Sigue intentándolo una y mil veces. Sin descanso. Aunque derriben tus cimientos con cargas de dinamita. Aunque el mundo no se divida entre justos e injustos. Aunque muchos esfuerzos no sirvan de nada. Repítelo frente al espejo. Aunque no te quieran, sigue intentándolo. Por esa sensación de haberlo logrado. Por la justicia, y porque el esfuerzo haya valido la pena. Sigue intentándolo.
sábado, 30 de junio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
La soledad
Los han soltado en medio de la oscuridad. Van con los ojos vendados. Andando despacio. Muy lentamente. Con sus brazos extendidos y sus sentidos alerta. Tratando de palpar el miedo de lo desconocido. Cada uno por su lado. Durante horas. Hasta que cansados, y sin saber dónde están, sienten el brazo de otra persona. Que les agarra, que les acaricia la cara, que les abraza. Que les hace sentirse a salvo, en medio de esa profunda y oscura soledad.
viernes, 22 de junio de 2012
Duele más
Duele más un puñetazo. Duele más un meñique contra la esquina de una cama. Duele más caer eliminado en semifinales. Duele más un cubo de agua helada. Duele más suspender. Duele más perder una apuesta millonaria. Duele más no llegar a coger un avión. Duele más un día entero sin comer. Duele más una alarma a las seis de la mañana. Duele más una neumonía. Duele más terminar un buen libro. Duele más que te roben la cartera. Duele más perderse en el bosque.Duele más un insulto. Duele más ser despedido. Duele más morderse la lengua. Todo duele más. Pero se cura antes.
miércoles, 20 de junio de 2012
El guión
Estudié en la Universidad. Reciclé. Compré café de comercio justo. Utilicé los intermitentes. Comí fruta cuatro veces al día. Aprendí inglés. Le recogí el pelo mientras vomitaba. Firmé en una carta de apoyo al Tercer Mundo. Invité a una copa. Le dije a la cajera que se quedara con el céntimo. Escuché sus problemas durante horas. Cedí el paso a los coches atascados. Apoyé el matrimonio homosexual y reivindiqué los derechos de los seres humanos. Enseñé desde cero a usar un programa. Me acosté de madrugada haciendo un trabajo. Le dije que la quería. Besé a mis abuelas y les aseguré que ellas eran las más guapas del mundo. Pasé la ITV. Pagué la Seguridad Social. Malviví para mantenerme. Creí en el talento. El esfuerzo. El mérito. La ilusión. Y la perseverancia. Confié en la política. Voté. Ahorré todo lo que tenía. Admiré el trabajo de mis padres. Me enamoré. Me rompieron el corazón. Me repuse. Amé mi trabajo. Viajé. Seguí una rutina. Pinté mi habitación. Me volví a enamorar. Aprendí a estar en silencio. A no sorber la sopa. Llamé de usted a las personas mayores. Traté con respeto a quien no lo merecía. Fui sincero. Pensé lo que decía. La amé con todas mis fuerzas. Ordené mis pensamientos. Dormí más de ocho horas. Confié en ella. Expulsé el USB con seguridad. Lavé las manzanas. Cambié el rollo de papel. Cedí el asiento. Sonreí con ganas. Jugué limpio. Fui feliz. Hice la cena. Dejé que ella se durmiera sobre mi brazo. Confeccioné listas. Tuve una agenda. Fui puntual. Solucioné problemas. Le cogí el teléfono a las 5 de la mañana. Me rompió el corazón. Entré en misa. Celebré un Mundial. Doné dinero. Me callé. Y así continué por si acaso algún día mejoraban las cosas.
martes, 22 de mayo de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
El soldado 347
Entre las balas y las trincheras, el soldado de placa con número 347 se acurrucaba entre el lodazal encogido sobre una libreta de hojas amarillentas y un lápiz desgastado. Antes de que las bombas comenzaran a caer sobre toda la ciudad, el soldado 347 dirigía una sastrería donde confeccionaba los trajes más caros. Ahora, con las botas llenas de barro y el olor a orines que desprendía la guerra, sus compañeros lo solicitaban tras dos meses de intensa batalla.
Lo solían hacer con sigilo. Por las noches, un punterazo de alguno de los soldados lo despertaba sobresaltado mientras, agachados y entre susurros, le rogaban el enorme favor de dibujar a sus novias. Se lo solían pedir con vergüenza y, en ocasiones, en un tono amenazante. “Verás, yo, he oído que tú, dibujabas...”. Y mientras la ciudad se iluminaba estruendosa, el soldado 347 realizaba preguntas que encontraban respuestas de este tipo: “Morena”, “ojos grandes”, “nariz pequeña”, “pómulos marcados” o “tetas grandes”. Ésta última era especialmente repetida. Los soldados, ávidos de un recuerdo al que no lograban aferrarse, solicitaban líneas gruesas, juventud, firmeza. “¿Y tú qué miras?”, acostumbraban a preguntar cuando el dibujo estaba terminado y él daba los últimos retoques. “Nada”, contestaba él.
Así continuó la guerra. Primero durante cinco largos meses. Después durante un año. Luego dos y así le siguió un tercer año de contienda. Por aquel entonces, ya no quedaban novias por dibujar, así que los soldados llegaban a él con nombres de actrices famosas y, en ocasiones, novias de otros compañeros. En un momento dado, los reclutas comenzaron a intercambiar paquetes de tabaco, e incluyeron en sus operaciones los dibujos que el soldado 347 había dibujado para ellos.
Al cuarto año, durante una mañana nefasta para el grupo, los soldados perdieron la ciudad. Murieron por miles. Obligados a retroceder, se reagruparon en un viejo granero, donde hicieron recuento y apenas se encontraron una treintena de hombres. No estaba entre ellos el soldado 347, al que una bala había atravesado el corazón por la mañana. Fueron momentos difíciles. Todos rezaron. Y aquella noche, nadie preguntó por él.
Al día siguiente, se perdió la guerra.
viernes, 6 de abril de 2012
El ruido
Casi no se dio cuenta pero lo consiguió. Él no paraba de moverse en la cama, abrasado por el ruido del cortacésped, la mosca incómoda y el sonido del aspirador. Todo aquello le hacía tener terroríficas pesadillas, sueños que se venían abajo en el último instante. Y ella casi no se dio cuenta de haberlo conseguido. Por arte de magia, silenció el ruido de la pesada máquina, cortó las alas del insecto infecto y desenchufó el aparato de la pared. Todo se quedó en calma. Lo hizo con movimientos lentos, como mecida por una marea tranquila, sosegada, en calma. Como el Mediterráneo. Dejándose llevar cuando lo vio angustiado, sudoroso sobre la cama. Sin poder alcanzar sus sueños. Encontrándose dormido como estaba, sin saber que era ella la que había terminado con el ruido.
domingo, 26 de febrero de 2012
Póker
No se quitaba el pitido de la cabeza cuando llegó a casa. Se metió en el baño y dejó correr el agua del grifo. Le goteaba la nariz. Le dolía la mandíbula. El lavabo empezó a tomar un color rojo, denso, de sangre. Aquellos dos tipos no le habían dejado defenderse. Uno le cogió por la espalda mientras el otro, con el estilo de los boxeadores, desplomó sobre su barriga un puñetazo seco y un gancho sobre su cara. “Las chicas no pertenecen a nadie”, había dicho él minutos antes dentro del bar cuando aquellos tipos habían reclamado a la rubia a la que estaba besando.
El agua se ponía cada vez más roja, pero el grifo llevaba ya varios minutos abierto. Lo cerró y se entamponó la nariz con papel higiénico. Con aquel escándalo, su mujer aparecería por allí en cualquier momento. Dolorido en las costillas, se apoyó en la pared y entró en la habitación con la sutileza de los nadadores sobre el agua. “¿De dónde vienes?”, le preguntó ella con su ojo derecho entreabierto. “Hemos estado jugando al póker”. Y se echaron a dormir.
A la mañana siguiente se levantó con jaqueca y con una carretera en obras sobre su cabeza. El pitido había desaparecido. Pero había puesto las sábanas perdidas de sangre. “¿Me vas a decir que lo de la nariz te lo hiciste jugando a las cartas?”, inquirió ella mientras se deslizaba sobre el albornoz. “Me empezó a sangrar anoche, mi madre se volvía loca conmigo y las lavadoras cuando era pequeño”, inventó él, antes de recostarse sobre su lado menos dolorido y esperar a la hora de comer para aparecer por la cocina.
Su vista se fundió a negro al incorporarse sobre la cama. Volvió cinco segundos más tarde, con el olor a bacon fresco. “¿Hay bacon?”, le preguntó a su mujer. “No, es salmón”, le respondió ella. Hizo una mueca, contrariado. Dio unos pasos hasta el fregadero y levantó la tapa que había sobre la encimera. Cinco lonchas de bacon brillaron grasientas. “Sabía que había bacon”, dijo mientras su mujer le lanzaba una sonrisa, “podía olerlo desde la cama. Siempre sé cuándo me estás mintiendo”.