martes, 14 de diciembre de 2010

Te quiero mucho



— Papá, papá, a quién quieres más, ¿al tato o a mí?

— Al tato, por supuesto.

— ¿De verdad?

— Sí.

— Pero...

— Hijo, no paras de dar la brasa todos los días con estas preguntitas. Deja ya de preguntar. Mira tu hermano, está ahí callado y no molesta.

— Es un triste.

— No. Saca buenas notas. Será un hombre de provecho. Tú te inyectarás heroína. Por eso tu madre y yo le queremos más que a ti.

— ¿Mucho más?

— Muchísimo más. Si comparáramos cuánto le queremos a él y cuánto a ti, la diferencia no entraría en esta habitación.

— Si lo sé no nazco.

— Ya lo creo. Pasas horas debajo de la ducha. Y el móvil. No lo usas para hablar, haces conferencias.

— Papá, es que yo tengo amigos. No cómo ese.

— Tú que vas a tener. Esos no son amigos. ¿Jaime? ¡Pero si es pelirrojo!

— Pues que sepas que Jaime es mi mejor amigo y nos llevamos muy bien.

— ¿Sí?

— Sí.

— Siempre te respetaremos en ese tema. Cada uno ama libremente.

— ¿Qué?

— ¿Tú ya has hecho los deberes?

— No. Iba a hacerlos ahora.

— Ya, siempre es ahora. Vete a tu cuarto. Estudia. Y piensa lo que vas a ser de mayor.

— Seré viejo.

— Antes, antes de ser viejo. Tu hermano lee. No estaría nada mal que se te pegara un poco.

— A ese sí que le pegaba yo...

— Venga, a tu cuarto. O te daremos en adopción. Va en serio. En una gasolinera.

— Joe...

— Venga, no te hagas el remolón. Si quieres que tus padres te quieran, tendrás que ganártelo.

- Pues que sepas que yo quiero más a mamá.


Imagen: Miguel Ángel Ayuste

lunes, 18 de octubre de 2010

Historias de un viaje a Marruecos


Capítulo 2
Mear en el polvo de las carreteras



Aquel conductor tenía pinta de haber recibido un encargo pesado. Un engorro de última hora que le haría llegar tarde a casa a la hora de cenar. El último mono al que le toca pringar en el día con más viento del año. Hacer un viaje de casi cuatro horas de ida y vuelta desde Tánger a Chefchaouen. Todo por 45 euros (450 dirham).

La caja de cambios se atragantaba cuando el taxista tenía que meter primera. Primera para subir las cuestas más empinadas con su Mercedes de los años 80. Para levantar el vuelo con seis personas a bordo. Un camino peculiar hacia el sur entre las ciudades de El Fenderk y Umeras.

La carretera hasta la ciudad azul de Chefchaouen está mucho mejor asfaltada que algunas de las vías de Extremadura o Andalucía. Apenas hay limitadores de velocidad, pero tampoco los tiene Alemania. Con la visita del rey Mohamed VI a la ciudad en 2009, todas las vías de comunicación se vistieron de gala para la ocasión. Se pusieron parches, se dio un poco de abrillantador y cera al asfalto y la cosa funcionó.

Cuando los coches del rey se marcharon, levantaron una polvareda que descubrió el maquillaje del sábado noche. La cara de un domingo recién levantado. El camino entre Tánger y Chefchaouen es una ruta de obras, polvo y ladrillo deshecho. Parecen pueblos fantasmas. Desde el taxi, uno parece estar dentro de una atracción de bromas pesadas. Con las ventanillas subidas. Fuera, los carniceros se sientan en las terrazas de sus locales con corderos abiertos en canal. Pollos despellejados encima del mostrador, al aire libre. Occidentales sorprendidos por chorradas como esas.

Los niños vuelven de la escuela. Juegan con un rebaño de 20 cabras y se montan en las carretillas de obra. Algunos se sientan en ningún lado y cuando pasas te preguntan con los ojos si es necesario tener algo que hacer. Observan el paso de los coches y te cruzan la mirada. Como en los safaris.

El Fenderk y Umeras parecen pueblos de western. Localidades para tipos que sólo están de paso. Con ganaderos, agricultores y ancianas que cargan leña. Tipos envueltos en chilabas de un lado para otro. Quizás los que luego venden sus tomates en España. Quizá no.

El taxista no era amante de la gesticulación. Prestaba atención a la carretera y cambiaba de emisora cada quince minutos. Con el viento y las ventanillas bajadas casi no se podía escuchar. "¿Quiere una galleta?". Le acercamos. "Uhm", gruñó. Alargó sus dedos de embutido y se los metió en la boca. Luego cogió otra y se limpió las manos en su jersey de lana. Como en los safaris.

Detrás, la pareja de enamorados que había pagado 150 dh por el viaje no paraba de tirarse fotos. Fotos de Facebook e inventos occidentales. El chico era de Tánger y ella española. Habían venido para pasar unos días de vacaciones. Él llevaba unas gafas de sol y no prestó demasiada atención a los niños y cabras.

El Mercedes seguía rugiendo en cada una de las cuestas. Compartiendo carretera con automóviles BMW's y Volkswagen's de último modelo. La pura excepción. Uno se pregunta a qué se dedican aquellos que conducen ese tipo de coches. Qué es lo que harán para subir en tercera.

El que mueve el volante de nuestro coche mira por el retrovisor y se hace a un lado de la carretera. Para el contacto y abre el maletero. De espaldas, mea sobre la gravilla después de una hora y cuarto de viaje. Vuelve, cierra el maletero y enciende el motor. En el copiloto dos personas y otras tres detrás. Aguardando para llegar antes de que anochezca en la ciudad azul.

Media hora más tardaría en llegar el Mercedes. Se lo tomaría con calma para subir las empinadas cuestas que llevan a Chefchaouen. Ya no hay polvo ni cabras ni niños sin nada que hacer. Hay una puerta simbólica de entrada a un pueblo edificado sobre una elevación que se defendió de los portugueses, las tribus rebeldes bereberes y los españoles. Un pueblo especial donde puede que al bajar del taxi, uno inicie su primera conversación. "Bienvenidos. ¿Españoles? ¿Vascos? Sabemos castellano. La frontera... a 14 kilómetros". Su nombre es Alin.


Imagen: Ana P. Bosque

lunes, 11 de octubre de 2010

Historias de un viaje a Marruecos


Capítulo 1
El aterrizaje



7 de abril de un miércoles ventoso en Tánger. "Les rogamos precaución al salir del avión por el fuerte viento, agárrense bien a las barandillas de la escalera". El aeropuerto de Tánger es un edificio moderno. El suelo es de mármol y la cadena de los servicios se activa de manera automática. Las personas que sellan los pasaportes son todas mujeres. Fuera, la bandera de Marruecos se agita al mismo ritmo de las palmeras. Lugar donde esperan los taxistas, ávidos por captar clientes occidentales de gruesas carteras.

Hassan es uno de ellos. Conduce un Mercedes de 1980 y maneja a la perfección el arte del regateo. En Marruecos, casi todos saben regatear y se llaman Mohamed o Hassan. Su oferta: 15 euros (150 dirham) por llevarnos desde el aeropuerto al centro de la ciudad a través de la larga avenida Moulay Ismail. 5'5 kilómetros. Hecho.

El taxi era viejo. De morro alargado, las ventanillas y la puerta no cerraban del todo y los asientos estaban rasgados. "¿Tú de dónde?". "Pamplona, San Fermines". "Sí, sí, yo conozco. ¿Osasuna? Yo conozco. ¡Camacho!". En Marruecos, el fútbol de la liga española se vive de manera casi más intensa que en la península. 4 días más tarde, el 10 de abril, se disputaría el partido del siglo. Real Madrid - Barcelona, la lucha por la liga. Hassan era merengue. Un merengue marroquí que conducía un taxi.

Llegamos a la estación de autobuses 15 minutos más tarde. Por el camino, a través de la kilométrica avenida Moulay Ismail, los niños se subían a la parte trasera de las furgonetas y hacían viajes de balde. Las carreteras no tienen pintura, en las rotondas la preferencia la tiene el más listo y las señales son un invento occidental que todavía no les ha conquistado. A ambos lados de la avenida, edificios a medio construir y estructuras desnudas parecen decir que en un tiempo alguien lo intentó pero salió corriendo al ver que no tenía más fuerzas.

El centro de Tánger es uno de los sitios más concurridos de la ciudad. Las arterias de asfalto que rodean a la estación tienen una circulación caótica y prensada. Sólo un loco recién salido del manicomio en un mal día de otoño sería capaz de atreverse a cruzarlas. Y sin embargo allí todo el mundo se atreve. Para entrar a la estación, no hay otra alternativa.

La estación de autobuses es un lugar oscuro. Fuera los taxis intentan atrapar clientes y dentro las compañías de autobuses buscan venderte el chollo del año. Los occidentales son carne de cañón. Y como tal, deben saber que los marroquís sólo intentan ganarse la vida. Aceptan euros, dólares y cualquier tipo de unidad monetaria. Aunque es más aconsejable moverse con dirhams, la moneda del país.

Conseguir cambio es otra de las aventuras de Tánger. En nuestra expedición, decidimos preguntar a un policía, que asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano para que le siguiéramos. Salió de la oscura estación, saludó a un pobre hombre que había en la puerta, le cogió de la mano y puso un pie en la congestionada carretera. Un loco recién salido del manicomio. Estiró el brazo, hizo la señal de alto, los coches frenaron en seco y nosotros pudimos cruzar. El policía asintió con su gorra a los conductores que habían parado y nos llevó hasta una gasolinera que había al otro lado de la vía.

"Él os dará cambio". El agente señaló a un gasolinero que paró lo que estaba haciendo para atendernos. "Queremos cambiar dinero", dijimos. "¿Cuánto?", preguntó él. "150 euros". "De acuerdo". Abrió su riñonera, pellizcó unos cuantos billetes y nos los ofreció. Contamos cuánto había e hicimos el cambio con la calculadora del móvil. Él nos miró. "Podéis contarlo, está todo". Tenía razón, hasta el último dirham (dh). El gasolinero rompió el hielo de nuestra desconfiada incomodidad. "¿Madrid o Barça?", preguntó en un correcto español. "Buen partido el domingo", dijo otro, que no sabía que el encuentro finalmente se jugaría el sábado.

Con el cambio en los bolsillos, fuimos a por otro taxi. Nuestro destino, Chefchaouen, una pequeña ciudad de montaña a 113 kilómetros de Tánger de casas azules recorrida por un río que lo reverdece todo. 600, 500, 400 dirham como mínimo fue la oferta de un taxista de barba espinosa y excepcional francés que defendía que allí "los taxis valen lo mismo que en Europa". Al cambiar su discurso al castellano, también lo hizo su oferta: 300 dh (30 euros), que nosotros aceptamos. El precio en autobús por el mismo trayecto es de 30 dh (3 euros).

Compartimos expedición con una pareja marroquí a la que el viaje le salió por 150 dh. Seis personas, incluyendo al chófer, en un mismo coche. Dos en el asiento de adelante, tres en el de atrás. El hombre, de conducción lenta y gestos pesados, también movía el volante de un Mercedes de 1980. En aquel día ventoso, llevaba puesto un jersey de lana y había decorado su coche con una pegatina de PIONNER, una foto de Penélope Cruz y tres fotos de playas de arenas espumosas. Allí no se llevan las vírgenes. En la radio, un hombre relataba historias en árabe de algo parecido a una oración mientras daba paso a varias canciones. 1 hora y 45 minutos después, llegaríamos al pueblo azul.


Imagen: Ana P. Bosque

viernes, 24 de septiembre de 2010

La huida


Había fútbol en la televisión. Salía con prisa de casa y mi abuelo, mi padre y mi tío estaban sentados alrededor de la televisión. Con los pantalones remangados, los calcetines subidos y las manos sobre las rodillas. Debatiendo asuntos trascendentales, cosas que no se pueden dejar para mañana. "¿No lo ves? ¿Es que no lo ves? Él es el único que corre la banda. Escupe, da patadas, se deja el pecho por el escudo. Eso es lo que apreciamos la gente de aquí".

Tenía prisa. No suelo medir bien el tiempo. Media hora me parece una eternidad pero veinte minutos nunca son suficientes. Siempre me toca esperar o hago que me esperen demasiado. Aquel día no era el momento de fallar. Se lo había prometido. "No tardaré. Estaré aquí como un clavo a las cinco de la tarde. Lo prometo".

Eran menos diez y todavía tenía que coger el tranvía. Atravesar la gran avenida de la Calle Mayor y pararme a recoger aquellas flores. No había tiempo. Imposible. Salté del tranvía con los brazos abiertos y me pareció estar en una película. Una de esas películas antiguas en las que los malos se apean del tren sujetándose el sombrero.

Floristería Santa Bárbara. Aquel cartel llevaba décadas colgado de ahí. Siglos incluso. Se solía mover con el viento cuando yo era pequeño. La imagen más común: ancianos sentados a lo largo de la calle, gritando y secándose el sudor con un pañuelo mientras aquel cartel no paraba de sonar. "Chi, chi, chi".

Salí con unas rosas rojas. "Quiero éstas". "¿Rosas, caballero?". "Sí". A todo el mundo le gustan las rosas. Eran las cinco en punto. Me quedaba bajar por los bares del flaco Mauricio, siempre con aquel delantal. "Todo esto lo he levantado yo con mi esfuerzo. Nadie me ha ayudado ni me ha dado nada. Así que no me pidan algo sin haberlo intentado". La calle estaba llena de bares, y todos pertenecían a Mauricio. En las puertas y terrazas, los hombres pasaban su lengua por los labios mientras observaban la jugada de cartas.

Pasé corriendo y no les hice ni caso. Algunas tardes solía pararme a ver las partidas. Cuando jugaba mi primo, me ponía detrás y le chivaba la mano del resto de jugadores alisándome el flequillo. Aquella tarde lo llevaba destrozado. Se movía de un lado para otro mientras corría y pensé de nuevo en aquellos hombres malos que saltaban de los trenes. Y en sus gorros. Me imaginaba corriendo calle abajo con un sombrero y dos pistolas en las axilas.

Cuando llegué allí no había nadie. Sólo una persona mayor, tan recta y enclavada como un edificio recién construido. Mirando al suelo como si estuviera comprobando la distancia entre su cabeza y la tierra. Como el tipo que mira al río desde un puente antes de acabar con su vida.

"¿Rosas? Mira que eres bruto. ¿Qué tal estás?". Estaba detrás de mí. Se apretaba las manos e intentaba mirar a un lado que no fueran mis ojos. Como esquivando balazos. Hacía casi dos meses desde la última vez. "Estaré a las cinco, lo prometo". Desde aquel día no había faltado ni un solo año, pero nos veíamos poco. "Me gusta que estés aquí, de verdad".

Verla era como un recuerdo del pasado. La foto que redescubres haciendo limpieza. Esa foto en la que uno se ve más guapo y piensa que las cosas ya no son lo que eran. Ella solía descalzarse cuando entraba en mi coche y fumaba echando el aire siempre por la nariz. Todo aquello resultaba muy sexy.

Pero cuando llegó lo de su padre, todavía era lunes. En las pelis siempre hay alguien que muere. ¿Pero qué pasa después? No supe qué hacer con ella. Cuando la vi vestida así, de negro, sin los labios pintados y con aquella cara, quise huir como huyen los malos después de atracar un banco.

Ahora bajo apresurado una vez al año para disculparme. Supongo que es para eso. Qué más da si soy un cobarde. Sobreviví y ella también. Así que los dos salimos ganando. No cogí sus llamadas. Tampoco la acompañé a la mesa una vez mientras tomaba café. Pero y qué. No me gustan las flores. Quería seguir viendo los partidos en televisión y poder pararme a ojear las jugadas de naipes. Y aquel día, no lo pude hacer.


Imagen: Keith Davis Young

Otoño

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ceguera



— Buenos días, doctor.

— Muy buenos días. ¿Qué tal se encuentra?

— Mal. Me pasa algo raro.

— ¿De qué se trata?

— Son los sueños.

— ¿No puede dormir?

— Sí, sí duermo. Pero no veo nada.

— ¿Cómo?

— Cuando me duermo... no veo nada.

— ¿Quizás porque tiene los ojos cerrados?

— No me refiero a eso. Verá. Cuando duermo, soy ciego en mis sueños. No puedo ver. Camino por las calles a oscuras. Palpo las paredes con tacto. No veo quién me habla. No veo nada.

— ¿Desde hace cuánto?

— Quizás una semana. Puede que dos. No lo sé realmente. Pero necesito recuperar mis sueños. Por favor, necesito verlos.

— Peor hubiera sido que usted se quedara ciego aquí mismo.

— Evidentemente. Pero quiero saber si hay algo que se pueda hacer.

— Nunca habíamos tenido un paciente con este problema. No sé qué podríamos... ¿De verdad que no ve nada?

— Nada. Negro. Todo negro.

— ¿Y con qué solía usted soñar?

— ¿Yo? No sé, cosas increíbles. Viajes a planetas desconocidos. Aventuras por el desierto. Conquistas espaciales. Expediciones a la Luna. Una vez soñé que tenía seis brazos y me salían tantos ojos como a una araña.

— Vaya, sería usted un hombre afortunado.

— Ya lo creo. Descansaba y disfrutaba. Por eso quiero recuperar todo aquello. ¿Se imagina usted a alguien yendo a la Luna con un palo de ciego? No tiene sentido.

— Pero me temo que yo no puedo ayudarle. Nunca habíamos tenido algo así. Se ha quedado usted ciego en los sueños, ¿sabe? No es algo común. La gente sueña en tres dimensiones, con dolby soundround.

— ¿Entonces no hará nada?

— No. No veo qué puedo hacer. Tendrá usted que acostumbrarse a sus nuevos sueños. Y con el tiempo, tendrá que aprender a disfrutarlos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Juana la loca


Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Estábamos en segundo de la ESO. Una etapa anestésica de la vida en la que lo irrelevante se convierte en vital y en la que lo vital se guarda para más adelante. Un curso difícil aquel. "En el que más alborotados estáis", nos solían decir los profesores. Tenían razón, pero no todos. No debes matar de aburrimiento a un chaval y echarle en cara su analfabetismo para conseguir salvarte.

Nuestro profesor de lengua, sin embargo, no era uno de esos. Él consiguió, y espero que lo siga haciendo, que sus alumnos recuerden su nombre cuando ya son mayores. Un día, aquel día, por el que he comenzado este texto, llegó a clase con un radio casette. Por lo general, la llegada de aquel viejo trasto significaba en otras asignaturas un verdadero suplicio. Aquel día, sin decir nada, él nos puso esto.


Después de toda una vida de oficina y disimulo
Después de toda una vida sin poder mover el culo
Después de toda una vida viendo a la gente decente
Burlarse de los que buscan amor a contracorriente
Después de toda una vida en un triste devaneo
Coleccionando miradas en el desván del deseo…
De pronto un día
Pasaste de pensar qué pensarían
Si lo supieran
Tu mujer, tus hijos, tu portera.
Y te fuiste a la calle
Con tacones y bolso y Felipe el Hermoso por el talle.

Desde que te pintas la boca
En vez de Don Juan te llamamos Juana la loca

Después de toda una vida sublimando los instintos
Tomando gato por liebre; negando que eres distinto
Después de toda una vida poniendo diques al mar,
Trabajador intachable, esposo y padre ejemplar.
Después de toda una vida sin poder sacar las plumas
Soñando cuerpos desnudos entre sábanas de espuma…
De pronto un día
Pasaste de pensar qué
pensarían
Si lo supieran
Tu mujer, tus hijos, tu portera
Que en el cine Carretas
Una mano de hombre cada noche busca en tu bragueta.

Desde que te pintas la boca
En vez de Don Juan te llamamos Juana la loca.

Juana La Loca (Joaquín Sabina. Ruleta Rusa, 1984)


Cuando terminó, todos nos miramos. Después, él nos preguntó si habíamos entendido el sentido de la letra. Lo que el cantante quería decir. El significado último de sus palabras. Nos explicó que las canciones siempre tienen un trasfondo. Que intentan decir algo. Y eso es lo que me quedó muy claro aquel día cuando entró Sabina en clase, el cantante privado para mi familia desde hacía ya muchos años en nuestro Seat Málaga Injection.

¿"Desde que te pintas la boca, en vez de Don Juan, te llamamos Juana la Loca"? Aquella letra... Me costó un tiempo caer en la cuenta. Por aquel entonces había temas que desconocía y... la verdad, era un chaval un poco tonto y pasmado.

Cuando al final descubrí lo que el flaco de Úbeda quería decir, rebusqué en todas sus letras, sus discos, me acerqué a Silvio Rodríguez y Los Secretos y... por fin, supe que las canciones podían decir muchas cosas. Y así, es como aprendí lengua y literatura.

Imagen: Juan Ignacios

jueves, 16 de septiembre de 2010

De crisis y acrobacias

Los sueldos y los gastos de un sector de la población al que solo el ingenio salva de la ruina.

Se ha hablado mucho en los últimos meses de la lacra social que supone la juventud de hoy día. Términos tremendamente imaginativos como el de “Generación Ni-Ni” (Ni estudio, Ni trabajo), parecen dejar claro que los días de padres orgullosos e hijos bien peinados llegan a su fin. Sin embargo, también es posible que no nos encontremos ante el fin de la sociedad tal y como la conocemos. Muchos aplaudirían hoy aquella cita que decía: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada. Los hijos no respetan ni escuchan ya los consejos de sus mayores. El fin de los tiempos está cerca.” Una frase que parece describir la vida hoy en día, y que se encontró labrada en piedra en Caldeo. Data del 2000 a.C.

Sin embargo, al margen de esta penosa situación y como en casi todas las cosas, encontramos una alternativa. Aquellos que han sido llamados la “Generación No-No” (No estudias, No sales). Estudiantes que han acabado el Bachillerato en su momento, o con un par de años de retraso como mucho. Gente que hizo selectividad y escogió una universidad como la mejor opción de futuro. Son estos jóvenes desapercibidos los que tendrán en un futuro la responsabilidad de sacar a España de una crisis como en la que se encuentra en la actualidad. Y no podría encontrarse a nadie tan preparado para sobrellevar un receso económico.

Precisamente, dentro de este grupo se encuentra el potencial necesario para salir de esta situación y de otras parecidas. Veamos cómo estos actores del panorama nacional son capaces de sobrevivir en situaciones adversas con recursos mínimos.

El alto porcentaje de universitarios que dejan su ciudad para estudiar limita completamente el tutelaje paterno, así como la acostumbrada manutención y respaldo económico. En esta situación, por lo general se concede al estudiante un sueldo mensual, que además servirá, en algunos casos, para pagar el alquiler de un piso, la electricidad, el agua…

Estos sueldos nunca son demasiado amplios, dando fama de grandes ahorradores a quienes lo reciben. Por lo general, después de pagar los gastos de la vivienda, la residencia o el colegio mayor, los estudiantes disponen de una cantidad entre los 70 y los 100 euros para gastos personales.

Bien gestionado, 25 euros por semana no es nada despreciable, teniendo en cuenta que los gastos mínimos (alojamiento y comidas) ya están cubiertos. Pero analicemos ahora como si de una administración gubernamental se tratase, el reparto del dinero.

Supongamos pues que después de las asignaciones al Ministerio de Vivienda, el estudiante/presidente prepara el presupuesto mensual. En numerosos casos se descuenta el impuesto sobre el tabaco, que a razón de 3.30 € cada, digamos, tres días, dan un total de más de 30 € solo en tabaco. Además, los gastos de movilidad aumentan. Son más los estudiantes que se mueven en transporte público que los que lo hacen en vehículo propio. Así pues, asumamos que la movilidad solo es necesaria para los viajes del domicilio al centro de estudios, y que cada viaje consta de un solo transporte, sin trasbordo (observará el lector que todas las aproximaciones se hacen por lo bajo). El abono mensual cuesta 29,50€, y en caso de no poder permitírnoslo (o de realizar menos viajes de los establecidos), el “metrobús” estándar de 9€ y 10 viajes suele ser la segunda opción más cotizada. Basándonos en esto, calculemos al menos 2 vales al mes. El impuesto sobre la movilidad queda entonces sufragado.

El Ministerio de Cultura se limita al cine, puesto que el teatro o algún otro espectáculo que se salga de un mimo asaltando al estudiante en el metro (por lo general, con un coste de 0,20€) queda fuera de las posibilidades del mismo. El cine cuesta, como mínimo, 4.50€ en la ciudad de Madrid. Supongamos ahora que solo dos de las 4 semanas del mes lo dedicaremos a este divertimento.

El impuesto sobre el alcohol también es un dato a tener en cuenta. Un joven suele gastarse entre 15 y 30 euros en una noche festiva media. Supongamos ahora que solo son 15€, y que solo son dos noches al mes las que el estudiante disfruta de este divertimento.

Ahora sumémosle presupuestos extras, como el del Ministerio de Sanidad (productos de higiene y cosméticos, cortes de pelo…), el de Agricultura y Pesca (que a un estudiante le den calabazas o que la interesada pique, dependerá también de cómo de generoso se muestre) o el de Turismo (los viajes a casa no son baratos, así que deben estar limitados en medida de lo posible).

Además, deben sumarse a esto las comidas no programadas, como parte del programa establecido. Tanto si es en la cafetería de la facultad (7€ aprox.) como si es en un restaurante (15€ min.) alguna vez el estudiante se saldrá del programa, probablemente con asiduidad.

Como comprobará el precavido lector que lleve la cuenta, el umbral del pago establecido queda pronto ampliamente superado. Es por esto que el estudiante, lazarillo inquieto e ingenioso, ha desarrollado formas de aumentar su capacidad adquisitiva. Desde la donación de esperma (50 € semanales si se pasa el proceso de selección) hasta las clases particulares (entre 6 y 9 euros la hora), los trabajos sencillos ayudan al estudiante a hacer frente a un porvenir incierto de cuentas al descubierto y números rojos.

Pese a esto, en la gran mayoría de las ocasiones y sin trabajos que valgan, solo el ingenio y el buen hacer se interponen entre nuestro artista y la ira de su paternal mecenas.