lunes, 2 de febrero de 2009

Cierra la puerta al salir


Siempre le había gustado pedalear por las calles llenas de gente. Él solo, su bici, su pantalón manchado de grasa y sus mofletes rojos, fríos por el viento. Solía decir que su visión del mundo en aquellas dos ruedas le aportaba un punto de vista diferente y particular de las cosas. Sin embargo, comenzaba a tener la extraña sensación de que la obra teatral se escenificaba en otro mundo y no en el suyo.

Solía creer que la bicicleta le daba una imagen aparentemente trasgresora y casual. Le gustaba sentirse dentro del grupo de los que no creen pertenecer a ningún grupo. Pero así llevaba viviendo toda la vida, a su manera, sin distracciones especiales, siguiendo su camino, esperando a que algo pasara algún día. Algo que él no había de forzar, algo que simplemente llegaría sin avisar, de improvisto, de repente.

Un día, pedaleando sin parar por una de esas calles que había recorrido mil veces, se detuvo delante del escaparate de un concesionario. Pasaba con frecuencia por allí, quizás todos los días. Sólo había automóviles de segunda mano, algunos coches tuneados y otros, simplemente, demasiado llamativos. Si alguna vez quisiera comprarse un coche, pensó en alguna ocasión, nunca lo haría en ese lugar.

Pero aquel día, sin saber por qué, un coche llamó su atención. No era nuevo, ya lo había visto otras veces hacía bastante tiempo, meses incluso. Pero nunca se había fijado en él con la pausa necesaria que requieren los pequeños detalles. Estaba allí pero nunca lo había visto de aquella manera.

El interior era simplemente espectacular. Daba igual que la pintura fuera verde, azul o negra. Los asientos tenían pinta de ser realmente confortables. La radio tenía una y cien mil emisoras que ningún otro coche podía sintonizar. Parecía como si dentro uno pudiera sentirse igual que en su propia casa, descalzo y con una cerveza en la mano, disfrutando tranquilo del placer del momento.

Asombrado, permaneció frente al coche durante varios minutos. No sabía qué tenían esas cuatro ruedas, pero no podía irse de allí sin preguntar la marca, el modelo y el precio. Si no lo hacía le quedaría la amarga sensación que produce la cobardía. Con el brazo izquierdo seguía sujetando la bicicleta, estático.

Al rato, un tipo con traje, corbata y zapatos embadurnados en betún salió por la puerta del concesionario.

- Es bonito, ¿verdad?- le preguntó
- Sí. Me gusta mucho- reconoció él
- Lleva bastante tiempo expuesto ¿quiere darle una vuelta?
- Qué demonios, ¿por qué no?

El hombre de traje volvió dentro y salió girando las llaves alrededor de su dedo índice. Tras pasárselas de una a otra mano se las lanzó al aire: “Aquí tiene-dijo-, vea si son las llaves correctas y vayamos a andar este cacharro”.

El ciclista dejó la bici en el suelo y atrapó las llaves. Estaba realmente nervioso y sorprendido. Por primera vez en su vida había decidido actuar, había roto los procedimientos de conducta habituales. Quizás no era ese su coche ideal -si es que existía un coche ideal-, pero si no lo comprobaba le quedaría la duda de “¿qué habría pasado si…?”

Agarró con sus dedos índice y pulgar una de las llaves y la introdujo dentro de la cerradura. “Maldición”, dijo, “no gira”. “Quizás con la otra”, le dijo el hombre de los zapatos. Tampoco. Ni con la siguiente. Ni tampoco con la siguiente. La puerta de aquel coche no se abría. “Lo siento, venga mañana y veré qué puedo hacer, ¿de acuerdo?”. Pero sabía que mañana ya no querría volver. Era entonces o nunca. Tras varios intentos, desistió. “Déjelo. Quizás en otra ocasión”.

Recogió la bici del suelo y la miró de arriba abajo antes de volver a montarse. Parecía que no era el momento de cambiar. No había llegado la hora. No era aquel el coche de sus sueños. Y si lo era, tenía que dejar de serlo. Aquella puerta no se abría y probablemente nunca lo haría.

Así que cogió impulso y siguió pedaleando calle abajo, con la esperanza de que algún día, en ese o en otro concesionario, apareciera un coche que sustituyera, por fin, a su antigua y cadenciosa bicicleta.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"Le gustaba sentirse dentro del grupo de los que no creen pertenecer a ningún grupo [...]" :)
La primera entrada que he leido de onomatopeyistas me ha gustado, poco a poco iré descubriendo :)
Ane

José Miguel dijo...

Mi pequeño y sentido homenaje Ane ;-) jaja

Sory dijo...

Me encanta leer cosas asi.... escritas tan metafóricamente!!

... si no arriesgas, nunca sabes que podría haber ocurrido ...

Sigue escribiendo ;)

Sory