martes, 27 de octubre de 2009

Yo soy yo, tú eres yo, yo soy tú, nosotros somos todos...

Este domingo saltó la polémica en Francia. Eric Besson, ministro de la Inmigración, anunció que quería desarrollar un "gran debate sobre los valores de la identidad nacional". Su idea es empezar unas reuniones con parte de la sociedad civil para identificar y definir qué es ser francés.


La izquierda no ha tardado en saltarle a la yugular y criticar su "vuelta al pétainismo (el mariscal colaboracionista con Hitler)". Tratan la idea de medida electoralista, ya que las elecciones regionales se celebrarán en marzo del año que viene.

Al extremo opuesto, y en su línea, Le Pen escupe que lo único que quiere el ministro es la eliminación de su partido (Frente Nacional), ya que eso es lo que "le excita" a Besson. Aunque a este señor hay que darle un poco de comer a parte.

Lo que yo me pregunto, a estas horas, es si realmente existe una identidad nacional. Si se puede afirmar sin escrúpulos que, por el simple hecho de ser de una nación, se es de una forma (tomo como definición de nación la noción que siempre he tenido: comunidad de personas que comparten una misma cultura, ley, historia, lengua y tradiciones y con sentimiento de pertenencia a ella).

¿Es, por tanto, la pertenencia a esta nación lo que te da una identidad específica o es tu identidad la que configura luego la nación? Es decir, ¿primero fue el huevo o la gallina?

Yo siempre he creído en la influencia que ejercen los orígenes en uno mismo. Josemi , sin ir más lejos, nos acaba de narrar uno de sus recuerdos infantiles. Me imagino que estas hazañas serían diferentes de haber nacido en algún otro sitio. Por tanto, es evidente que hay un poso cultural inevitable. Este trasfondo viene de tu infancia, tus padres y tu familia, tus amigos, tu crecimiento, etc.

También creo que el entorno en el que vives influye en tu formación como persona. Esto ya es un elemento a nivel colectivo. No es lo mismo ser de mar que de interior o de montaña. El clima del lugar, el paisaje, la geografía, etc. Y este hecho no es sólo tuyo, sino que es compartido por la gente de tu alrededor y también influye en ellos, por lo que se construye un sentimiento común de vivencias y preocupaciones en torno a lo que se comparte.

No obstante, no todos somos iguales: reaccionamos de formas distintas a situaciones parecidas, evolucionamos de maneras diferentes, la situación laboral, económica, familiar, no es la misma en todas las personas, y esto contribuye a crear nuestra personalidad.


Además, qué sería de nosotros sin nuestras particularidades, nuestros gustos, preferencias, experiencias, contactos con otras personas, alicientes...Aunque tampoco hay que desdeñar los intereses comunes, las esperanzas en un futuro mejor, el apego a la historia, etc. ¿Es suficiente conformarse con unos vínculos nacionales que nos vienen dados?, ¿no es más seguro, por otra parte, desarrollarse bajo el manto de esta nación?

No hay que olvidar que todo esto viene a cuento de la intención del ministro francés de definir la identidad nacional. No sé hasta qué punto es cuestión de un estado definir este polémico asunto. Porque siempre está el hecho de que quizá más que una identidad nacional existe una identidad universal, o proletaria, y que alguna de estas pesa más y tiene que guiar nuestras decisiones.

Pero volvamos a la pregunta original. ¿Esa identidad individual se ve superada por una identidad colectiva o permanece inalienable a su entorno? Sinceramente, creo que esta es una cuestión demasiado compleja como para resolverla en un pequeño escrito de este modesto blog.

Yo he hecho mis aportaciones al respecto, planteando unas dudas y esperando la comprensión frente a mi incertidumbre.

Sólo me queda remarcar un último punto. Quizá, en el fondo, la opción más humana sería la del anarquismo: la persona en el colectivo y éste erigirse como una única estructura. Sin diferencias, todos iguales. ¿Pero acaso la belleza es un don alcanzable?

1 comentarios:

José Miguel Sánchez dijo...

Vale, puede que coma Txistorra, que celebre los San Fermines, que me gusten las cosas de Villava, que me guste decir el -ico y el pues. Que nos gusten los bares, hablar alto, comer, la siesta...

Pero yo no soy eso. No soy ni la Txistorra, ni la jota, ni las sevillanas, ni el navarrismo, ni el -ico. Yo soy yo, influido por mis circunstancias. Pero no defiendo mis circunstancias por encima de las demás.

Creo que deberíamos preocuparnos más en descubrir qué es lo que nos une a todos, en lugar de fijarnos en aquellos puntos que nos hacen diferentes a los demás.