jueves, 27 de enero de 2011

El candado



— Ven, cariño, ven. ¡Corre, una foto!

— ¿Una foto? ¿Qué haces?

— Calla, ven, júntate a mí. Mira arriba.

— ¿Pero qué quieres hacer?

— Una foto, chico, una foto. Bésame.

— ¿Que te bese? ¿Pero no íbamos a hacernos una foto?

— Sí, una foto besándonos, leñe. No es tan difícil.

— Pero para qué queremos una foto besándonos. ¿Qué piensas hacer con ella? ¿La gente ve esas cosas por internet?

— Esto es para ti y para mí, hombre. Solo para nosotros. Y como mucho luego la cuelgo en Facebook.

— ¿Como mucho? ¿Y luego mis contactos me verán besándote?

— Pues claro, hombre. ¿O es que no quieres que te vean besándote conmigo?

— Hombre... pues que yo recuerde no les invitamos a que duerman también con nosotros. Es por respeto. Ahorrémoselo. Y eso que yo beso bien.

— ¿Me lo estás diciendo en serio?

— ¿Qué quieres, un beso? Si yo te lo doy, mujer. Sé que lo haces para romper la rutina, la monotonía... pero es que yo soy un clásico. Además ahora la gente en internet se masturba con unas cosas muy raras.

— ¿Tú eres tonto, o te lo haces? Todo el mundo se hace fotos con la persona a quien ama. Es una forma de demostrar a los demás lo que sentimos el uno por el otro.

— Pero si he traído comida china. Me he duchado. Te lo demuestro cada día. La gente ve que voy limpio y recién afeitado.

— A veces pienso que me tomas el pelo...

— No. Lo digo en serio.

— Pues la gente hace este tipo de cosas. Se compran flores, cierran candados con su nombre en un puente...

— ¿Candados?

— Sí, candados.

— ¿Y candados para qué?

— Para demostrarse su amor, la unión de las dos personas, la fusión inquebrantable... no te enteras.

— ¿Candados, de verdad?

— Vete por ahí. Si no quieres hacerte una foto conmigo no te la hagas. Pero luego no me pidas otras cosas.

— "Otras cosas". Por una foto...

— Sí, por una foto. No. Pero no, no es sólo por una foto. ¡No es una foto, leñe! No te enteras de nada.

— Anda, ven, no te pongas así.

— Me pongo como quiero. Vete por ahí. No me toques. No, no me abraces. Quita. En serio.

— Venga va, perdona. Entiéndeme. Es que seguro que pongo una cara muy tonta cuando te estoy besando. Tendrías que verte como te pones cuando yo abro los ojos.


Imagen: Rcoses

lunes, 27 de diciembre de 2010

A las 8 de la tarde


Un día antes de llegar a la ciudad, la mujer del gobernador llamó a la peluquería de Joaquina para saber si sería posible que ella, la jefa, le peinara dos horas antes de la cena de final de año. Una cena con altos mandatarios, hijos vestidos de militar y mujeres empolvadas. Claro, ella dijo que sí. Colgó temblando el teléfono y se quedó mirando al suelo durante varios minutos. Luego reaccionó, tuvo un escalofrío y sólo dijo una cosa: "El día 31, aquí no se coge fiesta ni el tato".


Cerró la peluquería a las ocho de la tarde. Estuvo mirando la fecha de caducidad de los botes de champú del escaparate, pasó la escobilla al váter y puso un par de calendarios del 2011 sobre el mostrador. Luego llamó a Herminia para que al día siguiente, por la mañana, no olvidara limpiar los espejos después de pasar el aspirador a todo el suelo. "El aspirador, que no la escoba, que siempre se quedan pelos".


Cuando llegó a casa, Casimiro estaba destrozado. Algunos días, cuando no le apetecía deambular por las calles con su taxi, solía irse al aeropuerto para cazar algún guiri despistado. La espera era larga hasta que llegaba su turno entre tanto caza-cliente. Puede que casi de una hora. Pero el destino del recién aterrizado solía ser tan suculento que la espera merecía le pena. Aquel día, sin embargo, la viajera que se montó resultó ser de la ciudad y no viajó más de unas pocas manzanas. El resultado fue un tiempo y un dinero perdidos.


Joaquina dio su buena nueva nada más entrar por la puerta. "Casimiro, que viene la mujer del gobernador, que viene. ¡Que ha llamado a la peluquería, que quiere que la peine yo!". "¿Y esa quién es?", le dijo él. "¿Pero tú no lees las revistas? La rubia alta, la de los caballos y los perros". "¿Y qué tal paga?". "Le haré un precio especial, a ver si después vienen sus amigas". "Ya me pasaré por allí, que vea lo que es un buen claxon".


Casimiro tenía una afición extraña. Se aburría, se aburría soberanamente en el taxi. Pero una cosa le alegraba los días. Cuando salía de casa después de comer, se calzaba la gorra y después de darle un beso a Joaquina siempre le decía: "A las ocho, cariño, paso por la peluquería y te toco la bocina. Para que sepas que estoy bien".


Joaquina casi nunca oía la bocina de su marido. Entre secadores y tertulias del corazón nunca se podía oír lo que pasaba ahí fuera. Una vez un gato se suicidó desde un quinto piso y cayó sobre el cristal de un coche, que justo en ese momento se encontraba ocupado por un hombre y una mujer. El felino resultó tener tal sobrepeso que rompió la luna del vehículo y ambos pasajeros quedaron gravemente asustados. Dentro, Joaquina se enteró de lo ocurrido al día siguiente. Nunca escuchaba el bocinazo de Casimiro. Y siempre, al volver, le daba un beso a su marido y le decía que sí, "cariño", que le había oído al pasar, “como siempre”.

Aquel día, cuando la peluquera llegó a casa y dio la noticia de la mujer del gobernador a su marido, lo primero en lo que pensó fue en el claxon. En un prologando y estruendoso bocinazo elegido para la ocasión que aquel día sí, por fin, se escucharía dentro de la peluquería y alteraría el orden de quien peinaba y sobre todo, de quien iba a ser peinada. "De verdad, cariño, es mejor que el día 31 no pases por la puerta. Ve por otros sitios, termina antes, ve a casa y espérame a que llegue yo para cenar y tomamos juntos las uvas".

Casimiro enfiló con terquedad el pasillo de su casa el último día del año y cerró la puerta sin decir adiós. Sin decir que a las ocho, "cariño", pasaría por la peluquería para tocar la bocina. Para que no se preocupara. Limpió el coche por dentro, también los cristales y usó un pequeño aspirador para quitar los pelos del asiento. Luego se fue al aeropuerto y leyó el AS durante casi una hora con la calefacción puesta.


"A la Calle del Olvido", le dijo un hombre con acento de la ciudad mientras se metía en el coche. Casimiro miró por el retrovisor y cerró la última página del periódico después de comprobar qué daban por televisión aquella noche. El destino no estaba a más de 10 minutos. Con suerte, alguien se montaría en la siguiente parada con un destino más rentable. Y si no, ya estaba cansado, se iría a casa, pondría la tele y esperaría a Joaquina para cenar y tomar las uvas juntos.

Aquel hombre con acento de la ciudad se bajó en su parada y mientras Casimiro le devolvía el cambio, un hombre a lo lejos levantó la mano mientras a su paso dejaba una nube de vapor que le salía por la nariz y la boca. Iba de negro, traje, gabardina y llevaba unos guantes. "Muy buenas tardes, a la Calle Mayor, por favor". El hombre se sentó detrás y como el taxista había estacionado en doble fila delante de un coche, los faros le deslumbraron y no acertó a ver la cara de su cliente. Casimiro se puso en marcha y enfiló la avenida principal. Parecía un buen botín.

"¿Cómo le va con el taxi en un día como éste?", dijo la voz de atrás rompiendo el silencio. "Pues tirando, tirando, como siempre", contestó él, "ya sabe". Casimiro miró primero los guantes por el retrovisor y después fue subiendo por la corbata hasta llegar a la barbilla. Eran unos ojos comunes. El gobernador se había montado en su taxi. "Tengo a mi esposa en la peluquería. Ya sabe, a nosotros nos basta con un peine y ellas necesitan estar arregladas". Casimiro no dijo nada. Sonrió y paró en todos los semáforos para comprobar si los niños que se sentaban en los asientos traseros de los coches de al lado señalaban al suyo.

Cuando llegó a la peluquería de su mujer eran las nueve de la noche. Aparcó detrás de un coche negro con los cristales tintados y se quedó hablando con el gobernador durante varios minutos. "Siempre hay que esperarlas, ¿verdad? Viene en el contrato. Siempre nos gusta que estén guapas. Me dijo que estaría lista en... unos cinco minutos. No entraré a molestarla. ¿Le importa que me quedé aquí con usted?".


"Ni mucho menos", respondió Casimiro, "quédese el tiempo que quiera". Fueron 10 minutos. La mujer del gobernador salió dándole dos besos a Joaquina mientras le apretaba efusivamente las dos manos. El político pagó religiosamente y fue a coger a su mujer del brazo. Le ayudó a meterse dentro del coche negro y el bólido salió pitando en dirección contraria. Joaquina se quedó con el brazo levantado, moviendo la mano de un lado para otro, despidiendo a su mejor clienta.

Casimiro esperaba dentro del taxi mientras lo veía todo. Como un agente secreto. Observó a Joaquina, miró al reloj y después la volvió a mirar a ella. Luego no hizo nada más. Ella apagó las luces, las peluqueras se fueron con sus familias y Joaquina se quedó recogiendo los secadores, los rulos y los peines. A las 10 de la noche todo se había acabado, sacó del bolsillo las llaves y cerró. Entonces Casimiro salió del taxi.

"¿Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido? ¿Qué tal el día? Pensaba que querrías que viniera a buscarte". Las luces de emergencia del taxi parpadeaban en doble fila. "Estoy molida, agotada, la verdad. Pero ha sido el mejor día de mi vida. La hemos dejado guapísima. ¿Y a que no sabes qué?". "¿Qué?", le preguntó él. "El gobernador, agárrate, ha venido a buscarle a la peluquería". Casimiro le cogió de la mano y le ayudó a bajar el escalón. “¿De verdad? Vamos, me lo cuentas por el camino".


Imagen: Eugenio Swett

martes, 14 de diciembre de 2010

Te quiero mucho



— Papá, papá, a quién quieres más, ¿al tato o a mí?

— Al tato, por supuesto.

— ¿De verdad?

— Sí.

— Pero...

— Hijo, no paras de dar la brasa todos los días con estas preguntitas. Deja ya de preguntar. Mira tu hermano, está ahí callado y no molesta.

— Es un triste.

— No. Saca buenas notas. Será un hombre de provecho. Tú te inyectarás heroína. Por eso tu madre y yo le queremos más que a ti.

— ¿Mucho más?

— Muchísimo más. Si comparáramos cuánto le queremos a él y cuánto a ti, la diferencia no entraría en esta habitación.

— Si lo sé no nazco.

— Ya lo creo. Pasas horas debajo de la ducha. Y el móvil. No lo usas para hablar, haces conferencias.

— Papá, es que yo tengo amigos. No cómo ese.

— Tú que vas a tener. Esos no son amigos. ¿Jaime? ¡Pero si es pelirrojo!

— Pues que sepas que Jaime es mi mejor amigo y nos llevamos muy bien.

— ¿Sí?

— Sí.

— Siempre te respetaremos en ese tema. Cada uno ama libremente.

— ¿Qué?

— ¿Tú ya has hecho los deberes?

— No. Iba a hacerlos ahora.

— Ya, siempre es ahora. Vete a tu cuarto. Estudia. Y piensa lo que vas a ser de mayor.

— Seré viejo.

— Antes, antes de ser viejo. Tu hermano lee. No estaría nada mal que se te pegara un poco.

— A ese sí que le pegaba yo...

— Venga, a tu cuarto. O te daremos en adopción. Va en serio. En una gasolinera.

— Joe...

— Venga, no te hagas el remolón. Si quieres que tus padres te quieran, tendrás que ganártelo.

- Pues que sepas que yo quiero más a mamá.


Imagen: Miguel Ángel Ayuste

lunes, 18 de octubre de 2010

Historias de un viaje a Marruecos


Capítulo 2
Mear en el polvo de las carreteras



Aquel conductor tenía pinta de haber recibido un encargo pesado. Un engorro de última hora que le haría llegar tarde a casa a la hora de cenar. El último mono al que le toca pringar en el día con más viento del año. Hacer un viaje de casi cuatro horas de ida y vuelta desde Tánger a Chefchaouen. Todo por 45 euros (450 dirham).

La caja de cambios se atragantaba cuando el taxista tenía que meter primera. Primera para subir las cuestas más empinadas con su Mercedes de los años 80. Para levantar el vuelo con seis personas a bordo. Un camino peculiar hacia el sur entre las ciudades de El Fenderk y Umeras.

La carretera hasta la ciudad azul de Chefchaouen está mucho mejor asfaltada que algunas de las vías de Extremadura o Andalucía. Apenas hay limitadores de velocidad, pero tampoco los tiene Alemania. Con la visita del rey Mohamed VI a la ciudad en 2009, todas las vías de comunicación se vistieron de gala para la ocasión. Se pusieron parches, se dio un poco de abrillantador y cera al asfalto y la cosa funcionó.

Cuando los coches del rey se marcharon, levantaron una polvareda que descubrió el maquillaje del sábado noche. La cara de un domingo recién levantado. El camino entre Tánger y Chefchaouen es una ruta de obras, polvo y ladrillo deshecho. Parecen pueblos fantasmas. Desde el taxi, uno parece estar dentro de una atracción de bromas pesadas. Con las ventanillas subidas. Fuera, los carniceros se sientan en las terrazas de sus locales con corderos abiertos en canal. Pollos despellejados encima del mostrador, al aire libre. Occidentales sorprendidos por chorradas como esas.

Los niños vuelven de la escuela. Juegan con un rebaño de 20 cabras y se montan en las carretillas de obra. Algunos se sientan en ningún lado y cuando pasas te preguntan con los ojos si es necesario tener algo que hacer. Observan el paso de los coches y te cruzan la mirada. Como en los safaris.

El Fenderk y Umeras parecen pueblos de western. Localidades para tipos que sólo están de paso. Con ganaderos, agricultores y ancianas que cargan leña. Tipos envueltos en chilabas de un lado para otro. Quizás los que luego venden sus tomates en España. Quizá no.

El taxista no era amante de la gesticulación. Prestaba atención a la carretera y cambiaba de emisora cada quince minutos. Con el viento y las ventanillas bajadas casi no se podía escuchar. "¿Quiere una galleta?". Le acercamos. "Uhm", gruñó. Alargó sus dedos de embutido y se los metió en la boca. Luego cogió otra y se limpió las manos en su jersey de lana. Como en los safaris.

Detrás, la pareja de enamorados que había pagado 150 dh por el viaje no paraba de tirarse fotos. Fotos de Facebook e inventos occidentales. El chico era de Tánger y ella española. Habían venido para pasar unos días de vacaciones. Él llevaba unas gafas de sol y no prestó demasiada atención a los niños y cabras.

El Mercedes seguía rugiendo en cada una de las cuestas. Compartiendo carretera con automóviles BMW's y Volkswagen's de último modelo. La pura excepción. Uno se pregunta a qué se dedican aquellos que conducen ese tipo de coches. Qué es lo que harán para subir en tercera.

El que mueve el volante de nuestro coche mira por el retrovisor y se hace a un lado de la carretera. Para el contacto y abre el maletero. De espaldas, mea sobre la gravilla después de una hora y cuarto de viaje. Vuelve, cierra el maletero y enciende el motor. En el copiloto dos personas y otras tres detrás. Aguardando para llegar antes de que anochezca en la ciudad azul.

Media hora más tardaría en llegar el Mercedes. Se lo tomaría con calma para subir las empinadas cuestas que llevan a Chefchaouen. Ya no hay polvo ni cabras ni niños sin nada que hacer. Hay una puerta simbólica de entrada a un pueblo edificado sobre una elevación que se defendió de los portugueses, las tribus rebeldes bereberes y los españoles. Un pueblo especial donde puede que al bajar del taxi, uno inicie su primera conversación. "Bienvenidos. ¿Españoles? ¿Vascos? Sabemos castellano. La frontera... a 14 kilómetros". Su nombre es Alin.


Imagen: Ana P. Bosque

lunes, 11 de octubre de 2010

Historias de un viaje a Marruecos


Capítulo 1
El aterrizaje



7 de abril de un miércoles ventoso en Tánger. "Les rogamos precaución al salir del avión por el fuerte viento, agárrense bien a las barandillas de la escalera". El aeropuerto de Tánger es un edificio moderno. El suelo es de mármol y la cadena de los servicios se activa de manera automática. Las personas que sellan los pasaportes son todas mujeres. Fuera, la bandera de Marruecos se agita al mismo ritmo de las palmeras. Lugar donde esperan los taxistas, ávidos por captar clientes occidentales de gruesas carteras.

Hassan es uno de ellos. Conduce un Mercedes de 1980 y maneja a la perfección el arte del regateo. En Marruecos, casi todos saben regatear y se llaman Mohamed o Hassan. Su oferta: 15 euros (150 dirham) por llevarnos desde el aeropuerto al centro de la ciudad a través de la larga avenida Moulay Ismail. 5'5 kilómetros. Hecho.

El taxi era viejo. De morro alargado, las ventanillas y la puerta no cerraban del todo y los asientos estaban rasgados. "¿Tú de dónde?". "Pamplona, San Fermines". "Sí, sí, yo conozco. ¿Osasuna? Yo conozco. ¡Camacho!". En Marruecos, el fútbol de la liga española se vive de manera casi más intensa que en la península. 4 días más tarde, el 10 de abril, se disputaría el partido del siglo. Real Madrid - Barcelona, la lucha por la liga. Hassan era merengue. Un merengue marroquí que conducía un taxi.

Llegamos a la estación de autobuses 15 minutos más tarde. Por el camino, a través de la kilométrica avenida Moulay Ismail, los niños se subían a la parte trasera de las furgonetas y hacían viajes de balde. Las carreteras no tienen pintura, en las rotondas la preferencia la tiene el más listo y las señales son un invento occidental que todavía no les ha conquistado. A ambos lados de la avenida, edificios a medio construir y estructuras desnudas parecen decir que en un tiempo alguien lo intentó pero salió corriendo al ver que no tenía más fuerzas.

El centro de Tánger es uno de los sitios más concurridos de la ciudad. Las arterias de asfalto que rodean a la estación tienen una circulación caótica y prensada. Sólo un loco recién salido del manicomio en un mal día de otoño sería capaz de atreverse a cruzarlas. Y sin embargo allí todo el mundo se atreve. Para entrar a la estación, no hay otra alternativa.

La estación de autobuses es un lugar oscuro. Fuera los taxis intentan atrapar clientes y dentro las compañías de autobuses buscan venderte el chollo del año. Los occidentales son carne de cañón. Y como tal, deben saber que los marroquís sólo intentan ganarse la vida. Aceptan euros, dólares y cualquier tipo de unidad monetaria. Aunque es más aconsejable moverse con dirhams, la moneda del país.

Conseguir cambio es otra de las aventuras de Tánger. En nuestra expedición, decidimos preguntar a un policía, que asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano para que le siguiéramos. Salió de la oscura estación, saludó a un pobre hombre que había en la puerta, le cogió de la mano y puso un pie en la congestionada carretera. Un loco recién salido del manicomio. Estiró el brazo, hizo la señal de alto, los coches frenaron en seco y nosotros pudimos cruzar. El policía asintió con su gorra a los conductores que habían parado y nos llevó hasta una gasolinera que había al otro lado de la vía.

"Él os dará cambio". El agente señaló a un gasolinero que paró lo que estaba haciendo para atendernos. "Queremos cambiar dinero", dijimos. "¿Cuánto?", preguntó él. "150 euros". "De acuerdo". Abrió su riñonera, pellizcó unos cuantos billetes y nos los ofreció. Contamos cuánto había e hicimos el cambio con la calculadora del móvil. Él nos miró. "Podéis contarlo, está todo". Tenía razón, hasta el último dirham (dh). El gasolinero rompió el hielo de nuestra desconfiada incomodidad. "¿Madrid o Barça?", preguntó en un correcto español. "Buen partido el domingo", dijo otro, que no sabía que el encuentro finalmente se jugaría el sábado.

Con el cambio en los bolsillos, fuimos a por otro taxi. Nuestro destino, Chefchaouen, una pequeña ciudad de montaña a 113 kilómetros de Tánger de casas azules recorrida por un río que lo reverdece todo. 600, 500, 400 dirham como mínimo fue la oferta de un taxista de barba espinosa y excepcional francés que defendía que allí "los taxis valen lo mismo que en Europa". Al cambiar su discurso al castellano, también lo hizo su oferta: 300 dh (30 euros), que nosotros aceptamos. El precio en autobús por el mismo trayecto es de 30 dh (3 euros).

Compartimos expedición con una pareja marroquí a la que el viaje le salió por 150 dh. Seis personas, incluyendo al chófer, en un mismo coche. Dos en el asiento de adelante, tres en el de atrás. El hombre, de conducción lenta y gestos pesados, también movía el volante de un Mercedes de 1980. En aquel día ventoso, llevaba puesto un jersey de lana y había decorado su coche con una pegatina de PIONNER, una foto de Penélope Cruz y tres fotos de playas de arenas espumosas. Allí no se llevan las vírgenes. En la radio, un hombre relataba historias en árabe de algo parecido a una oración mientras daba paso a varias canciones. 1 hora y 45 minutos después, llegaríamos al pueblo azul.


Imagen: Ana P. Bosque

viernes, 24 de septiembre de 2010

La huida


Había fútbol en la televisión. Salía con prisa de casa y mi abuelo, mi padre y mi tío estaban sentados alrededor de la televisión. Con los pantalones remangados, los calcetines subidos y las manos sobre las rodillas. Debatiendo asuntos trascendentales, cosas que no se pueden dejar para mañana. "¿No lo ves? ¿Es que no lo ves? Él es el único que corre la banda. Escupe, da patadas, se deja el pecho por el escudo. Eso es lo que apreciamos la gente de aquí".

Tenía prisa. No suelo medir bien el tiempo. Media hora me parece una eternidad pero veinte minutos nunca son suficientes. Siempre me toca esperar o hago que me esperen demasiado. Aquel día no era el momento de fallar. Se lo había prometido. "No tardaré. Estaré aquí como un clavo a las cinco de la tarde. Lo prometo".

Eran menos diez y todavía tenía que coger el tranvía. Atravesar la gran avenida de la Calle Mayor y pararme a recoger aquellas flores. No había tiempo. Imposible. Salté del tranvía con los brazos abiertos y me pareció estar en una película. Una de esas películas antiguas en las que los malos se apean del tren sujetándose el sombrero.

Floristería Santa Bárbara. Aquel cartel llevaba décadas colgado de ahí. Siglos incluso. Se solía mover con el viento cuando yo era pequeño. La imagen más común: ancianos sentados a lo largo de la calle, gritando y secándose el sudor con un pañuelo mientras aquel cartel no paraba de sonar. "Chi, chi, chi".

Salí con unas rosas rojas. "Quiero éstas". "¿Rosas, caballero?". "Sí". A todo el mundo le gustan las rosas. Eran las cinco en punto. Me quedaba bajar por los bares del flaco Mauricio, siempre con aquel delantal. "Todo esto lo he levantado yo con mi esfuerzo. Nadie me ha ayudado ni me ha dado nada. Así que no me pidan algo sin haberlo intentado". La calle estaba llena de bares, y todos pertenecían a Mauricio. En las puertas y terrazas, los hombres pasaban su lengua por los labios mientras observaban la jugada de cartas.

Pasé corriendo y no les hice ni caso. Algunas tardes solía pararme a ver las partidas. Cuando jugaba mi primo, me ponía detrás y le chivaba la mano del resto de jugadores alisándome el flequillo. Aquella tarde lo llevaba destrozado. Se movía de un lado para otro mientras corría y pensé de nuevo en aquellos hombres malos que saltaban de los trenes. Y en sus gorros. Me imaginaba corriendo calle abajo con un sombrero y dos pistolas en las axilas.

Cuando llegué allí no había nadie. Sólo una persona mayor, tan recta y enclavada como un edificio recién construido. Mirando al suelo como si estuviera comprobando la distancia entre su cabeza y la tierra. Como el tipo que mira al río desde un puente antes de acabar con su vida.

"¿Rosas? Mira que eres bruto. ¿Qué tal estás?". Estaba detrás de mí. Se apretaba las manos e intentaba mirar a un lado que no fueran mis ojos. Como esquivando balazos. Hacía casi dos meses desde la última vez. "Estaré a las cinco, lo prometo". Desde aquel día no había faltado ni un solo año, pero nos veíamos poco. "Me gusta que estés aquí, de verdad".

Verla era como un recuerdo del pasado. La foto que redescubres haciendo limpieza. Esa foto en la que uno se ve más guapo y piensa que las cosas ya no son lo que eran. Ella solía descalzarse cuando entraba en mi coche y fumaba echando el aire siempre por la nariz. Todo aquello resultaba muy sexy.

Pero cuando llegó lo de su padre, todavía era lunes. En las pelis siempre hay alguien que muere. ¿Pero qué pasa después? No supe qué hacer con ella. Cuando la vi vestida así, de negro, sin los labios pintados y con aquella cara, quise huir como huyen los malos después de atracar un banco.

Ahora bajo apresurado una vez al año para disculparme. Supongo que es para eso. Qué más da si soy un cobarde. Sobreviví y ella también. Así que los dos salimos ganando. No cogí sus llamadas. Tampoco la acompañé a la mesa una vez mientras tomaba café. Pero y qué. No me gustan las flores. Quería seguir viendo los partidos en televisión y poder pararme a ojear las jugadas de naipes. Y aquel día, no lo pude hacer.


Imagen: Keith Davis Young

Otoño

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ceguera



— Buenos días, doctor.

— Muy buenos días. ¿Qué tal se encuentra?

— Mal. Me pasa algo raro.

— ¿De qué se trata?

— Son los sueños.

— ¿No puede dormir?

— Sí, sí duermo. Pero no veo nada.

— ¿Cómo?

— Cuando me duermo... no veo nada.

— ¿Quizás porque tiene los ojos cerrados?

— No me refiero a eso. Verá. Cuando duermo, soy ciego en mis sueños. No puedo ver. Camino por las calles a oscuras. Palpo las paredes con tacto. No veo quién me habla. No veo nada.

— ¿Desde hace cuánto?

— Quizás una semana. Puede que dos. No lo sé realmente. Pero necesito recuperar mis sueños. Por favor, necesito verlos.

— Peor hubiera sido que usted se quedara ciego aquí mismo.

— Evidentemente. Pero quiero saber si hay algo que se pueda hacer.

— Nunca habíamos tenido un paciente con este problema. No sé qué podríamos... ¿De verdad que no ve nada?

— Nada. Negro. Todo negro.

— ¿Y con qué solía usted soñar?

— ¿Yo? No sé, cosas increíbles. Viajes a planetas desconocidos. Aventuras por el desierto. Conquistas espaciales. Expediciones a la Luna. Una vez soñé que tenía seis brazos y me salían tantos ojos como a una araña.

— Vaya, sería usted un hombre afortunado.

— Ya lo creo. Descansaba y disfrutaba. Por eso quiero recuperar todo aquello. ¿Se imagina usted a alguien yendo a la Luna con un palo de ciego? No tiene sentido.

— Pero me temo que yo no puedo ayudarle. Nunca habíamos tenido algo así. Se ha quedado usted ciego en los sueños, ¿sabe? No es algo común. La gente sueña en tres dimensiones, con dolby soundround.

— ¿Entonces no hará nada?

— No. No veo qué puedo hacer. Tendrá usted que acostumbrarse a sus nuevos sueños. Y con el tiempo, tendrá que aprender a disfrutarlos.