirlo.

Después creció, y llegó a medir un metro ochenta. Le crecieron los zapatos y la talla de sus camisas. Echó barriga y se le cayó el pelo. Se casó, tuvo hijos, veraneó en Benidorm y se compró un coche espacioso. Y aun así, siguió midiendo un metro ochenta.


Imagen: Carlos Bravo


Prólogo:
Calle del Olvido, 52
6ºC: Pablo
1ºA: Héctor
3ºB: Rogelio Malco (I y II)
8ºD: Iván
2ºC: Santiago
9ºB: Javad Almahid
4ºA: David
1ºB: Óscar (I y II)
2ºB: Enrique

3 comentarios:

Nil Ventós Corominas dijo...

quizá ismael fue feliz. él era feliz sin plantearse nada, siguiendo el curso de la vida sin pararse a mirar atrás, a los alrededores o preguntarse a dónde llevaba.

¿Qué se le puede reprochar si él era feliz así?

José Miguel Sánchez dijo...

No le reprocho que fuera feliz, cada uno es feliz a su manera. Sólo digo que no me gustaría convertirme en eso, en ser capaz de ser feliz de esa manera.

roygus dijo...

creo que debemos valorar nuestros autocuestionamientos, no todos tienen esa necesidad e impàciencia de conocese y de conocer la verdad ; sin embargo se le respeta al personaje, al parecer el era feliz asi, y es que como dice nietzsche:

"es tan indiferente que la ola sepa a donde la lleva el mar, que hasta puede haber sabiduria en ignorarlo"