lunes, 23 de noviembre de 2009

Precaución

Le condenaron a más de 40 años de cárcel por la explosión que provocó el incendio de todo un edificio y el de bloques colindantes. Después de la detonación, las fuerzas especiales y los francotiradores que vigilaban la zona irrumpieron en la casa rompiendo sin piedad los restos de las ventanas y cristales que quedaban. "¡Tírese al suelo, tírese al suelo!". "¡Las manos detrás de la cabeza!".

El artefacto causó daños irreparables. La población estaba alertada hacía varios años pero nadie parecía haber seguido al pie de la letra las indicaciones de seguridad. "Esta desgracia se veía venir", comentaban las señoras con sus rulos.

40 años, como decíamos. 40 años en prisión. Y todo porque aquel hombre activó sin querer el sistema de autodestrucción que hace estallar un ordenador si se retira un USB sin seguridad.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Honor a su presencia

Un año más, como ya conté tiempo atrás, hoy es día de celebración. Esta vez además, con más fasto y honor.

Se dice que hay crisis. ¿Crisis a mí? Esto es para los pobres, o para los que se creen ricos. Si todos estuvieran del lado correcto nadie sufriría ni lo pasaría mal. Pero hay gente descarriada que se cree muy lista, cree que puede ir sola por la vida y luego pasa lo que pasa.

Yo estoy contento, saben. Antes, con Franco, claro que se vivía mejor, pero he aprendido que esta democracia no está tan mal. Lo importante es hacer creer al pueblucho que pueden decidir. Ellos están contentos yendo una vez cada cuatro años a las urnas. Y piensan que por que en la lista haya más de un partido tienen un gran abanico de opciones. Inocentes. Piensan que el gobierno es la voz del pueblo, y piensan que los partidos a los que votan representan sus necesidades. Hay que dejarles que piensen así, y todo seguirá bien.

Además, señores, si alguien se descarría un poco ya están allí los jueces para ponerlo en el lugar que le atañe. Y si no que se lo pregunten al Estatut y a los políticos vascos. Los medios de comunicación también están al tanto de todo, y ayudan a que se respete lo instaurado.

Fíjense en el resto de Europa. Países potentes y con mucha riqueza. ¿y quién manda allí? ¿y quién ganó las elecciones europeas? Este es al camino a seguir, y la Unión Europea otro garante de que se cumpla lo establecido y el orden imperante.

La gloriosa Nación Española tiene que seguir el camino que ha tomado. Dejar de lado al trabajador, al obrero, al que sufre, al que reflexiona y al que va a las universidades y encargarse, tan bien como lo ha estado haciendo hasta ahora, del empresario, de los bancos, los prominentes, los que la hemos ayudado desde tiempos inmemoriales, los creadores del actual equilibrio.

Seguir honrando la memoria de los victoriosos, de los ganadores, de aquellos que lucharon en el bando correcto. Y otra vez demostrar que la sombre de José Antonio y del Caudillo sigue ¡Presente!

Foto: Cementerio Père Lachaise, París

martes, 17 de noviembre de 2009

Crueldad


"En esta escuela Jean Roger Debrais aprendió el Amor a la Patria. Joven FTPF (franco tiradores y partisans franceses). Murió por Ella el 14 de diciembre de 1943 bajo las balas del enemigo. Tenía veinte años"

Y nadie le enseñó que el amor no es morir por lo que quieres, sino vivir para lo que amas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Backstage


La banda sonora en sus pequeños detalles había sido lo que aquel tipo había compuesto en los últimos 20 años. Sus viajes en coche y ventanillas bajadas estaban acompañados de sus letras y música. Sus canciones le hacía creer, en las noches heladas, que protagonizaba el video clip de un ser melancólico. Aquel tipo al que tanto admiraba sabía tocar las teclas que ninguno tocaba. Era un amigo íntimo, ese que siempre te escucha, te entiende y acierta en cada una de sus frases de respuesta.


La admiración que él sentía por ese cantante era algo demasiado extraño. Había llegado al punto de no saber apreciar si sus canciones eran buenas o malas. Simplemente todo le parecía perfecto, en su justa medida, aunque la pista fuera un audio sin volumen.

Guardaba las entradas de cada uno de los conciertos a los que había ido en una lata antigua de Colacao, donde también almacenaba los viejos recuerdos, los tickets de los museos y las entradas de cine. Aquella noche volvía a tocar en el teatro de las butacas rojas y las luces de billar.

En un tiempo fue solo a ver las canciones. En un tiempo aquel hombre era la persona que cantaba al desamor y la melancolía de las habitaciones ventiladas. En un tiempo. Ahora era el hombre que componía escenas compartidas, que cantaba a las chicas que hacían autostop. Y él conoció a su chica en la carretera, entre guanteras, frenos y asientos traseros.

Aquella chica le había acompañado a sus dos últimos conciertos. Ella también se había empapado de su música hasta quedarse calada y jugaba a cantar las frases que le venían a la cabeza. Un concierto íntimo y solitario, con armónica, guitarra y un piano. Con la voz saliéndole como el viento que sopla en las cuevas, irregular, intermitente, desafinado. Pero con el corazón encima de la mesa. Y tocó, tocó y tocó, hasta perder el aliento.

Se apagaron las luces de billar y aquel tipo solitario se acercó hasta el borde del escenario. Se agachó, se llevó una mano a la espalda y otra al pecho y saludó al público agitando una mano. Luego se marchó.

El chico y la chica fueron al backstage. Los discos de su estantería estaban todos desnudos, sin firmar, sin un gracias ni un saludo. Sin ropa y recién salidos de la tienda, con cientos de escuchas. Él fue y le pidió una firma. El otro accedió. Ella esperó un rato y después se animó a que le firmara el único disco que tenía.

El artista se le quedó mirando con los ojos entreabiertos de un madrugador. Le dijo, "ey, ¿cómo te llamas?", y entonces ella empezó a mover las mandíbulas, hablando sin parar. Desde la distancia, se le notaba nerviosa y entusiasmada. Se tocaba el pelo y el cantante le tocaba en el hombro. Él le hacía una broma y ella se reía aunque no le hiciera gracia.

Él estaba en una esquina, orgulloso de que su chica pudiera conocer al cancionista que le había llenado los estantes vacíos de sus noches en vela. Aquel era un tipo excepcional, una persona única. Poseía la capacidad de que la gente creyera que sus canciones habían sido compuestas especialmente para el que las escuchara. Tanto que al día siguiente, su novia lo dejó por él, hizo las maletas y continuó con la gira.



Imagen: Daniel Rivas

sábado, 14 de noviembre de 2009

¿Dónde están?

A veces descubres que sentimientos tan finos y abstractos como el amor, la amistad o la belleza son impresiones que se cazan al vuelo y se guardan en el corazón con una rapidez desconocida. El odio, también.


Odio las excursiones, odio a la gente que va en masa, odio tener que pagar ocho euros (con reducción de estudiante incluida) para sufrir una brillante exposición de pintura flamenca del siglo XVII rodeado de gente salida de una autocar del inserso o parejas con recién nacidos (¿por qué permiten entrar en los museos con cochecitos? molestan a la gente y los propios padres no pueden disfrutar), odio a la solitaria mujer del pelo naranja y gafas de pasta morada que tiene que ponerse a un palmo de un cuadro, odio tener un segurata a cada paso que me vaya ordenando que avance, odio que pongan los cuadros a dos palmos del suelo. Y, ya por último, odio que te pongan un cuadro de Vermeer en el cartel de la exposición y sea el único que haya de él.

Dejando de lado mi mal humor, he disfrutado como un enano en la exposición. Es uno de mis periodos favoritos en pintura. Las escenas costumbristas, la tenue luz que los holandeses dominan magistralmente, los retratos de los burgueses, son totalmente distintas de cualquier otro momento. Fue el momento en el que los Países Bajos se independizaron (1589) de la monarquía castellana y el protestantismo se hizo fuerte. Por eso, la iglesia y la nobleza dejaron de ser los mecenas y pasaron a serlo los burgueses. Economistas y hombres de negocios, más aficionados a los números que a la filosofía, supieron apreciar el arte del retrato, de los paisajes y de las escenas de la vida cotidiana.

Destacaban con luz propia, y aquí está el éxito de su pintura, los de Rembrandt. Sin embargo, también se encontraban allí otros maestros especializados en su tema: paisajes navales, momentos de la vida ordinaria y los retratos. El mítico cuadro de Franz Hals (ver imagen) me ha enseñado la diferencia entre ver un cuadro en reproducción o tenerlo justo allí delante. La emoción percibida en la realidad es muy distinta que la que te produce cuando lo ves en el papel.

Y para acabar, un último apunte, un poco macabro e irónico. Se explicaba la diferencia entre las naturalezas muertas y las vanitas. Lo primero es un juego de luces, un estudio sin, a menudo, más intención que la pictórica. Las vanitas, no obstante, forman una composición simbólica con objetos inanimados: una vela que se extingue, libros y calaveras eran los elementos principales. En ellas se exprimía la idea de la fugacidad de la vida y la vacuidad del conocimiento (tan de moda en aquella época, no hay que olvidar la literatura española y sus populares carpe diem y ¿ubi sunt?). Me pregunto, pues, que sentían aquellos señores compañeros de mi visita al ver tan evidente consigna.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¡Estos galos están locos!

Hace cosa de un par de semanas (el 22 de octubre) Astérix y Obélix cumplían sus bodas de plata. Se presentó un nuevo libro de la intrépida pareja, se ha organizado una exposición con dibujos originales y manuscritos y mecanoscritos de Goscinny en el museo Cluny de la Edad Media y en las vallas de entrada al recinto, en el cruce de los bulevares Saint Germain y Saint Michel (uno de los más concurridos de la ciudad), se han instalado doce plafones con obras de arte reinterpretadas por Uderzo. Cleopatra es Olympia, Obélix el Hombre de Vitruvio y los piratas se han hundido esta vez en la Balsa de la Medusa.

En Francia se está viviendo, además, una situación que parece sacada del argumento de uno de los famosos álbumes de los galos. Por todas partes te encuentras avisos de una pandemia que amenaza con ser fatídica: la gripe A (antaño llamada porcina).

Uno va tranquilamente al lavabo, hace su faena con cuidado y a la hora de lavarse las manos se encuentra con varios carteles curiosos. Todos ellos son órdenes del estado francés que parecen sacadas de barrio sésamo (con todo el respeto para esta serie que nunca vi): cómo lavarse las manos, cómo estornudar, de qué manera ponerse la máscara si estás enfermo, etc.

No bastaba con esta fiebre que hoy he abierto la cuenta de correo de la universidad parisina (después de un mes de clases) y me he encontrado con dos emails sobre este tema. Uno te ponía sobre aviso de que el ministro (no se especifica cual) o el prefecto puede mandar cerrar la universidad debido a "la pandemia gripal". Además, informaban de que estaban haciendo una investigación y te invitaban a colaborar. El otro era una carta del rector en la que recordaba los consejos de higiene que te encuentras por todos lados, entre ellos, dar la mano en vez de dos besos o lavarse las manos con una solución hidro-alcohólica. Esto último, por cierto, es algo que lo han acogido enseguida, y en cualquier momento ves a los franceses frotarse las manos con el líquido de un bote azul muy sospechoso. Parece que siempre estén tramando algún intrigante plan.

martes, 27 de octubre de 2009

Yo soy yo, tú eres yo, yo soy tú, nosotros somos todos...

Este domingo saltó la polémica en Francia. Eric Besson, ministro de la Inmigración, anunció que quería desarrollar un "gran debate sobre los valores de la identidad nacional". Su idea es empezar unas reuniones con parte de la sociedad civil para identificar y definir qué es ser francés.


La izquierda no ha tardado en saltarle a la yugular y criticar su "vuelta al pétainismo (el mariscal colaboracionista con Hitler)". Tratan la idea de medida electoralista, ya que las elecciones regionales se celebrarán en marzo del año que viene.

Al extremo opuesto, y en su línea, Le Pen escupe que lo único que quiere el ministro es la eliminación de su partido (Frente Nacional), ya que eso es lo que "le excita" a Besson. Aunque a este señor hay que darle un poco de comer a parte.

Lo que yo me pregunto, a estas horas, es si realmente existe una identidad nacional. Si se puede afirmar sin escrúpulos que, por el simple hecho de ser de una nación, se es de una forma (tomo como definición de nación la noción que siempre he tenido: comunidad de personas que comparten una misma cultura, ley, historia, lengua y tradiciones y con sentimiento de pertenencia a ella).

¿Es, por tanto, la pertenencia a esta nación lo que te da una identidad específica o es tu identidad la que configura luego la nación? Es decir, ¿primero fue el huevo o la gallina?

Yo siempre he creído en la influencia que ejercen los orígenes en uno mismo. Josemi , sin ir más lejos, nos acaba de narrar uno de sus recuerdos infantiles. Me imagino que estas hazañas serían diferentes de haber nacido en algún otro sitio. Por tanto, es evidente que hay un poso cultural inevitable. Este trasfondo viene de tu infancia, tus padres y tu familia, tus amigos, tu crecimiento, etc.

También creo que el entorno en el que vives influye en tu formación como persona. Esto ya es un elemento a nivel colectivo. No es lo mismo ser de mar que de interior o de montaña. El clima del lugar, el paisaje, la geografía, etc. Y este hecho no es sólo tuyo, sino que es compartido por la gente de tu alrededor y también influye en ellos, por lo que se construye un sentimiento común de vivencias y preocupaciones en torno a lo que se comparte.

No obstante, no todos somos iguales: reaccionamos de formas distintas a situaciones parecidas, evolucionamos de maneras diferentes, la situación laboral, económica, familiar, no es la misma en todas las personas, y esto contribuye a crear nuestra personalidad.


Además, qué sería de nosotros sin nuestras particularidades, nuestros gustos, preferencias, experiencias, contactos con otras personas, alicientes...Aunque tampoco hay que desdeñar los intereses comunes, las esperanzas en un futuro mejor, el apego a la historia, etc. ¿Es suficiente conformarse con unos vínculos nacionales que nos vienen dados?, ¿no es más seguro, por otra parte, desarrollarse bajo el manto de esta nación?

No hay que olvidar que todo esto viene a cuento de la intención del ministro francés de definir la identidad nacional. No sé hasta qué punto es cuestión de un estado definir este polémico asunto. Porque siempre está el hecho de que quizá más que una identidad nacional existe una identidad universal, o proletaria, y que alguna de estas pesa más y tiene que guiar nuestras decisiones.

Pero volvamos a la pregunta original. ¿Esa identidad individual se ve superada por una identidad colectiva o permanece inalienable a su entorno? Sinceramente, creo que esta es una cuestión demasiado compleja como para resolverla en un pequeño escrito de este modesto blog.

Yo he hecho mis aportaciones al respecto, planteando unas dudas y esperando la comprensión frente a mi incertidumbre.

Sólo me queda remarcar un último punto. Quizá, en el fondo, la opción más humana sería la del anarquismo: la persona en el colectivo y éste erigirse como una única estructura. Sin diferencias, todos iguales. ¿Pero acaso la belleza es un don alcanzable?

lunes, 26 de octubre de 2009

El Potxas


Cuando era pequeño mis amigos y yo nunca nos metíamos en problemas. Éramos de esos que gritan “picazo” y corren delante de los matones de barrio. Éramos chicos que no salían de la plaza porque más allá estaba el bosque, la selva, los tigres y seguramente alguna que otra serpiente cascabel.

Nuestra plaza estaba rodeada por una carretera, lo que en los castillos se suele conocer como el foso. De ahí no salía nadie y si tenías lo que hay que tener, lo dejabas para otro momento. Nuestro mundo era un microcosmos que se reducía a esa plaza y al camino que llevaba hasta el colegio. Un camino libre de hombres con caramelos y mujeres con verrugas en la nariz. Sólo había hombres del saco, nada más.

También allí, en mi colegio, había unos límites infranqueables. El campo de fútbol era la frontera, nuestra aduana. Si ibas hasta el fondo, corrías el peligro de que los vigilantes te dispararan desde arriba. Allá, al otro extremo del campo, se levantaba una casa abandonada con los cristales rotos y las cortinas bailando como le apeteciera al viento.

Realmente impresionaba acercarse hasta allí. Había cosas de los mayores que nosotros nunca nos creíamos, como su estúpida teoría de que cuando uno tuerce mucho los ojos al final se acaba quedando medio bizco. Pero aquella casa era una de esas mansiones que salían en las películas. A un lado, la inocencia y bondad de los niños en el colegio. Al otro, la tenebrosidad y penumbra de aquella casa.

Nosotros conocíamos aquel lugar con el nombre de “la casa del Potxas”. El Potxas era para nosotros un hombre viejo con barba de varios días que guardaba una escopeta de perdigones por si alguien se atrevía a entrar a su casa. Vivía en el piso de arriba y a todas horas estaba viendo la tele. Según algunos, si te acercabas lo suficiente podías oír el sonido del televisor.

Todo eran rumores. Muchos decían que vivía con su mujer y que tenía varios hijos. Que salía por las noches y que una vez alguien lo vio, seguramente el mismo que vio a Melchor una noche.

Cuando crecimos y el Estado Paternal nos concedió la licencia de ampliar nuestras fronteras de exploración, nos volvimos gallitos y rebeldes. No de esos que lo son por naturaleza, sino de esos que son malos simplemente para contarlo.

Una tarde, enviamos una expedición a la casa del Potxas. Éramos muchos y además habíamos hecho algún que otro amigo, de esos que tienen pueblo y matan a las gallinas. Ese día, nos armamos de valor como jóvenes intrépidos y caminamos hasta allí.

Al llegar, la casa estaba rodeada por piedras y arbustos. Cada uno se agachó y cogió las piedras que más le gustaron. Otros decidieron ir a echar un vistazo a la casa, entre los que no me encontraba yo, por supuesto. Yo tenía que vigilar que todo estuviera bajo control afuera. O eso me inventé, creo.

A los quince minutos, escuchamos el sonido de unos pasos ligeros que venían del otro lado de la casa. Por la ventana, salían algunos de nuestros amigos, corriendo, rojos, dejándose la vida en cada zancada. Nosotros también echamos a correr como si fuera la última carrera de nuestras vidas. Detrás de nosotros, una furgoneta blanca se acercaba lentamente.

Nosotros corríamos y corríamos como nunca, entre risas nerviosas, sonidos extraños y suelas de goma. Nadie se atrevía a mirar a atrás, y preocuparse por el resto de compañeros era una cosa que sólo se hacía en las películas sobre Vietnam.

Cuando al final salimos de la zona prohibida, nos agachamos sobre las rodillas para respirar, hinchando los costados y resoplando como los caballos. “¿Lo habéis visto?”, les preguntamos. “No, oímos que alguien se acercaba y echamos a correr. Allí había de todo: pizarras, ordenadores, hojas por el suelo, pupitres…”. “¿Pero habéis visto al Potxas o no?”, inquirimos. “No, no. Pero creemos que iba en la furgoneta blanca”.

Y allí se acabó todo, no preguntamos más. Días más tarde, nos acercamos para tirar piedras a la casa abandonada como muestra de nuestra singular forma de tomarnos la revancha. Sin suerte. Desde entonces, nunca más volvimos a entrar y ninguno de nosotros logró ver al Potxas. Hoy, puede que siga allí viendo la tele, con su escopeta cargada y lista para cualquier renacuajo que quiera acercarse. O puede que, simplemente, el Potxas nunca hubiera existido.


Imagen: Valischkas