sábado, 5 de septiembre de 2009

Mejor que la invención del cuco suizo

La semana pasada tuve las primeras vacaciones estivales de mi vida. El destino elegido fue Roma. Ciudad conocida por sus ruinas y sus monumentos, por las avalanchas de turistas, el caos de su tráfico y su presencia en la historia.

Después de seis días de recorrerme (muy bien acompañado, eso sí) sus anchas calles y espaciosas plazas quedé maravillado de la inconmensurabilidad de la ciudad.

Roma es la urbe barroca por excelencia, es inabastable, espectacular, gigante, fastuosa. Esta palabra, de hecho, viene del día en que, en la época del Imperio, en aquella ciudad se podían concertar los negocios públicos y administrar justicia.

No en vano ha sido la capital de dos de los momentos históricos más perversos, intrigantes, orgiásticos y esplendorosos del mundo occidental: el imperio romano, época en la que ya contenía un millón de personas; y el esplendor de los estados pontificios, empezados por el Papa Borgia Alejandro VI.

De esa forma se ha ido creando una ciudad magnificente y con una inigualable capacidad de ostentación. Su ordenación actual viene determinada por la acción de los papas del siglo XV y XVI y su deseo de mostrar las grandezas de la iglesia a todos los peregrinos y viajantes que pusieran el pie allí.

Por eso nada es minúsculo, todo ha sido hecho para mostrar al bienvenido la potencia del mandatario de turno, bien fuera emperador o papa.

Sin embargo, ahora estamos en otra época y la ciudad es invadida por las hordas de turistas que se la patean año tras año. Son masas de personas que acuden a ella para habitarla durante un periodo efímero, pero marcado, de sus vidas. Están ávidos de monumentos, ruinas, museos, visitas y cambios en la rutina. Por eso, la autoridad ha decidido echar la vista atrás y proveer a los turistas lo que ellos quieren: una postal de la vieja Roma.

En el Coliseo cogimos una entrada que nos servía para una visita con una guía. Esta joven nos contó como el anfiteatro fue saqueado por los bárbaros, expoliado para la construcción de iglesias, abandonado por ser símbolo de martirios, morada de todo un ecosistema floral, pasto para las cabras y refugio de las bombas durante la segunda guerra mundial.

Una de las alternativas a su uso primero que más me gustó fue la de la expoliación. Este monumento, en parte, se ha expandido por toda la ciudad. Ahora mismo está totalmente distinto de como era antes, con mármol, travertino, pintado y lleno de estatuas. Lo mantenemos como una reliquia imperial que hay que conservar e imaginarnos como fue en su momento original. Pero eso es imposible, ya que está medio derruido, sin ninguno de los lujos anteriores y no se muestra ningún espectáculo. ¿Por qué no dejar de lado esa vieja imagen y adaptarla a nuestros tiempos? Tiene que haber alguna forma para que pueda volver a ser público y útil (es útil a todos los que se enriquecen a su costa, pero no a la sociedad o al individuo que lo va a visitar).

Es evidente que hay que saber buscar en el pasado para mejorar el futuro, pero no hay que anclarse en una inútil nostalgia, ni aunque dé dinero, porque esto puede ser nefasto.


PD: ¿Alguien se ha fijado que el bifronte de Roma es amor? ¿Será que compite con la ciudad de los suspiros?

1 comentarios:

José Miguel Sánchez dijo...

Roma siempre me ha provocado una sensación especial. Esa sensación de estar en una ciudad de miles de años, llena de historia, con sus peculiaridades y sus rincones. Siempre me ha parecido que tiene un encanto especial al resto de ciudades. No sé si es que he visto pocas ciudades, pero Roma me encanta.