viernes, 30 de enero de 2009

Hasta descongelarse



El aburrimiento congelaba las aceras. Las calles estaban desiertas, como un día en toque de queda. Los dueños paseaban a sus perros y algunos, en zapatillas, salían a comprar el periódico.

Yo contaba los pasos para olvidarme del frío. No podía quitármela de la cabeza. Andaba cabizbajo, encogido. Todo parecía estar inexplicablemente relacionado. Lo de ayer ya era hoy.

Alcé la vista. Al fondo, como en una nube de niebla, una multitud enloquecida gritaba sin parar. Cerca, comprobé que se encontraban a la puerta de un juzgado. Quise saber a quién gritaban:

– A un maldito al que acaban de juzgar
– ¿Qué es lo que ha hecho? – pregunté
– ¿No lo sabes? – dijo, señalando a un periódico que tenía entre las manos

“Será condenado a pena de muerte”, decía la portada. Al parecer, el hombre había ocupado la primera plana desde hacía unas semanas. Yo no había ojeado la prensa hacía meses.

Pero, “¿qué es lo que ha hecho?”, me pregunté. Abrí la primera página y leí el editorial: “El hombre, de 52 años, será juzgado esta misma mañana por causar daños irreparables a la sociedad. Su despiadado invento ha hecho sufrir a millones de personas en todo el mundo. Creemos que la pena es justa.” Al final, dedicaba su artículo a Ana y Claudia, sus dos hijas.

Dejé de leer. En ese momento, un hombre calvo salió tropezando por la puerta de los juzgados, rodeado por diez agentes de la policía. La prensa, los micrófonos y los flashes se abalanzaron sobre él con tímida cautela: era un hombre peligroso. Tapaba su rostro con una chaqueta, enseñando al viento únicamente los brazos. En el izquierdo, con grandes letras, se podía ver tatuada la palabra “EROS”.

La gente comenzó a gritar y a escupir. Los codazos y empujones me dejaron solo en aquella acera, mientras el resto escalaba por llegar al último y más alto de los escalones. No pude saber el nombre de aquel tipo. "Cabrón Malnacido", le llamaban algunos. Supongo que no sería aquel su verdadero nombre.

Yo caminaba hacia atrás. Escuché unas voces y me di la vuelta. Había mucha niebla. En la calle de enfrente, un grupo de personas organizadas permanecía estático detrás de una pancarta: “Simplemente, gracias”, rezaba. No parecían muy disgustados. Cantaban, aplaudían e incluso algunos bailaban. No parecían agitados. No entendía nada. Me acerqué.

– ¿Quién es ese hombre y qué es lo que ha hecho?
– Ese hombre me ha hecho ser la mujer más feliz del mundo
– Pero, ¿qué inventó?

Sin dejarme terminar, cogió a su marido por el brazo y lo besó con pasión. Parecía como si acabaran de comprometerse. Parecían tenerse el uno al otro.

Pero me dio igual. Seguí caminando. No podía quitármela de la cabeza. A decir verdad, me daba igual si aquel hombre iba a ser juzgado, si lo mataban o si tiraban su cuerpo a los perros. Simplemente quería sentir el frío de aquella mañana. Congelarme de aburrimiento.

3 comentarios:

Daniel Rivas Pacheco dijo...

Josemi tío! no me hagas sentir tanto frío por la mañana, jaja.

Me ha gustado mucho tu texto

Sory dijo...

Increible...!! sabiendo mantener la tensión incluso después de terminar de leer.

Nose si ese hombre inventaria algo o no... pero para mi parecer sí lo hizo :)

José Miguel dijo...

¡Gracias a los dos!

Parece que no estamos solos en este universo. ¡Os sigo la pista!