lunes, 3 de noviembre de 2008

Té Helado IV

Con el inicio del otoño, otoño ártico que empieza a finales de agosto, apuraba mis días de huída en Saguenay, antes de volver a casa. Me sentía terriblemente solo, en un par de meses me había tornado en un autista armado con auriculares que se parapetaba en los rincones, protegido por mi anorak y sentado siempre escondiéndome tras mis rodillas. Hastiado, teniendo en cuenta que todavía podía estar un mes más antes de quedarme sin pasaporte y tenía dinero como para una semana, estuve recorriendo Québec haciendo autostop con una vieja Les Paul. Una huída hacia adelante por Jeff y del Diablo. A fin de cuentas nadie sospecharía de un taciturno estudiante aspirante a estrella de rock.

Amables camioneros, decepcionados aspirantes a violadores y jubilados en busca de una ligera subida de glucosa iban y venían por las eternas carreteras secundarias. Fue una experiencia soporífera. Si ya en la ciudad me veía completamente aislado del resto del género humano, recorrer bosques y bosques eternos por unas carreteras trazadas con escuadra y cartabón, con la única compañía de un matrimonio lo menos heptagenario natural de Florida. Aquello era otro bosque, más pintoresco y exuberante, de insultos, puyas y efluvios corporales aliñados por impresionantes alijos de pastillas. Por momentos deseaba que algún alce se cruzase en nuestro camino o que el señor olvidase su medicación, simplemente para ver qué consecuencias traía aquello.

Tras una semana de viaje con ellos, el ambiente era tensísimo, y lo peor era que tenía el razonable presentimiento de que en el momento en el que les abandonara, el Gobierno de Florida iba a aligerar su gasto en pensiones. Una noche vi al jubilado abrir el maletero sacar una pala mientras impregnaba la atmósfera de vaho. La dichosa visión no me dejó dormir, pasaba las noches despierto aterrorizado por el pacto de no agresión que decretaban los ronquidos de ambos, temiendo que en cualquier momento un ruido seco iba a terminar con esa tregua.

El último día de mi viaje con ellos supe que apenas llevaban un lustro juntos. Ninguno tenía hijos, y algún preclaro asesor matrimonial les había mandado al otro extremo del continente con el doble propósito de acortar su jornada laboral y, de paso, librarse de aquellos reenganchados a la vida en pareja. Me resultaban patéticos, y muy frágiles, para mí no eran más que un par de viejos temerosos que preferían morir uno a manos del otro con tal de no tener que hacerlo por ellos mismos.

Estábamos en un pueblecito llamado Tadoussac, a apenas un par de horas de Saguenay. El matrimonio quería bordear la bahía y pasar a New Brunswick para llegar a Terranova y ver a las ballenas. El plan me resulto tan insípido que me dejé desaparecer. Dudo mucho que notasen mi huida. Decidí volver a Saguenay. Tenía todo mi presupuesto intacto y el lujo de un autobús era factible. Ahí estaba, suplicándole a algo que se apiadara de mí y nadie me diera conversación. Mi francés macarrónico empezaba a tambalearse tras un verano entero sin utilizarlo y cualquier comentario sobre el tiempo o el horario de los autobuses me haría sentir muy ridículo.

Estaba helado, mi anorak parecía un chubasquero. Me enervaban aquellos canadienses en mangas de camisa. De todas formas más que irritado me sentía tan solo que no me habría importado toparme con algún conocido, incluso con el matrimonio americano. Allí no aparecía ningún autobús, sólo coches que iban disparados hacia Montreal por la autopista. Salí por ellos, haciendo aspavientos, como si me estuviera quemando, mas los conductores pensaron que estaba falto de metadona y me ignoraban. Tras una excursión, cuando era pequeño, nos contaron que en caso de topar con un oso, debíamos alzar los brazos y parecer lo más fieros que nos fuese posible. Me sentí un pobre bufón. Nadie me apoyó en mi ancestral tradición de confiar en un total desconocido y para medianoche tuve que volver a la parada...

2 comentarios:

José Miguel dijo...

Qué bueno, me ha gustado mucho. Sobre todo la atmósfera que transmite todo el texto, un ambiente muy singular.

Te felicito! jaja

Aitor Fuckin' Perry dijo...

Joe muchas gracias Boss, me alegra que te haya gustado, todavía me quedan tres capítulos para terminar la historia, va in crescendo, ya verás man.