La veía siempre dos filas más allá, en el segundo asiento, justo detrás de la mujer del bolso y el hombre canoso. Con la camisa de flores, el pantalón roto por las rodillas y una pulsera africana. Todas las mañanas. En el reflejo la observaba durante minutos, hasta que le tocaba disimular que miraba a la calle a través del cristal. Cada uno de los días, imaginaba cómo sería su voz, su risa, si sería zurda o diestra y qué canción era la que escuchaba en su mp3.
Cuando pasaron los meses, su imaginación había creado una personalidad completa. Tanto es así que comenzó a soñar con ella. Primero los lunes. Luego los viernes. Y después los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Y algún sábado. Soñaba que la llevaba a tirar piedras al río. A hacer puenting. A comerse un pollo asado en un acantilado. Soñaba que le llenaba toda la cara de nata mientras se dormía. Que conversaban bajo los aspersores. Que compraban libros y fascículos religiosos en un mercadillo.
Lo creó todo su mente. Él ni siquiera tenía que pensar en ella antes de irse a dormir. De una forma inconsciente, alcanzó una relación de ocho horas al día. Sin discusiones. En lugares como Roma, Londres, Valladolid, la Luna o Teruel. Y al despertar, ningún problema de la vida en pareja le incomodaba. Hacía vida normal. Y al subirse al autobús, allí seguía ella, como si no se hubiera enterado de nada. Como el primer día. Escuchando música, con el pantalón roto y con sus camisas de flores.
Hasta que un día, el autobús subió de precio. Lo ponía en un cartel. DIEZ CÉNTIMOS. “¿Diez céntimos?”, preguntaron a la vez. “Sí, diez céntimos”, contestó el revisor. Pagaron, y siguieron. Caminando hasta los asientos. En una discusión acalorada en la que estaban de acuerdo. Indignados como se encontraban los dos. Hasta que el viaje siguió su curso. Y le escuchó hablar. Y le miró a la cara. Y le preguntó su nombre. Y le contestó que Marta. Y que estaba encantada.
Y entonces todo comenzó a complicarse.
lunes, 23 de julio de 2012
El reflejo
martes, 3 de julio de 2012
La herida
Tiene algo de sacarse una bala del cuerpo. De pegarse un trago de whisky. De escupirse en la herida. De quedarse tocado. De haber perdido en un duelo, en el que el brazo ha sido más lento que los reflejos del adversario.
sábado, 30 de junio de 2012
Sigue intentándolo
Sigue intentándolo una y mil veces. Sin descanso. Aunque derriben tus cimientos con cargas de dinamita. Aunque el mundo no se divida entre justos e injustos. Aunque muchos esfuerzos no sirvan de nada. Repítelo frente al espejo. Aunque no te quieran, sigue intentándolo. Por esa sensación de haberlo logrado. Por la justicia, y porque el esfuerzo haya valido la pena. Sigue intentándolo.
sábado, 23 de junio de 2012
La soledad
Los han soltado en medio de la oscuridad. Van con los ojos vendados. Andando despacio. Muy lentamente. Con sus brazos extendidos y sus sentidos alerta. Tratando de palpar el miedo de lo desconocido. Cada uno por su lado. Durante horas. Hasta que cansados, y sin saber dónde están, sienten el brazo de otra persona. Que les agarra, que les acaricia la cara, que les abraza. Que les hace sentirse a salvo, en medio de esa profunda y oscura soledad.
viernes, 22 de junio de 2012
Duele más
Duele más un puñetazo. Duele más un meñique contra la esquina de una cama. Duele más caer eliminado en semifinales. Duele más un cubo de agua helada. Duele más suspender. Duele más perder una apuesta millonaria. Duele más no llegar a coger un avión. Duele más un día entero sin comer. Duele más una alarma a las seis de la mañana. Duele más una neumonía. Duele más terminar un buen libro. Duele más que te roben la cartera. Duele más perderse en el bosque.Duele más un insulto. Duele más ser despedido. Duele más morderse la lengua. Todo duele más. Pero se cura antes.
miércoles, 20 de junio de 2012
El guión
Estudié en la Universidad. Reciclé. Compré café de comercio justo. Utilicé los intermitentes. Comí fruta cuatro veces al día. Aprendí inglés. Le recogí el pelo mientras vomitaba. Firmé en una carta de apoyo al Tercer Mundo. Invité a una copa. Le dije a la cajera que se quedara con el céntimo. Escuché sus problemas durante horas. Cedí el paso a los coches atascados. Apoyé el matrimonio homosexual y reivindiqué los derechos de los seres humanos. Enseñé desde cero a usar un programa. Me acosté de madrugada haciendo un trabajo. Le dije que la quería. Besé a mis abuelas y les aseguré que ellas eran las más guapas del mundo. Pasé la ITV. Pagué la Seguridad Social. Malviví para mantenerme. Creí en el talento. El esfuerzo. El mérito. La ilusión. Y la perseverancia. Confié en la política. Voté. Ahorré todo lo que tenía. Admiré el trabajo de mis padres. Me enamoré. Me rompieron el corazón. Me repuse. Amé mi trabajo. Viajé. Seguí una rutina. Pinté mi habitación. Me volví a enamorar. Aprendí a estar en silencio. A no sorber la sopa. Llamé de usted a las personas mayores. Traté con respeto a quien no lo merecía. Fui sincero. Pensé lo que decía. La amé con todas mis fuerzas. Ordené mis pensamientos. Dormí más de ocho horas. Confié en ella. Expulsé el USB con seguridad. Lavé las manzanas. Cambié el rollo de papel. Cedí el asiento. Sonreí con ganas. Jugué limpio. Fui feliz. Hice la cena. Dejé que ella se durmiera sobre mi brazo. Confeccioné listas. Tuve una agenda. Fui puntual. Solucioné problemas. Le cogí el teléfono a las 5 de la mañana. Me rompió el corazón. Entré en misa. Celebré un Mundial. Doné dinero. Me callé. Y así continué por si acaso algún día mejoraban las cosas.
martes, 22 de mayo de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
El soldado 347
Entre las balas y las trincheras, el soldado de placa con número 347 se acurrucaba entre el lodazal encogido sobre una libreta de hojas amarillentas y un lápiz desgastado. Antes de que las bombas comenzaran a caer sobre toda la ciudad, el soldado 347 dirigía una sastrería donde confeccionaba los trajes más caros. Ahora, con las botas llenas de barro y el olor a orines que desprendía la guerra, sus compañeros lo solicitaban tras dos meses de intensa batalla.
Lo solían hacer con sigilo. Por las noches, un punterazo de alguno de los soldados lo despertaba sobresaltado mientras, agachados y entre susurros, le rogaban el enorme favor de dibujar a sus novias. Se lo solían pedir con vergüenza y, en ocasiones, en un tono amenazante. “Verás, yo, he oído que tú, dibujabas...”. Y mientras la ciudad se iluminaba estruendosa, el soldado 347 realizaba preguntas que encontraban respuestas de este tipo: “Morena”, “ojos grandes”, “nariz pequeña”, “pómulos marcados” o “tetas grandes”. Ésta última era especialmente repetida. Los soldados, ávidos de un recuerdo al que no lograban aferrarse, solicitaban líneas gruesas, juventud, firmeza. “¿Y tú qué miras?”, acostumbraban a preguntar cuando el dibujo estaba terminado y él daba los últimos retoques. “Nada”, contestaba él.
Así continuó la guerra. Primero durante cinco largos meses. Después durante un año. Luego dos y así le siguió un tercer año de contienda. Por aquel entonces, ya no quedaban novias por dibujar, así que los soldados llegaban a él con nombres de actrices famosas y, en ocasiones, novias de otros compañeros. En un momento dado, los reclutas comenzaron a intercambiar paquetes de tabaco, e incluyeron en sus operaciones los dibujos que el soldado 347 había dibujado para ellos.
Al cuarto año, durante una mañana nefasta para el grupo, los soldados perdieron la ciudad. Murieron por miles. Obligados a retroceder, se reagruparon en un viejo granero, donde hicieron recuento y apenas se encontraron una treintena de hombres. No estaba entre ellos el soldado 347, al que una bala había atravesado el corazón por la mañana. Fueron momentos difíciles. Todos rezaron. Y aquella noche, nadie preguntó por él.
Al día siguiente, se perdió la guerra.