viernes, 6 de enero de 2012

Una llamada perdida

—¿Sí?

—¿Pablo?

—¿Qué pasa?

—¿Estás dormido?

—No, claro que no. Hablo en sueños.

—Perdona que te llame a estas horas.

—¿Qué pasa?

—Escucha, yo...

—¿Qué demonios pasa?

—He besado a un chico.

—¿Y para eso me llamas?

—¿Qué?

—¿Me despiertas para eso?

—Joder, Pablo, he besado a un tipo.

—¿Y por qué no me llamas mañana?

—Porque lo he besado hace 10 minutos. Lo siento mucho yo iba a...

—No, yo lo siento por ti.

—¿Qué?

—Que yo lo siento por ti. Lo mío tiene fácil solución.

—¿No te vas a enfadar?

—¿Enfadarme? ¿Por qué?

—Tú me quieres.

—Claro que te quiero. Pero has sido tú la que lo ha cagado. No es mi problema.

—¿No me vas a gritar?

—Es eso lo que más te preocupa, ¿que te grite?

—No quiero que me grites.

—No te gritaré. Quiero dormirme.

—Yo...

—Verás. No importa. Se te pasará con el tiempo. Descubrirás que no eres una zorra.

—No lo soy.

—Lo sé.

—No te volveré a llamar a estas horas.

—No me volverás a llamar.

—¿Qué?

—No me volverás a llamar.

—¿Nunca?

—No. No lo harás. Sé que estás arrepentida. Pero, joder, ¿a quién se le ocurre
despertar a su novio para decirle que le ha puesto los cuernos?

—Lo sé, yo...

—¿Era guapo?

—¿Qué?

—El tipo. ¿Era guapo?

—Sí. No sé. Creo que sí.

—¿Más guapo que yo?

—¡No, nunca!

—Qué imbécil.

—No me trates así.

—Yo te habría puesto los cuernos con una mujer mucho más guapa que tú. Joder, lo habría hecho. Te habría tenido respeto.

—No era feo.

—Eso espero. Joder, si pasa el tiempo y descubro quién era ese tipo... Si descubro que era rematadamente feo voy a volverme loco.

—No es feo. Te lo prometo.

—Júralo.

—Juro que no es feo.

—¿Está alguna amiga tuya por ahí?

—Sí. Sara. ¿Para qué?

—Dile que se ponga.

—¿Qué?

—¡Dile que se ponga! ¿Sara? ¿Sara? ¿Sara?

—Sí.

—¿Sara?

—Sí.

—Escucha.

—Dime.

—Aquel tipo. ¿Era más feo que yo?

—Bueno...

—No me mientas, ¿era más feo que yo?

—No, era más guapo.

—¡No me mientas! No le mires a ella a los ojos. Escucha. Era más feo, ¿verdad?

—Sí.

—¡Lo sabía!

—Escucha, Pablo. Tú eres rematadamente guapo.

—Espero serlo más que ese tipo.

—Por supuesto. Lo superarás, Pablo.

—Claro que lo superaré.

—Tendrás que salir adelante.

—Claro que lo haré. Me habéis despertado, ¿sabes?

—Lo siento. Fue idea mía.

—¿Que se liara con aquel tipo?

—¡No! Llamarte.

—Peor todavía.

—Perdona por haberte despertado para esto. De verdad que lo siento.

—No importa.

—Lo siento.

—Oye.

—Qué.

—¿De verdad crees que soy rematadamente guapo?

—Claro que sí.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Y qué haces mañana?

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Inocentada

—Ignacio, ¿puede venir un segundo a mi despacho?

—Sí, claro. Ya voy.

….

—Verá. Es duro comunicarle esto.

—¿De qué se trata?

—En la empresa estamos descontentos con su trabajo.

—¿Descontentos? ¿Por qué? ¿Porque no sonrío?

—No. Su trabajo se ha vuelto ineficiente en los últimos años. Le produce usted a la empresa un coste inasumible.

—Venga ya.

—Ignacio, le estoy hablando completamente en serio.

—Si, ya, claro. ¿Y qué día es hoy?

—¿Cómo?

—¡Hoy es 28 de diciembre! ¡Día de los Inocentes!

—Es verdad, pero...

—Ya, ya. Que os he pillado, ¡cachondos!

—Ignacio, yo estaba hablando completamente en serio. No se lo tome usted a broma.

—Sí... ya, ya, claro, claro. Mire como me levanto de la silla. ¿La ve? ¡Pues ahora la voy a lanzar contra el cristal!

—¡No!

—Si usted fuera en serio me dejaría hacerlo. ¡Cazado!

—¡No se lo dejaríamos hacer!

—¿Y esto? ¿Mear sobre su escritorio? Fernández lo hizo.

—Claro. Antes de ser despedido.

—¿Y si lo hago de broma? Por el día de los Inocentes.

—Verá, Ignacio. A esto es a lo que nos referimos.

—¿A mear sobre el escritorio?

—¡No! A que usted nunca se toma nada en serio.

—Pero hombre, es que hoy...

—Hoy es miércoles, Ignacio. Nada más. Un día cualquiera.

—¿Y estoy despedido?

—Sí. Me temo que sí.

—Ja ja ja.

—No se ría.

—¿Por qué?

—Nadie suele reírse.

—Verá (y le estoy siguiendo el juego), si me despide hoy, no cobraré la extra.

—Sí la cobrará. De eso no se preocupe.

—Es usted un pillo.

—¿Qué?

—Vale, le sigo el juego.

—No tiene usted que seguirme el juego.

—De acuerdo, entonces, ¿qué quiere que haga?

—Que salga. Llévese sus cosas. Y no vuelva mañana.

—Muy bien, señor (nadie puede ver que le estoy guiñando el ojo).

—No me guiñe el ojo. Váyase, no vuelva mañana.

—¡Chavales, escuchadme, me han dado fiesta mañana! ¡Imbéciles!

lunes, 26 de diciembre de 2011

La mantequilla

Los dos cadáveres uno encima del otro. Un charco de sangre saliendo del reguero de sus brazos y navajazos como grietas en el hielo por todo su pecho. Una secuencia de movimientos desesperados en los últimos minutos antes de desplomarse. En el depósito, el cuerpo tenía un aspecto pálido. El hombre no lo había logrado. Ahora estaba ahí, sobre un cajón de metal envuelto en un saco negro etiquetado con números y letras mayúsculas. Él lo veía ahí, inmóvil, inerte, tranquilo. Seguramente antes de que todo sucediera, pensaba él, el hombre, de aspecto judío, caminaría por la calle ordenando sus pensamientos. Ocupando sus preciados y últimos minutos de vida en ocurrencias banales. En el susurrar de una canción absurda en el autobús y en un leve recuerdo de la noche de sexo del día anterior. Ahora estaba ahí, muerto. Por la mañana desayunando tostadas sin mantequilla para no engordar. Y sólo unas horas más tarde, acuchillado. Él lo miraba sin conseguir acostumbrarse a la muerte. Obsesionado por si sus últimos minutos de vida serían igual e ignorantemente desperdiciados. Como les pasaba a todos. En eso pensaba durante semanas. Casi no había dormido cuando terminó sus ocho horas de trabajo aquel día. Se puso la ropa de calle y continuó pensando en aquel hombre. En las cuchilladas. En el rostro inexpresivo. Ordenaba sus pensamientos sin levantar la cabeza. Sin prestar atención. Sin mirar a un lado y a otro. Sin reaccionar antes de que un coche se lo llevara por delante.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Oportunidades

—Qué tal

—Hola

—¿Va a venir tu amiga?

—¿Qué amiga?

—Aquella... aquella morena.

—¿Claudia?

—Sí, eso. Claudia. Claudia Romero Escobar, ¿verdad?

—Woau.

—Facebook.

—Claro, Facebook.

—¿Va a venir?

—Creo que sí.

—Qué bien.

—¿Quieres que venga?

—No. Sin más, sin más, preguntaba.

—Supongo que vendrá con su novio.

—¿Su novio?¿Tiene novio?

—¿Qué más te da, no?

—Eso es, qué más me da. Simplemente preguntaba.

—Creo que lo dejaron hace no mucho.

—Ah.

—Así que no sé si vendrá con él o lo habrán dejado definitivamente.

—Ya.

—¿Quieres que le diga algo de ti?

—¿Qué?¿Algo de mí? No, no, no.

—No soy tonta. Sé que te gusta.

—No me gusta. Sin más. Me parece una chica maja.

—¿Maja? Anda ya. Te parece algo más que maja.

—No lo sé. Es que no la conozco.

—Ya, claro. Por eso te sabes todos sus apellidos.

—Es por Facebook, ya te lo he dicho.

—¿Tus amigos saben quién es?

—¿Mis amigos?

—Sí.

—Algunos.

—Osea que les has hablado de ella. Y ni siquiera la conoces.

—Un día lo comenté. Me llamó la atención. Simplemente eso.

—Yo creo que a ella le gustarías.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Por qué?

—No te lo puedo decir.

—¿Cómo que no me lo puedes decir?

—Primero conócela y luego ya hablaremos.

—¿Te ha dicho algo de mí?

—Qué va.

—¿Entonces por qué crees que le gustaría?

—No lo sé. Ni siquiera sé si tiene novio.

—Ya.

—Mírala.

—¿Qué?

—Que ahí está. Acaba de entrar. Y viene sola.

—Aham.

—Osea que...

—Ya.

—Adelante.

—No, no. No pienso ir a decirle nada. Prefiero que sea ella...

—Déjate de estupideces. Nosotras nunca vamos a ser las primeras.

—¿Qué le digo?

—No lo sé.

—¿El tiempo?

—Si le hablas del tiempo no duras ni el primer asalto.

—Qué hago.

—Sé tu mismo.

—Si soy yo mismo se marchará corriendo.

—No. Te conozco bien. Le gustarás.

—No sé...

—Vamos hombre.

—Déjame. Ya voy solo.

—Espera.

—¿Qué?

—Espera.

—¿Qué pasa?

—¿Ves a ese de allí?

—Sí.

—Pues es su novio.

—Ah.

—Osea que...

—Ya.

—¿Qué quieres tomar?

martes, 20 de diciembre de 2011

Colacao

—¿Te encuentras bien?

—No.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Quieres hablar?

—No me apetece. En serio.

—¿Quieres que te prepare un Colacao caliente como a ti te gusta?

—No. Tengo sueño.

—Vale. ¿Una manzanilla? ¿Algo?

—No, en serio. No quiero nada.

—Vale.

—Me voy a la cama.

—Que descanses.

—¿No vienes?

—¿Eh?

—¿No vienes? Te he dicho que no estoy bien.

—Pero es que son las diez de la noche.

—Vale vale, tú verás.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, ahora no. Ahora ya no hace falta. Ahora que te lo he preguntado...

—No sé. No sé que puedo hacer.

—No puedes hacer nada. ¡Nunca puedes!

—Es eso es a lo que me refiero.

—¿A qué?

—Cuando yo estoy enfermo no necesito que me hagas nada.

—Porque los hombres sois así de simples.

—No. Simplemente estamos enfermos, y ya. No necesitamos activar una bomba atómica. Seguro que Jesucristo tenía un catarro cuando fue crucificado y no dijo nada. No era relevante.

—¿Yo soy una bomba atómica?

—No me refería a ti.

—Claro que te referías a mí.

—Bueno, sí, me refería a ti. Es que no entiendo qué necesitas de mí cuando estás mal. ¿Quieres destrozarme una silla en la espalda? Toma, hazlo.

—Deja la silla en su sitio. Nos la regaló mi madre.

—Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Es por mi madre?

—¡Yo no he dicho nada!

—¡Nunca dices nada!

—¡No he dicho nada!

—Pues que sepas que mi madre te quiere mucho.

—Lo siento, yo también la quiero. Pero tuve que casarme contigo.

—Eres imbécil.

—Es cierto. Soy un imbécil. Iba a prepararte un Colacao. Pienso quedarme aquí viendo la tele mientras tú te vas a dormir. Y, mira por donde, echan el resumen del Barcelona.

—Haz lo que quieras. No me gusta que discutamos así.

—A mí tampoco.

—Parecemos críos de cinco años.

—Yo era mucho mejor crío con cinco años.

—Cállate. ¿Me perdonas?

—Perdonada.

—Es que hay días...

—Estás enferma. No pasa nada.

—¿Vamos a la cama?

—¿VAMOS A LA CAMA? ¡Sí! Después de discutir siempre...

—No me equivocaba, eres imbécil.

martes, 13 de diciembre de 2011

El futuro

Se acercó al espejo para descubrir qué iba a ser de él dentro de 25 años. Si continuaría siendo tan feliz. Y se reconoció solo, sin la persona con la que por aquel entonces compartía los desayunos desde hacía tres años. Luego se lo pensó dos veces, y la dejó. Le contó que lo suyo no tenía futuro.

Desde aquel suceso pasaron después 25 años y se sucedieron 9.125 desayunos más. Efectivamente, el espejo tenía razón: ahora estaba solo. Desesperado. Removiendo un tazón de cereales. Preguntándose si las cosas habrían sido iguales de no haber mirado en aquel pozo sin futuro.

domingo, 16 de octubre de 2011

La mosca

Cuando llegó a su casa ella estaba en su cuarto, encerrada, con un periódico enrollado en la mano y tratando de matar a una mosca que llevaba ya dos horas escapándose de su golpe mortal. Lo había intentado con el insecto apoyado en el cristal, en el aire, tirando una sábana por encima o quedándose quieta en mitad de la habitación, escuchando la trayectoria de sus alas. Nada. La lucha contra una mosca puede volverse desesperante. Si la batalla se hace larga, crece la admiración por el adversario, y por eso su muerte resulta más admirable. Pero también más trágica. La ventana estaba abierta de par en par, pero tampoco la mosca hizo siquiera intención de volver a la calle. Cuando él se marchó de allí, la dejó a ella rendida, resignada a dejar la captura de esa mosca para el día siguiente. Él no la había ayudado. Sabía que si lo hacía ella le iba a recordar que no era una inútil y que podía matar a esa mosca tantas veces como quisiera. Aunque las moscas sólo puedan morir una vez. Al día siguiente él la fue a visitar, también con la intriga de saber qué había pasado. Ella, como él había sospechado, no había podido matarla y durmió con la mosca toda la noche. Con el insecto mirándole a través de sus ojos saltones. Mientras ella dormía. Y eso a él le pareció muy sospechoso. Porque tampoco ella había puesto mucho empeño en matar a la mosca. Así que la dejó minutos más tarde.

sábado, 1 de octubre de 2011

Un zapato

La noche en que la conoció era un 6 de enero. Día de Reyes. La vio buscando un zapato debajo de un coche, se agachó y le preguntó si le podía ayudar, antes incluso de saber si la cabeza que se ocultaba bajo el coche era la de una chica atractiva. Tuvo suerte. "Parece que los Reyes se han adelantado conmigo y me han traído mi primer regalo", dijo ella, sacando de los infiernos el zapato. "¿No me vas a felicitar?", le preguntó después. "Sí, claro, claro, felicidades. Os encantan los zapatos, ¿verdad?". "No, hombre. Es que hoy es mi cumpleaños". "Ah. Oh. ¡Felicidades!", atajó él, intentando abrazarla en la felicitación, estableciendo la primera toma de contacto, oliendo, besando con ruido en la mejilla derecha. Después ella se le quedó mirando. Era el principio de una escena romántica. Lo había visto en las películas. La primera vez de algo. Un aniversario. Algo así. Pero él no hizo nada. Se despidió, le deseó de nuevo un feliz cumpleaños y pidió que los Reyes tuvieran benevolencia con ella. Luego se fue. No tenía tanto dinero. Se agobió con la idea de pensar en un aniversario que coincidiera con el día de Reyes.