— Mira esa chica.
— ¿Cuál?
— Esa de allí.
— ¿Qué le pasa?
— Es guapísima.
— No está mal.
— Se parece a tu novia.
— ¿Qué?
— Se le da un aire.
— Si tú lo dices…
— ¿Puedo ir a hablarle?
— ¿Que si puedes?
— Sí.
— ¿Por qué me pides permiso?
— No sé. Ya sabes, se parece a tu novia.
— Puedes ir si te apetece.
— ¿Seguro que no te molesta? Quiero decir, es tu novia.
— No, no es mi novia.
— Pero como si lo fuera.
— ¿Como si lo fuera?
— Sí. Ya sabes… ¿cuál es la diferencia?
— Que no es mi novia.
— ¿Entonces, puedo ir a hablarle?
— Claro.
— ¿Seguro?
— Joder, ahora ya no lo sé. ¿Es que te gusta mi novia?
— Nunca me lo he planteado. Ya sabes, es tu novia.
— Pero si pudieras besarla la besarías, ¿verdad?
— No, hombre. Yo creo que cada persona es diferente.
— Acabas de decir que sería como besarla.
— Ya lo sé, pero…
— Cállate, aquí viene.
— …
— ¿Sandra? No te había reconocido. ¿Qué tal cariño?
Imagen: PTGreg
miércoles, 17 de febrero de 2010
Dos por uno
Mirar tapa
Si te enfrascas acabarás encerrado en un bote de cristal. Y los botes de cristal son siempre transparentes. En muchas ocasiones, suelen ir acompañados por una etiqueta y en algún lugar, llevan escrita la fecha de caducidad. Así que no te enfrasques. Abre el bote y deja que todos prueben de él.
Imagen: Karinregina
domingo, 14 de febrero de 2010
Supervivientes - Cíclico
— Sí. La vida es eso, fundamentalmente.
— Quiero decir. Tú y yo, estamos aquí… pero no lo hemos elegido. Y sin embargo un día decidimos salir a faenar en estas fechas.
— Lo decidimos en su momento y decidido queda. Sabíamos a lo que nos ateníamos. Fuimos unos imprudentes. Sí. Nos apeteció hacerlo y lo hicimos, pero no lo pensamos con cabeza.
— Quizás nos faltó tiempo y perspectiva.
— Siempre es cuestión de perspectiva. La gente cree que el futuro sucederá dentro de diez años, pero se trata del día siguiente.
— No deberíamos haber salido…
— No, no deberíamos haberlo hecho. Pero no podemos martirizarnos por ello. No podemos pensar en lo tranquilos que estaríamos en nuestras casas. Porque tampoco eso sería cierto. En su momento creímos que marcharnos era lo mejor, aunque no lo era.
— Ojalá se pudiera dar marcha atrás en la vida. Rebobinar.
— Y sin embargo no se puede.
— No, no se puede.
— Es difícil saber lo que uno quiere. En aquel momento nos apeteció echarnos a la mar. Y nos apeteció mal. Siempre hay que dejarse llevar por lo que uno siente y descubrir después si es aquello que se necesita.
— Necesitábamos huir por un tiempo. Eso lo recuerdo bien.
— Exacto. Y ahora lo que necesitamos son cosas distintas.
— He llegado al punto en que ni siquiera echo de menos a mi mujer ¿Significa eso que no estaba enamorado?
— No. Significa que en estos momentos no es en tu mujer en quien tienes que ocupar la mente, sino en ti.
— ¿Crees que si un día volvemos, seguiremos enamorados de nuestras mujeres y que ellas sentirán lo mismo?
— No quiero pensar en ello. Ahora estamos aquí. Nuestra vida es la supervivencia.
— Nunca olvidaré a mi mujer.
— Pues deberías hacerlo. Eres otra persona.
— Pero ella me quería tanto...
— Vale ya. No te quería. Precisamente por eso te viniste conmigo.
— No bromees.
— No lo hago.
— …
— Lo siento.
Imagen: Linda Cronin
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jueves, 11 de febrero de 2010
Electrical Morning
Imagen: Sentidodesacorde
Supervivientes - Relativismo
— Pero por lo demás bien, ¿no?
— Sí, sí. Por lo demás bien.
Imagen: Reflejos.it
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lunes, 8 de febrero de 2010
Cinturón blanco
De pequeño me apunté a clases de judo. No era violento ni robaba el bocata de mis amigos, pero supongo que lo eché a suertes y salió eso. Ni siquiera sabía qué era eso del “judo”. La gente decía que allí uno aprendía a defenderse. Pero yo era un niño angelical que nunca se metía en problemas, no quería “defenderme”. Veía Heidi y me gustaba el Rey León.
Recuerdo el primer día y el olor del gimnasio. Olía a pies y a tatami. Yo iba enrollado en una especie de pijama-bata completamente blanca. Y un cinturón, también blanco, que viene a ser como la “L” en los coches: “ese es el tonto, a por él”.
Aquel cinturón no sujetaba nada de la parte de arriba. Se soltaba y desataba a cada paso que daba y nunca supe si había que hacerle un nudo o atarlo con un lazo. Un nudo era más masculino, supuse. Pero, realmente, el cinturón no servía para nada más que dar pellizcos a los compañeros. O que ellos me dieran a mí.
Mi grupo era un grupo de jóvenes macarras. De esos que sí roban bocadillos, te piden “100 pesetas” si te ven por la calle y llevan la chaqueta medio puesta medio caída a la altura de los hombros. De esos tipos que acojonan cuando eres chaval porque te sacan dos cabezas. Y cuando entré el primer día y vi lo que me tocaba, miré el cinturón blanco y recé.
Yo, un niño al que le faltaba una pala, al que le gustaba el lenguado sin espinas y jugaba con micromachines, tenía que enfrentarme, en mi primer día y con mi cinturón blanco, a lo mejor de cada casa de todo mi pueblo. Una especie de héroe cinematográfico blando y con sentimientos que acabaría con el crimen organizado de la zona.
Pero me dieron por todas partes. Volteretas laterales, invertidas, de cabeza, patadas, llaves, golpes, zancadillas… realmente se “defendían” muy bien de mis ataques. Yo me dejaba llevar y solté mi cuerpo muerto a merced de la violencia, como la persona que desiste en la plaza del Ayuntamiento el día del chupinazo y se deja arrastrar. O como Di Caprio en Titanic en esa tabla en medio del mar.
¡Lo qué pude recibir aquel día! Yo, que lo máximo que había dado era una patada sin querer jugando a fútbol o una colleja sin que vieran quién había sido y que, por lo tanto, no me podían devolver. Lo que allí había era un grupo paramilitar adiestrado en las montañas del Tibet que dominaban las artes marciales y el kung-fu. Jóvenes entrenados para matar, o algo así.
Al terminar la clase, me miré en uno de los espejos laterales y me volví a atar el cinturón. Estaba despeinado y tenía la cara como un tomate. Respirando fuerte y bañado en sudor, me dije, “¿es eso todo lo que podéis hacer?”. Repito, diciéndomelo a mí mismo, no fuera a ser que me oyeran… Y así, el profesor dijo “nos vemos el próximo día a la misma hora”, y todo terminó.
Obviamente, el próximo día a la misma hora fue su tía. Yo quería acabar con la violencia juvenil en mi pueblo, claro, pero yendo allí con mi cinturón blanco, débil e indefenso, sólo podía fomentarla.
Con todo el dolor de mi corazón, tuve que dejarlo. Le estaba empezando a coger el tranquillo y ya había conseguido memorizar todos sus movimientos de ataque. Pero mi responsabilidad como ciudadano pesó más, y tuve que dejarlo. Regalé mi kimono a un insensato que acababa de empezar, y su madre me regaló un disco de las Spice Girls que todavía conservo. Discazo.
Hoy, soy el chico que sólo fue a una clase de judo y que no pasó del cinturón blanco. El chico que aprendió que si quieres evitar la violencia es mejor correr, huir o evitar a la persona que sabe hacerla. No meterse en problemas. Por ahora, no he tenido que "defenderme" ningún día.
Imagen: Judo Avilés
miércoles, 3 de febrero de 2010
Welcome
Imagen: Carlos Bravo
martes, 2 de febrero de 2010
400 grados
Y luego el amor se convierte en ese verso que no acabas de rimar. En esas fiestas sorpresa donde no pintas nada cuando has tenido un día de mierda. Sentirse extraño al extrañar a alguien como si fuera un extraño. Tener un coche que devora la gasolina a los 200 metros. Sacar al perro en mitad de la noche. Tener que pensar que el más valiente no es el que más veces lo intenta, sino aquel que sabe descubrir el momento en que hay que dejar de intentarlo. Es leer un libro cuando ya tenías otro empezado y cuando termina, es dormirse en mitad de una película que adorabas pero que ya no piensas volver a alquilar.
Imagen: K. Praslowicz