miércoles, 26 de noviembre de 2008

Descubrirte a diario


No sé que hacer, ¿lo abro o no lo abro?

Mejor cuento la historia desde el principio. Resulta que Claudia y yo estamos un poco hartos de nuestro piso. Arriba los vecinos pasan gran parte del día discutiendo, fuera el ruido de los motores no nos deja dormir y dentro el espacio se nos ha quedado un poco pequeño (con vistas a un futuro renacuajo). Es hora de terminar una etapa y abrir otra.

Los dos cobramos bastante bien. Algunos meses andamos algo justos, pero nunca nos falta de nada. Incluso podemos ir ahorrando poco a poco. Ahora, por fin, nos hemos decidido a volar del nido para instalarnos en una zona a las afueras, alejada del embrollo urbano.

Así que llevamos toda la mañana bajando cajas y más cajas. Siempre me ha intrigado mucho por qué las personas guardan absolutamente todo lo que para ellos tiene cierto valor sentimental, y que realmente no sirve de mucho. Quizá porque nos conectan con aquellos momentos de felicidad pasada que, como un deja vu, vuelven a nosotros en pequeñas dosis.

Claudia tiene, sin lugar a dudas, el doble de cajas que yo. Dice que para tirarlas “siempre hay tiempo”, y quizá no le falte parte de razón. Meticulosamente durante todo este tiempo les ha ido colocando etiquetas distintivas en sus laterales: “fotos antiguas”, “libros”, “muñecos y juguetes”… No sé si tendrán lo que dicen, pero lo que sí sé es que pesan una tonelada.

Y ahora aquí estoy, enganchado del cuello por una curiosidad angustiosa. Claudia está abajo, en la furgoneta del tío Sebastián, así que no sabe nada. No sabe que su caja, la “top secret: no abrir nunca” se me ha caído bajando las escaleras. Soy un desgraciado, porque lo malo no es que se me haya caído, sino que dentro estaba su diario.

Y ahí está, tirado en el suelo, panza arriba, con sus tapas rojas y abierto por la mitad. Su diario es un cuaderno grueso con muchas hojas, donde bien podría escribirse cualquier trilogía. La letra de Claudia es casi de imprenta y el diario, que yo recuerde, lleva redactándolo desde hace tres años. Por lo que se ve, organiza sus páginas por días.

¿Y qué hago ahora? Lo llevo un rato pensando, es horroroso. La curiosidad humana me mata. Siento como si doscientos hombres intentaran tirarme a una piscina, y como si el suelo, además, estuviera mojado. En ese cuaderno está todo, todo lo que hemos sido en estos años: nuestra relación, nuestras discusiones, las amigas, el sexo, mi familia, la suya... En él están las respuestas que mi mente no ha sabido o no ha querido responder, aquellas cosas que no me han sido reveladas, las sombras que yo veía desde la caverna.

Lo veo y sé que quiero cogerlo, que nada más en la vida me resultaría más placentero que recibir la respuesta a muchas de esas preguntas: ¿le habría gustado aquel vestido que le regalé? ¿Realmente quiere tener un niño? ¿Soy su único hombre? ¿Me quiere? ¿La amo?

Abajo espera con mi tío y sabe que sólo queda una caja. Sé que no le haría ninguna gracia que lo leyera, pero quizás si no se entera… ¿Un vistazo rápido por las últimas páginas? No se daría cuenta, nunca sabría que yo lo he leído, su desconocimiento le hará seguir siendo feliz.

¿Pero no me lo hará seguir siendo a mí también? Quiero decir, ¿no es verdad que seguiré siendo igual o incluso más feliz si no lo leo? Es una duda que empieza a trepar por mi cabeza. ¿Realmente quiero saber todos y cada uno de los detalles de nuestra relación? ¿Quiero saber si aquel vestido le gustó, si me quiere o si la amo como ella desea? Creo que no.

Creo que la vida se compone de esas preguntas sin resolver, de esos pequeños detalles que se nos escapan y que nosotros, y sólo nosotros, debemos destapar. Si no, es como hacer trampa.

Porque además, leyendo el diario ¿no dejaría desnuda toda el alma de Claudia? ¿No le robaría todas y cada una de las cosas que únicamente posee, que no son otra cosa que sus recuerdos? ¿No es la memoria el bien más preciado del hombre y lo único que nadie nos puede arrebatar?

Pienso, por otro lado, que nuestra relación sería un desastre con el tiempo. Yo jugaría viéndole las cartas, sabría en todo momento qué jugada hacer y por dónde atacar. Y aunque a primera vista esto pueda parecer una ventaja, no es sino un completo aburrimiento, una película en la que sabes cómo acabará.

No podría perdonármelo a mí mismo. No sabría qué cara poner o cómo hablarle. No sé disimular, o lo que es lo mismo, no sé mentir. Claudia es muy lista. Cuando algo me pasa, no pregunta si me pasa algo, simplemente acierta: “¿Qué te pasa?”. Nunca he sido buen actor, nunca me ha gustado abrir la caja de los disfraces.

Y detrás de todo está el miedo a quedarme atrapado en el diario, a reducir la realidad a una mera abstracción de simples ríos de tinta negra y curvilínea. Pensándolo bien, normalmente uno escribe en el diario sólo las cosas más negativas, o los detalles que de un modo u otro le han afectado emocionalmente. Es más un amigo que te escucha en los malos momentos, donde brotan y escasean los amigos de verdad.

Así que, ¿no se compondrá la vida de los pequeños detalles que nunca se escriben? ¿No son esos gestos, esos matices, esas situaciones, las que componen el conjunto de todo un paisaje? Los telediarios están llenos de noticias malas, pero eso no significa ni que el mundo sea un asco ni que en él no haya cosas buenas.


No lo voy a leer. La quiero. Rotundamente, la quiero. Porque precisamente puede que el amor sea eso: reconocer la ignorancia para después aceptarla, la magia de descubrir por ti mismo aquellas cosas que se nos escapan.

- ¡Vamos César! ¿Por qué tardas tanto? ¿Se puede saber qué haces?

- Pensar en ti cariño, pensar en ti.

2 comentarios:

Guillermo Rivas Pacheco dijo...

Se te a caído sin querer? YA seguro! ha sido tu subsconciente, más Freud y menos diarios ajenos

Jurdan Arretxe dijo...

Guillermo, encantado.

Ocurrente e interesante reflexión sobre la información dentro de 50 años...

Un saludo.

PD: al prota: corta con Claudia.