domingo, 10 de agosto de 2008

El viento en la selva


Esta tarde he tenido el inusual placer de conversar brevemente (y online) con Maider, una amiga de estos últimos años a la que a veces me parece que no conozco en absoluto. De hecho puede que no la conozca nada.
Pero hemos pasado buenos ratos juntos, y cuando me ha propuesto que hablara de ella en la columna de hoy... vaya, que no me puedo negar, porque de las Olimpiadas, de Georgia, de los valores de la vida, de la política y los deportes y del marujoneo puede hablar cualquiera, pero de Maider solo puedo hablar yo.

Para mí siempre va a ser la adolescente rebelde que se cayó de culo en la hierba aquella noche de fiestas. O la que se rió de mí en la juerga en la que salí despedido de aquel monopatín con manillar (fue la rehostia). Ambos habríamos dado positivo en las dos ocasiones, y en otras muchas en las que nuestra amistad era tan firme como nuestra moña. También será siempre la amiga que leía con entusiasmo lo que yo escribía. Y la chica que me oía hablar de alguna otra chica. Y la que habría sido mi mejorcísimo compañero de tragaderas de haber sido varón (aunque sin serlo tiene el mismo aplomo y las mismas resacas). También será aquella que siempre hacía planes para echarme una novia. Y la que estaba un poco loca. Y la que vestía algo rara.

Ni es mi musa ni he estado nunca enamorado de ella, pero eso se debe a que yo no sé enamorarme, lo hago mal. Sin duda tenía que haber sido mi novia y que la boda que pactamos se cumpliera sin pactos de por medio. Por lo menos me alivia saber que no tendrá que soportarme en exceso, y que eso contribuye a que yo siempre tenga buenos recuerdos de ella. De hecho, sé que es una de esos aguerridos vientos que de vez en cuando se pasean por la selva de mi cabeza. Es mi amiga eterna.

2 comentarios:

Jurdan Arretxe dijo...

Ah, "maider wapita" es más que un contacto de la agenda de tu móvil...

xaristu dijo...

No lo sabias?? Ya lo sabias!!!