lunes, 24 de noviembre de 2008

Té Helado VII (y fin)

Pero no había nadie. Nos tumbamos. Empecé a comer su aliento. Sudaba de nuevo. Ella pegó un respingo y buscó Vodka danés para calmarnos. Ella quería emborracharme. Iban a despellejarme en el sitio más increíble del mundo y a colgarme de las paredes. Casi podía reconocer a mis amigos de infancia colgando entre timones de barcos. Empezamos a beber, y yo también tenía té en mí, pero no era mi sangre lo que quemaba. Tenía fiebre. Deliraba. Pinté en sus diminutos ojos, el único punto de referencia al que podía fijarme sin llorar de lo inferior que me sentía cuando la recorría, el futuro que soñé bajo la aurora boreal.

Estaríamos en cada uno de los carteles de su agencia. Y ella tendría sus carteles. Y ramos de dulces. Las carcomidas piedras milenarias de los anuncios pondrían color y agrandarían sus ojos. Ella imaginaba aquello cuando yo ya estaba hablándole de un mundo sin microondas…

-Beberemos vino, me cogerás del brazo, caminaremos por las brillantes luces de este penoso páramo e iremos hasta mañana, y…

-Pensaba que eras un pobre estudiante y no un embaucador.

-Abre las sábanas – Estaba tan borracho que aquello parecía una pregunta.

-No, no… sé quién eres, no eres un chico honrado, eres un chulo, ¡eres un chulo y quieres mandarme a algún club de Narvik!

-¿Cómo te mandaría a un sitio que no conozco? No soy un jodido chulo, mírame, estoy borracho, no miento, escucha eres lo único que… - Un jarrón cerró mi boca y derramó la infusión. Le lancé la botella y se abrió. Recordé cómo la vieja señora del sur cortaba los pomelos. El cuchillo se hundía en la fruta de manera mórbida y el jugo salía lento y espeso, denso. Su té fluía con una rapidez brutal. Tenía el color del vino que le prometía segundos atrás. Sus ojitos se dilataron. Ahora nos mirábamos. Nos perdonamos y lo sellamos mezclando Vodka y té. Le dije que picaría diamantes para colorear sus pupilas en cuanto saliéramos de allí. Nos acostamos perezosos, la aurora se consumió en llamas y cayó la noche ártica arrugando las sábanas.

1 comentarios:

José Miguel dijo...

Ahora entiendo por qué los británicos llaman a una de sus bebidas "té rojo".

Gran historia aitor! Me ha gustado!