martes, 5 de agosto de 2008

Mis adorables vecinos

Esta tarde he subido en el ascensor con uno de mis vecinos. Es joven y alto, unos años mayor que yo. Uno de esos vecinos con los que no hablas demasiado, al que sólo preguntas cuál es su piso. La verdad, un poco avergonzado por no saberlo todavía después de tantos años. Son 10 plantas, por 4 pisos cada una. Muchos datos que memorizar.

Y es curioso, porque los vecinos son gente a la que conoces de toda la vida, pero que en el fondo son para ti unos completos desconocidos. La mujer mayor que vive con su hijo en el 7º, las monjas del 8º, la pareja joven del 1º, la misteriosa cara del niño del 3º...

En el fondo, son gente desconocida. Y todo el mundo sabe el calor o el frío que hace ese día en la ciudad, pero da igual, es el tema más socorrido. O te preguntan qué tal por la Universidad. O qué tal tu padre. O qué grande (por no decir gorda) se está poniendo tu perra. O qué ganas tienes de comer, bribón. O cuánto has crecido. O el tiempo que había pasado desde la última vez.

Aunque eso sí, en mi edificio no suele ser algo normal eso de preguntar. Mis vecinos son más bien gente callada, pensativa. No sé si es porque da mucho la sombra durante el día o qué, pero la verdad es esa. De 40 familias que vivimos aquí, sólo sabría decir cinco u ocho que me hablan con regularidad.

Porque mis vecinos, y no sé si los vuestros también, son un tanto extraños. No sé como decirlo. Por ejemplo, a mí me parece extraño correr para subir solo en el ascensor, cuando por el cristal has visto venir al del 2º. O no saludar cuando os encontráis en el rellano. O mirar a los ojos de una forma macabra y asesina con barba de seis días...

Vale, no estoy pidiendo que sean mis amigos, pero sí que no me hagan sentir como un hombre que ha estado en la cárcel y vuelve a su casa tras varios años, donde los vecinos temen por su vida al conocer su oscuro pasado.

Cierto es también que hay algunos días en los que no te apetece hablar. Esos momentos de "quiero llegar a casa, tumbarme en el sofá, dormitar, cenar y volver a dormitar". En esas situaciones, en vez de decir nada, lo mejor es hacer lo que hace todo el mundo: mirar las llaves como si nunca antes te hubieras fijado en ellas. Incluso se puede poner alguna cara de sorpresa al descubrir no sé qué.

Luego están también esas situaciones en las que te cruzas con la vecina de arriba. Sí, esa que toca el acordeón cuando tú estás de exámenes. Pero, ¿por qué tiene que ser guapa? Maldita sea...

Por último, quería aprovechar este gran medio para lanzar unos cuantos mensajes:

  • Por favor, no hagan más obras cuando yo estoy de exámenes, dejen sus baños y cocinas como están. No es necesario cambiarlos cada mes de junio.
  • Vecino del Barça, fastídiate que este año el que ha oído celebrar los goles has sido tú. Aunque yo no he aporreado el techo con una escoba...
  • Cartero desalmado y carroñero, te tengo calado tío. Sé que siempre llamas a mi piso. No sé si eres hombre o mujer, ni si te gusto. Pero por favor, déjanos en paz, no llames siempre a mi casa. De verdad, los hay mucho mejores. Yo no te merezco.
  • Vecindario, piso y bloque entero, por favor, limpien el cuarto de las bicis y tiren aquellas que no usen. Hay bicis oxidadas, de los años sesenta, hasta la espada de Induráin…

Eso ha sido todo. Ah, y por cierto, a aquel chico del principio de la historia le acabé saludando y preguntando por su grupo de música. Espero que les vaya bien.

2 comentarios:

Jurdan Arretxe dijo...

Joder, Txemi, tan ojiplático me dejas que no sé por dónde empezar pero sí cómo acabar: sube andando.

xaristu dijo...

Gran acierto el de Jurdan, yo hace tiempo que subo andando, te diría porqué pero necesito varias líneas que no me apetece escribir. De todas formas hay algo que me intriga, y es que los vecinos de los chalets, se llevan mucho mejor entre ellos, que los vecinos de los bloques.